Leemos el evangelio y nos encontramos con cosas, cómo decirlo…, curiosas, rompedoras, a veces desconcertantes… Creo que lo fueron más para quienes las vivieron en primera persona, quienes estaban ahí. Tal vez a ti y mí, como las vemos desde fuera, como ya ha pasado tiempo, no nos chocan tanto. Pero hay que intentar meternos en los zapatos de los protagonistas para dejarnos interpelar.
Si lo hacemos, me parece que nos damos cuenta de que esas mismas cosas siguen siendo actuales, que incluso tú y yo podemos vernos reflejados en eso que leemos y meditamos.
Por ejemplo, la conocida escena de la vocación de Mateo: Jesús
«se fue otra vez a la orilla del mar. Y toda la muchedumbre iba hacia Él y les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al telonio, y le dijo: —Sígueme. Él se levantó y le siguió.
Ya en su casa, estando a la mesa, se sentaron con Jesús y sus discípulos muchos publicanos y pecadores, porque eran muchos los que le seguían. Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, empezaron a decir a sus discípulos: —¿Por qué come con publicanos y pecadores?
Lo oyó Jesús y les dijo: —No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores»
(Mc 2, 13-17).
Piénsalo: Leví (o sea, Mateo) es publicano. Es un judío que traiciona a su pueblo y a su raza; es como la escoria de la sociedad. Por el trabajo que desempeña no era bien visto ni en el templo ni en cualquier sinagoga. Y Jesús, Tú Señor, lo llamas con vocación de apóstol.
Ahora, como dice el dicho: “nadie da lo que no tiene”. O sea, lo lógico habría sido que Leví no aceptara la invitación. Porque no era tan practicante o tan “puro”, como otros; como Juan, por ejemplo. Y, sin embargo, responde inmediatamente: ¡¿Qué pasa?!
Es posible que los mismos apóstoles se hayan sentido extrañados, pensando: “¡¿qué hace este aquí?!”
Pero Leví no era completamente malo. No era peor que los demás. Seguro que en él había mucha bondad, al menos inquietudes por ser bueno y un cariño al Dios de Israel que los demás no veían. Probablemente quería ser bueno y lo intentaba, pero no lo conseguía. O, al menos, los demás pensaban que no lo conseguía, porque seguía siendo un publicano.
De todos modos, los apóstoles no dicen nada. Confían, aunque sea a regañadientes, en Jesús. O, por lo menos, le dan el beneficio de la duda. Piensan: “Si Jesús lo ha elegido, será por algo”.
Luego, cuando se van a casa de Leví, se sientan a la mesa y comparten el pan con otros publicanos y pecadores. Es entonces que
«los escribas de los fariseos (…) empezaron a decirles: —¿Por qué come con publicanos y pecadores?»
O sea, expresan en palabras lo que tal vez ellos mismos pensaban. Y, entonces, no saben qué responder. Pero Tú, Señor, sales al paso y respondes:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
A mí me llena de alegría escucharte decir esto. Porque yo soy enfermo… Los apóstoles acabarían dándose cuenta de que también ellos eran enfermos; no eran perfectos, no eran impecables, no estaban consagrados en gracia, no
Y tú y yo tampoco… tenemos cosas buenas, pero también tenemos nuestros rincones oscuros, mal olientes…
Todos, todos, somos un poco contradictorios.
Basta con saber que nacimos con el pecado original y, aunque nos bautizaron de pequeños, todos los días sentimos el tirón de la concupiscencia por un lado y el empuje de la gracia por el otro.
San Pablo dice:
«no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero»
(Rom 7, 19)
No hay (ni ha habido) persona en este mundo que sea inmaculada (a excepción de Jesús y María), no hay nadie consagrado en gracia, todos somos capaces (y lo hemos hecho palpable) de los peores errores y los peores horrores.
Pero, al mismo tiempo, en toda persona hay una grandeza inexplicable. Diariamente hay quienes se desviven por los más desfavorecidos, por los descartados de la sociedad… y han fundado hospitales, orfanatos, asilos, bancos de comida, jornadas médicas, escuelas, etc.
Diariamente hay quienes se esfuerzan por vivir de cara a Dios. Hay quienes viven como enamorados de Jesucristo.
Me parece que no es descabellado suponer que todos los días alguien se decide por Jesús, entregándole toda su vida, todo su corazón.
Hay blanco, hay negro y hay muchos grises. Luces y sombras. Esto lo vivimos todos los días.
LEVÁNTAME SEÑOR
Por eso, cómo me gustó cuando leí por primera vez aquel poema que dice:
“Levántame, Señor, que estoy caído,
sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo;
quiérome levantar y estoyme quedo;
yo propio lo deseo y yo lo impido.
Estoy, siendo uno solo, dividido;
a un tiempo muerto y vivo, triste y ledo;
lo que puedo hacer, eso no puedo;
huyo del mal y estoy en él metido.
Tan obstinado estoy en mi porfía
que el temor de perderme y de perderte
jamás de mi mal uso me desvía.
Tu poder y bondad truequen mi suerte:
que en otros veo enmienda cada día,
y en mí nuevos deseos de ofenderte”
(Fray Miguel de Guevara, México, s XVI).
¡Somos así! Como así era Leví, como así eran los publicanos y pecadores, como así eran los apóstoles.
Por eso, me parece que la escena nos recuerda esa verdad fundamental. Somos un poco (o bastante) contradictorios. Todos libramos una batalla. A veces ganamos y otras somos vencidos. Y no es fácil. Es una lucha de toda la vida.
MISERIA Y GRACIA
San Josemaría (en esta línea) comentaba:
“Tenéis que huir tanto de la actitud del intrépido que todo lo ve fácil, porque cree que le sobran energías, como del encogimiento del tímido, que todo lo ve con dificultad insuperable, porque cree que no tiene fuerzas”
(Carta, 6-V-1945).
No es ni fácil ni imposible. Es lo normal: lucha diaria, miseria y gracia, flaqueza y correspondencia generosa. Pero por algo Dios nos ha elegido y nos ha puesto donde nos ha puesto.
En otra ocasión comentaba san Josemaría: que
“seáis —cada uno en su ambiente— hombres o mujeres de iniciativa, de empuje, de vanguardia. Debéis corresponder a esa formación con vuestro ánimo y con vuestro esfuerzo: sin esa decisión vuestra, de nada valdría la abundancia de medios espirituales. Recordad aquella leyenda, que se acostumbraba a grabar en los puñales antiguos: no te fíes de mí, si te falta corazón.
Sed decididos, tenaces, tozudos, porque no hay ningún no definitivo”
(Carta, 9-I-1959).
O sea: correspondencia a la gracia de Dios. Iniciativa, empuje. Pero no por nuestras propias fuerzas, sino por la gracia que Dios nos concede. ¿Nuestras fuerzas? No te fíes de mí, si te falta corazón.
Qué lógica aquella con la que también repetía: “Señor, no te fíes de mí. Yo sí que me fío de Ti”.
Eso fue lo que hizo Leví y llegó a ser san Mateo. Por eso me parece que eso es lo que nos transmite la escena.
Ahora, ¿qué haremos tú y yo? Esa es la pregunta. O le podríamos decir a nuestra Madre, santa María: Madre, ¿qué hacemos conmigo?

