En el evangelio de hoy le presentan al Señor un sordo que era también mudo. El Señor interviene y dice el Evangelio:
«Al momento se le abrieron los oídos, se le saltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Asombrados decían: todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos»
(Mc 7, 35-37).
Dios nos ha dado unas orejas para oír y unas cuerdas vocales que emiten sonidos para hablar. Desde niños nuestros padres nos ayudan para que escuchemos bien y para que hablemos correctamente.
Escuchar y hablar no es algo que se queda sólo en poder escuchar y en poder hablar, no se queda sólo en la salud. Estar sano para poder oír, no estar sordo y estar sano para poder hablar, no estar mudo. Si esos órganos están bien y funcionan bien, escuchamos y podemos hablar. Ahora la atención la tenemos que poner en cómo usamos esos órganos, qué escucho, cómo escucho, de qué forma me expreso, qué digo, cómo lo digo.
El niño pequeño que está empezando a escuchar aprende a distinguir los ruidos de las palabras cariñosas que escucha de su mamá. En la cara del bebé se ve cómo reacciona frente al cariño: sonríe, le gusta.
También se ve que reacciona cuando nota intervenciones secas o duras. No es lo mismo, la cara es otra cara, rechaza, no quiere. Quiero oír la sonaja que mueve la mamá cariñosa que le sonríe y que le dice repetidas veces que le quiere.
Las primeras palabras que pronuncia el ser humano, un bebé, son de amor. Cuando se esfuerza por decir algo dice mamá y después papá, busca la cercanía de sus padres, quiere que estén cerca y si no llora. Y así manifiesta su protesta, le hace ver a sus padres que tienen que estar cerca.
Más adelante, cuando el niño ha crecido, sus padres le enseñan a rezar. Los padres católicos que quieren que su hijo sea un buen católico, le enseñan a rezar. Los papás se ponen muy contentos cuando el niño repite de memoria sus oraciones o cuando hace gestos piadosos: se persigna o hace una genuflexión.
Les encanta a los papás ver al niño piadoso y el niño hace todo eso porque sus padres le han enseñado y tendrá cariño a todo eso porque quiere a sus padres y ve que ellos se ponen contentos cuando reza.

Después va a llegar lo que se llama el uso de razón, que es cuando el niño puede darse cuenta de las cosas. Todavía no profundiza, no es un razonamiento completo, es un darse cuenta semejante a la contemplación.
La contemplación es algo que viene y uno lo acepta con cariño y alegría, porque viene de alguien que nos quiere mucho. Así sucede con el niño que ve a sus padres arrodillarse con fervor durante la Consagración en la santa misa para adorar a Dios.
Los padres quizá no le han dicho nada al niño, sólo están adorando a Dios, mirando el altar y el niño que está al lado se fija en sus padres, comprende que es algo muy importante y se da cuenta que sus padres están amando a Dios y él también siente ese amor. Es un amor real que viene del amor auténtico a Dios que trasciende.
LA VERDAD
Lo mismo ocurre con el lenguaje del niño que usa el argumento de autoridad. Todo lo que su padre o su madre dice es bueno y va a defender delante de otros niños todo lo que ha oído de sus padres. De allí lo importante de la educación, los padres no le han impuesto nada, le han dicho la verdad, lo han amado.
La verdad tiene una gran fuerza, igual el cariño que ponen. Los padres al decir la verdad y ser buenos ellos con el niño y ser buenos también para todas las otras personas, eso es un prestigio de los padres frente al niño.
Los padres se dan cuenta que sus papás son muy buenos y le dicen la verdad. Y la autoridad paterna es ese prestigio que es fundamental para la transmisión de la verdad.
Para poder transmitir la verdad hay que conocerla. Entonces es importante la intervención divina para conocer la verdad, porque el Señor nos ha dicho:
«Sin Mí nada puedes hacer»
(Jn 15, 5).
El hombre solo, la persona sola no puede sola. Necesita de Dios.
Nosotros para que sean buenas nuestras comunicaciones, para transmitir lo sano, lo noble, lo limpio, lo que hay que transmitir, necesitamos de Dios.
Dios nos habla y es necesario oírle y oírle bien y pedirle que repare nuestros oídos si nuestros oídos no están bien; que repare nuestro lenguaje si nuestro lenguaje no está bien, porque es fundamental oír la verdad y transmitir la verdad y por eso necesitamos a Dios para conocer la verdad y poder transmitirla con el don de lenguas. El Espíritu Santo nos dará el don de lenguas.
SIN DIOS TODO SE PIERDE
Cuando Dios está de por medio, las relaciones humanas son excelentes, porque podemos amar y transmitir, transmitir y amar constantemente.
Sin Dios todo se pierde. Sin Dios nuestros oídos pueden coger cualquier cosa. Dejamos que entre cualquier cosa a los oídos y los oídos se pueden ensuciar con las mentiras, las burlas, los ataques, los chismes, las murmuraciones, las calumnias, las blasfemias…
Igual, la lengua, si Dios no está, se puede torcer y hablar cosas que no son buenas, emplearlas para el mal: críticas, insultos, queremos hundir a los demás, maldecir…
Cuando hay un amor propio excesivo, se activan los mecanismos de defensa y nos sentimos heridos y queremos vengarnos. Y si no podemos vengarnos, nos victimizamos o nos quedamos resentidos y tristes. Todo lo que ocurre cuando no estamos amando a Dios, cuando no nos dejamos curar por Dios.

Dios nos cura, limpia los oídos, nos enseña a escuchar y nos dice: escucha eso que te levanta, eso que es edificante, eso que te hace bien. Y también nos dice el Señor que escuchemos a las personas que tienen problemas para ayudarlas.
Hay muchas personas que pueden acercarse a nosotros buscando una ayuda y necesitan ser escuchadas.
Entonces de nosotros, si estamos bien, si estamos con Dios, surge el consejo oportuno que sale de nuestro amor a Dios.
Si estamos enamorados de Dios, sale el consejo que es el que se le debe dar y estamos amando a esa persona cuando le transmitimos ese consejo con una gran paz, con una gran alegría, con una sonrisa en la cara.
Es que Dios también mejora nuestro lenguaje para que sea limpio, noble, bueno, edificante; un lenguaje para animar a las personas, un lenguaje tonificante que abre horizontes y fortalece a las personas, un lenguaje positivo, sin críticas, sin adjetivos peyorativos, un lenguaje sencillo que se recibe con alegría y con agradecimiento.
Agradecemos al Señor por sus palabras que llegan al fondo de nuestro corazón, cuánto nos ha dicho Dios para mejorar cada día y ser ejemplo para los demás.
Agradecemos a la Virgen María, la Madre del buen consejo, que nos ayude a resolver tantas cosas, para que encontremos siempre a Jesús y caminemos felices con Él hasta el Cielo.



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