QUE NO ME FALTE NADA
Dice en la Primera Lectura de la misa de hoy,
«Maldito el hombre que confía en el hombre, el que busca su apoyo en las criaturas, y así aparta su corazón del Señor. Y bendito en cambio, quien confía en el Señor.
El primero será como un cardo en la estepa, que no le llegue el agua, que no huele el viento. Y el segundo como un árbol plantado al borde de una sequía, que siempre sus raíces alcanzan el alimento».
Y esto nos lleva, Señor, a preguntarnos, ¿y yo cuál soy? ¿En qué tengo puesta mi confianza? … ¿O en el hombre?… ¿En las criaturas?… ¿O la tengo puesta en Vos? (…)
Y desde ya te lo pedimos, Señor, que yo ponga en Vos mi confianza, porque la verdad que me es fácil poner mi confianza, sentirme seguro en el éxito laboral, en que tengo buena salud, en que hablen bien de mí, me quieran, me reconozcan, en tener medios económicos, que no me falte nada… En tener relaciones, contar con personas en las que puedo contar, que van a estar ahí.
Tú sabes, todo eso ya me basta para estar tranquilo y feliz, y cuando alguna de estas cosas, sobre todo la que a uno más le importa, falla, y entonces se acaba la paz. Y ahí nos damos cuenta, si tenemos o no nuestra confianza puesta en el Señor, puesta en Vos, Padre nuestro.
LA FORTALEZA DE JOB
Y me acordaba, al pensar en este tema, en un personaje de la Biblia, que confía en Vos, Señor, es Job. Este hombre que lo tenía todo, que tenía una vida muy próspera, muy plena, y también era temeroso de Dios y piadoso. Pero el diablo le dice a Dios que él es así porque no le falta nada, pero que sí empieza a tener necesidades o dificultades, a ver si es tan creyente, a ver si es tan piadoso…
Efectivamente Dios deja al diablo que actúe, y el pobre Job empieza a sufrir una serie de calamidades, una peor que la otra: perdiendo sus posesiones, perdiendo su familia, su salud, y en todo eso Job permanecía fiel, confiando en el Señor.
«Si él me lo dio, él también me lo puede quitar».
Y nos puede venir la pregunta, Señor, ¿querés que seamos probados, que nos vaya mal para ver si realmente confiamos en Vos? Me imagino que, pruebas las tiene cualquier persona en este mundo, porque no suele ir todo exactamente como a uno le gustaría, como uno lo planea. Y puede ser que sea el momento entonces de confiar.
No de un modo que uno diga, bueno, si Dios permite esto, entonces a mí no me tiene que importar que me vaya bien o que me vaya mal, tener salud o no tener salud, que las personas que quiero sufran o estén bien…
MOMENTOS DE PRUEBA
No se trata de que me dé todo igual, como una ataraxia, una indiferencia. ¡No! Porque estamos hechos para el bien, y porque al Señor tampoco le da igual nuestro sufrimiento.
Pero cuando llegan esos momentos de prueba, pienso que lo que nos está dando el Señor es la oportunidad de confiar, de rezar para que las cosas mejoren, también de poner los medios, hay veces que podemos hacer algo para mejorar nuestra situación.
Después creo que una gran muestra de que uno tiene su confianza puesta en el Señor es, que aunque haya situaciones adversas, no deja de vivir en el hoy, aceptando eso que es lo que toca, por lo menos ahora, abrazar.
Como decía el Papa Francisco, la propia situación, la propia historia, la propia realidad, abrazar, aceptar, decir, bueno, mientras esto dure es lo que el Señor permite, y si es lo que el Señor permite es acá y ahora, donde tengo que amar, santificarme, recibir las gracias que Él me da, crecer, y no esperar como poner pausa en nuestra vida hasta que todo cambie, entonces sí, ahora, en estas circunstancias.
DIOS NO SE EQUIVOCA
Me decía hace poco una persona que tenía un familiar enfermo, que llevan años y que eso le había hecho sufrir. Pero que había leído un artículo en la página de internet del Opus Dei donde aparece el matrimonio Ortiz de Landazuri.
El artículo se llama “Dios no se equivoca, Eduardo, el hijo que transformó una familia”. Y cuenta este matrimonio que está en proceso de beatificación, cómo tuvieron un hijo que tenía problemas mentales y que era una gran carga para la familia. No era fácil de llevar para los hermanos ni para los padres.
Que llegó el punto incluso, en que tuvieron que internarlo en un lugar especializado para que lo pudieran cuidar, para que no se lastimara a sí mismo, no lastimara a otros, por el bien de la familia.
Cuenta ahí que a Laura, la madre, especialmente eso le dolió mucho esto, le costó mucho esa decisión. A raíz de este artículo, vieron cómo ellos lo llevaron también con mucha fe, en unión con toda la familia y de una manera cristiana.
Este hombre me decía, quizás lo que Dios quiere es que acompañemos, que esta situación por ahí nunca se arregle del todo, de este familiar enfermo, y que es parte de nuestra vida.
Claro, el aceptar, el saber que si esto es lo que toca, tengo la gracia de Dios, que quizás ayuda a tener paz, y a no estar siempre anhelando que las cosas sean distintas.
Es realmente poner la confianza en el Señor, que Dios existe, que Dios sabe, que Dios me cuida, que Dios me va a dar los medios para ir adelante.
Ayúdanos Señor a tener la confianza puesta en tu búsqueda, ¡ayúdanos!
EL RICO EPULÓN
En el Evangelio de la Misa de hoy sale ese
«hombre rico Epulón, que tenía su confianza y su seguridad en los bienes. Él era rico, podía banquetear y vestirse con ropas lujosas, y ya eso le bastaba.
Y a este, según ese relato breve, no le fue mal, no se quedó en la ruina, nada le quitó aquello que era su vida, su apoyo, su seguridad.
Pero al morir, dice el Evangelio, que
«se encontró en el infierno, y se dio cuenta que Lázaro, aquel pobre que a la puerta de su casa pedía, estaba en el Cielo, estaba en el seno de Abraham»
(cfr. Lc 16, 19‐31).
Bueno, quizás Dios sabe cómo hacer también con las cosas que nos suceden y que por ahí nos complican un poco la vida, para que nosotros alcancemos lo que se podría decir, la seguridad plena que será en el Cielo.
Que no por estar distraídos o seguros en otras cosas, que no son del Señor, que por ahí incluso nos pueden apartar de Él, nos perdamos de lo que realmente vale la pena, que es el Cielo.
También de vivir con el Señor en nuestro corazón, en nuestra vida, apoyándonos en Él.
Vamos a terminar pidiéndole a nuestra Madre, que tenía su confianza puesta en el Señor, y su abandono en el Señor.
Y por eso puede ser tan dócil a sus planes, aceptar cosas que también a veces no entendía, como lo dice el Evangelio, no entendieron, por ejemplo, cuando se perdió el niño en el Templo. Pero lo acepta, medita estas cosas en su corazón, y reza. Ayúdanos, Madre Nuestra, a ser de esos.
Bendito el hombre que tiene su confianza puesta en el Señor.




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