“María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús.
Ellos dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»
«Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto», les respondió”.
María Magdalena llora… Todos lloramos… Todos reímos y todos lloramos… Se puede reír y llorar por muchísimas razones… Esta mujer llora por la razón más válida de todas: porque ha perdido a Jesús… Se ha sumado llanto a llanto (llueve sobre mojado) porque ya había llorado al ver morir a su Jesús, había llorado al dejarlo en el sepulcro, seguro pasó el sábado llorando por su ausencia y ahora, domingo, pensaba encontrar consuelo embalsamando el cuerpo de Jesús con aromas. Diciéndole un último adiós, un “gracias Jesús por todo” …
¿POR QUÉ LLORAS?
Humanamente diríamos que le serviría para “cerrar el ciclo” … Aunque la Magdalena no quiere cerrar ningún ciclo. Si por ella fuera moriría con Él, y la sepultarían al lado, así nunca más se separaría de su Jesús… Pero eso no se puede, no se debe, Jesús no habría querido eso… Por eso, va. Pero va llorando. Porque es una solución de compromiso, es un adiós cariñoso y doloroso… Llora… Dentro de poco reirá, pero ella no lo sabe, de momento solo llora… Tal vez recuerda las lágrimas de alegría cuando Jesús la liberó de sus pecados y las ataduras del demonio.
Recuerda las lágrimas de alegría cuando Jesús la llamó a seguirle, a acompañarle en todas sus correrías por las tierras de Palestina, las lágrimas de alegría con cada milagro de los que fue testigo (que fueron muchos), las lágrimas de tanto reír con Jesús, los apóstoles y las demás mujeres cuando charlaban animadamente y se hacían bromas y contaban chistes… En esos momentos las lágrimas eran de alegría, de una alegría incontenible. Hoy las lágrimas eran de tristeza y de miedo, al no saber qué sería ya de su vida…
EL CORAZÓN DEL CORAZÓN
“No se distinguen las lágrimas que son de alegría de las que son de miedo(…) Quién sabe si están compuestas de lo mismo. Ningún científico se ocupa de estos experimentos fundamentales. Lo seguro es que la alegría y el dolor surgen de la misma fuente, el corazón del corazón.
El corazón no es sino una fila de habitaciones, cada vez más pequeñas, una entra en la otra por una pequeña puerta cerrada y por escaleras que bajan. En total son siete habitaciones. El corazón del corazón es la séptima, la de más difícil acceso, pero la más luminosa porque las paredes son de cristal. La alegría y el dolor llegan de esa habitación y son la llave para entrar.
La alegría y el dolor lloran las mismas lágrimas, son la madreperla de la vida, y lo que importa en la vida es mantener intacto ese trocito de corazón, tan difícil de alcanzar, tan difícil de escuchar, tan difícil de regalar, porque ahí todo es verdadero” (cfr. Cosas Que Nadie Sabe, Alessandro D’Avenia).
María ahora llora. Pero dentro de poco reirá como nunca, se alegrará más incluso que cuando Jesús expulsó de ella siete demonios. Pero ella todavía no lo sabe. Solo recuerda y llora… María Magdalena es la perla de Dios. Podríamos decir que era “una de las perlas”. Pero cada uno somos únicos para Dios y ella eso lo había palpado. Así que no le cabía duda que era “la perla” de Jesús.
UN GRAN PRECIO
Había estado perdida y Él, “tú Jesús, la viniste a buscar como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra (Mt 13,45-46). Pagaste el precio de tu vida, de tu sangre, ¡un gran precio!, y la compraste”.
Ella no solo se considera la perla sino la madreperla. Porque se sabía especial para su Jesús…
“Antiguamente se creía que la perla nacía de una gota de rocío caída del cielo que se depositaba dentro de la concha abierta en la etapa de la fecundación. (…) La gota de rocío celeste permanecía dentro de la concha como en el vientre de una madre y nacía la perla, que adquiría el color del cielo que la gota había grabado al depositarse. Los antiguos tenían una historia para todo: una perla negra nacía de una tempestad, más rara que las blancas, nacidas en días y horas de luz. Ahora bien, esta es una versión un poco romántica… (…)
En realidad, cuando un depredador entra en la concha y no consigue su propósito de devorar el contenido, deja dentro una parte de sí que hiere e irrita la carne del molusco, y la ostra se cierra para ajustarle las cuentas a ese enemigo, al extraño. Entonces el molusco empieza a soltar capas alrededor del intruso, como si fuesen lágrimas: la madreperla. En círculos concéntricos construye, a lo largo de cuatro o cinco años, una perla de características únicas e irrepetibles.
UNA JOYA PRECIOSA
Lo que al principio servía para liberar y defender a la concha de lo que la irritaba y destruía, se convierte en ornamento, en una joya preciosa e inimitable. Así es la belleza: oculta historias, muchas veces dolorosas. Pero solo las historias hacen que las cosas sean interesantes…” (Cosas Que Nadie Sabe, Alessandro D’Avenia).
Dicen que “quien ríe de último ríe mejor” … La Magdalena está a punto de comprobarlo en su propia vida. “Señor, ella es tu perla, y no la vas a dejar olvidada habiendo pagado por ella tan gran precio”.
“María se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?».
Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: «Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dijo: «¡María!»
Ella, volviéndose, exclamó en hebreo: «¡Rabbuni!» que quiere decir: «Maestro».
AGUA Y SAL
¡Ahora llora de alegría! ¡Es una alegría incontenible! Siente que explota, que corre, que vuela. Sus lágrimas de alegría se unen a aquellas de su tristeza que le parecen ahora tan lejanas.
“La madreperla (…) tiene la composición de las lágrimas. Agua y sal que se endurecen alrededor del fragmento envenenado. Capa tras capa, círculo tras círculo, en la forma de la simetría perfecta, que esconde la imposible simetría del dolor.
A la vista, las perlas parecen todas iguales, pero las auténticas revelan al tacto ligeras deformaciones, determinadas por la forma del depredador metido en su interior. Eso las hace únicas. Agua y sal labradas alrededor del peligro” (Cosas Que Nadie Sabe, Alessandro D’Avenia).
El enemigo había golpeado con su veneno, la Magdalena había experimentado el dolor. Pero Jesús la había defendido desde su interior. El depredador no había conseguido nada. El Señor había salido victorioso. Y todo eso ella lo había vivido de cerca. Eso la había hecho única. Madreperla.
Tú y yo lloramos y reímos. No te olvides: eres único para Dios. También tú eres su madreperla.

