Hoy en el Evangelio leemos que te hacen, Jesús, una pregunta peculiar. Y también una petición:
«¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si eres Tú el Mesías, dínoslo claramente».
Y Tú, Señor, respondes con claridad:
«Ya se los he dicho y no me creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de Mí. Pero ustedes no creen»
(Jn 10, 24-26).
Tú, Señor, vemos tu vida en el evangelio, vemos todas las profecías que se cumplen, vemos tu bondad, cómo nos hablas de parte de Dios, cómo nos traes el amor de Dios, la salud de Dios, la gracia de Dios, el perdón de Dios, y es cosa de estar atentos y dejarnos llevar por la gracia también para creer y adherirnos a Ti. Pero estos hombres no quieren.
«Ya se los he dicho, las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio, pero ustedes no creen».
No creen y no quieren creer tampoco. Tienen muchos motivos para creer, Tú se los estás dando Señor, pero ellos no quieren.
¿Por qué no quieren? ¿Por qué no te aceptan? No nos podemos meter en el interior de las personas para saber qué había ahí en su corazón, pero sí tenemos otros datos en el evangelio que nos dicen cómo estos enemigos de Jesús, cómo estas personas poderosas que no lo aceptaban, van y lo condenan a muerte en su tribunal. Luego lo llevan ante Pilato para que él decrete que muera, porque ellos no tenían poder para crucificarlo.
Y cuando van con Pilato y lo acusan, Pilato lo interroga y se informa un poquito más, dice Mateo que
«Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia»
(Mt 27, 18).
O sea, estos hombres no te aceptan Jesús porque te tenían envidia. Ellos querían estar en tu lugar, a fin de cuentas.
SER EL MESÍAS ES MUCHA COSA
Tú, Jesús, estás entre Dios y los hombres. Tú eres Dios verdadero, eres Hombre verdadero y eres el mediador, el que nos trae la salvación, eres el Mesías, el Mesías esperado por ellos y ellos quieren estar en tu lugar, te tienen envidia.
Querer traer a Dios a los hombres, querer ayudar a los hombres a llegar a Dios, es una cosa muy buena, pero parece que ellos no querían eso para la gloria de Dios o eso para el bien de los hombres, sino que también Tú, Señor, que sí conoces los corazones, dices:
«Ustedes buscan los primeros lugares»
(Mt 22, 6),
ustedes buscan la gloria de los hombres, ustedes buscan que los alaben. Ustedes no quieren ser mediadores entre Dios y los hombres, sino quieren ustedes sacar beneficios personales. Me tienen envidia porque Yo estoy aquí entre Dios y los hombres, pero ustedes quisieran estar aquí, pero por otros motivos.
No tienen “envidia de la buena”, que es reconocer las cosas buenas del otro y alegrarnos y querer imitarlo, sino que tienen la cochina envidia que nos llena de tristeza al ver el bien en la otra persona.
Pero ahí no se acaba la cosa, porque Tú, Jesús, no eres cualquier Mesías, que ya ser el Mesías es mucha cosa.
UNGIDO
Mesías significa ungido y en el pueblo judío había varios que eran ungidos: los reyes, los profetas, los sacerdotes, pero el Mesías era el Salvador, el Prometido, el Esperado.
Y Tú, Señor, eres ese Mesías, pero es un Mesías que sobrepasa toda expectativa. Un Mesías que no es simplemente un mediador entre Dios y los hombres, sino que es Dios mismo que se hace Hombre. Es un Mesías increíble, es un Mesías grandísimo, es un Mesías que sobrepasa todas nuestras expectativas y todos nuestros anhelos, porque eres Dios.
Es un Mesías de primera categoría, de primerísima categoría. Es más, está por encima de cualquier categoría porque es Dios. Tú, Jesús, eres Dios. Así lo dices al final de este pasaje:
«El Padre y Yo somos uno»
(Jn 10, 30).
De hecho, esa es la acusación que al final te lleva a ser condenado a muerte por el tribunal de los judíos. Tú siendo Hombre te haces Dios.
ES PERFECTO
Y es que era Hombre y Dios verdadero y las obras lo comprueban. Las profecías que Tú mismo, Jesús, haces de Ti mismo, las cumples y con eso queda demostrado que eres Dios. Pero, además, si eres Dios, entonces la actitud nuestra ante Ti tiene que ser también distinta, no simplemente de reconocer a un Mesías y obedecerlo, sino, si es Dios, entonces lo que diga hay que escucharlo con atención.
Lo que diga hay que meditarlo, aprenderlo de memoria. Lo que haga hay que aplaudirlo, no para quedar bien con Él, sino porque lo que haga es perfecto, está perfectamente hecho, porque es hecho por Dios que se hizo Hombre.
Así el evangelio dice que todo lo hizo bien. Lo que haga hay que registrarlo, hay que recordarlo, hay que contarlo a los demás y si se puede, imitarlo.
Lo que mande hay que obedecerlo rápido, sin demora alguna. Obedecerlo con inteligencia, poniendo el corazón y también con gusto, porque estamos obedeciendo a Dios.
EL LUGAR PRINCIPAL
Ahora te decimos Señor, que queremos aprendernos tus palabras, tus sentencias, meditarlas; que el Espíritu Santo nos ilumine para comprenderlas a profundidad, que conozcamos tus obras y que, como Tú dices en el evangelio:
«El que cree en Mí hará obras aún mayores»
(Jn 14, 12).
Pues que estemos en ese nivel de fe y de amor a Ti, de entrega. Que Tú puedas obrar a través de nosotros esas obras grandes. Que siempre te obedezcamos con gusto, sabiendo que eres Tú, Dios, el que lo está pidiendo.
Pero todavía más, si Él es Dios, debe ocupar en nuestra mente, en nuestro corazón, el lugar principal. Debe ser nuestro primer amor, nuestro mejor Amigo.
Señor, yo quiero que sea así, Tú eres Dios y eres el Mesías. Eso significa que yo no soy el Mesías, que yo no soy Dios. Eso es muy básico. Pero a veces, cuando no quiero obedecer, cuando no quiero ceder a algo que me pide Dios, es que me estoy poniendo en su lugar. Tú debes ser la persona más imprescindible en nuestra vida.
En nuestra vida tenemos personas imprescindibles: nuestros padres, nuestros hermanos; si estás casado, tu cónyuge, tus hijos, personas importantísimas, sin las cuales no podemos vivir. Pero Tú, Señor, debes ocupar un lugar todavía más principal. Y si es así, entonces nos ayudarás a amar más a esos seres queridos. Porque Tú no nos quitas nada, al contrario, nos das todo, pero si estás en el lugar principal.
Le pedimos a nuestra Madre al terminar este rato de oración que nos ayude a reconocer a su Hijo Jesús como el Mesías, como Dios que se hace Hombre y que le demos el lugar que le corresponde, el principal lugar en nuestra mente y en nuestro corazón.

