Hace poco vi una película aquí en mi casa sobre Hannah Arendt. Tal vez algunos la conozcan. Es una judía que vivió todo el drama de la persecución y más adelante sobrevive, se va a Nueva York, y viviendo en Nueva York se entera que han arrestado a un nazi que había huido de los juicios de Nuremberg y que lo van a juzgar en Jerusalén.
Y entonces ella, que ahora es una filósofa, decide ir al juicio contra este hombre, Adolf Eichmann, uno de los responsables de organizar grandes crímenes en la historia en los campos de concentración. Y yo, sinceramente, esperaba ver en el juicio, porque salen imágenes reales, pues, no sé, a un hombre malvado. Y es precisamente lo que le pasa también a esta mujer. Hannah Arendt esperaba ver en ese juicio, a un monstruo, alguien frío, calculador, despiadado.
Y en cambio, no se encontró Hannah Arendt con un personaje así. Más bien se encontró con algo que le desconcertó profundamente. Tanto que luego escribió unos artículos, porque de hecho ya fue al juicio enviada por el New Yorker, la revista de Nueva York, el periódico, y escribió cuatro artículos que se llaman “La banalidad del mal”. Ella dice en estos artículos que en ese juicio vio a un hombre normal, normal en el sentido gris, un hombre gris, sin profundidad, sin conciencia de pecado, digámoslo así.
LA BANALIDAD DEL MAL
Y eso lo dejó pensando mucho, porque lo que esta mujer descubrió y a mí también me golpeó al verlo, es que el mal no siempre es algo impresionante o evidente. Muchas veces es algo superficial. Es, como le dice ella, banal. Es decir, nace cuando una persona deja de pensar, cuando simplemente sigue órdenes, cuando repite lo que hacen los demás, cuando se deja llevar por lo que hacen los demás. Y me quedé con esta inquietud por dentro porque, siendo honesto, pensé, esto también me puede pasar a mí, y me ha pasado a mí a lo largo de mi vida y seguramente también a ti, y le puede pasar a cualquiera.
No hace falta ser una mala persona para hacer daño. Basta con no pensar. Basta con no reflexionar. Poco después de ver esta película, cayó en mis manos un libro de Brené Brown, “Los dones de la imperfección”, así se llama.
Y hubo una idea que me ayudó a poner nombre a algo que ella venía intuyendo. Ella habla de la diferencia entre encajar y pertenecer. Encajar es adaptarte para que te acepten. Cambiar lo que dices, lo que haces, incluso lo que piensas, con tal de no quedarte fuera. Y cuando leí esto, me vi reflejado también en muchas situaciones de mi vida.
¿ENCAJAS O PERTENECES?
Cuántas veces uno hace cosas no porque estén bien, sino porque es lo que toca, porque así son las cosas o porque es lo que hacen todos. Y digamos que encajar funciona, pero tiene un precio, te vas perdiendo. En cambio, pertenecer es otro asunto. Pertenecer es poder ser quien eres. Es no tener que actuar, es no vivir con miedo a no dar el ancho y, sin embargo, ser parte de un grupo de amigos, ser parte de una familia y, sobre todo, pertenecer a la familia de Dios.
Hay una frase que me confrontó mucho, que dice el libro: “si para que te quieran tienes que dejar de ser tú, entonces no estás perteneciendo, estás negociando tu identidad”. Bueno, pues es una frase que justo dice esto, quizá encajas, pero no perteneces. Y eso me hizo detenerme a reflexionar.
Porque entendí que muchas veces el problema no es que hagamos cosas malas, sino que vivimos superficialmente, sin verdad, sin profundidad, y eso nos lleva después a hacer cosas malas.
Bueno, y con todo esto en el corazón llegué al Evangelio de este día, en que leemos el pasaje en que Jesús, después de la Resurrección, se encuentra con Pedro. Lo he leído muchas veces y me quise detener en esta frase del Señor cuando le pregunta a Pedro, “¿me amas?” Y Pedro le responde como puede, hasta que le dice con humildad, “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero”. Y al final de ese diálogo, las últimas palabras del Evangelio de hoy son esas que le dice Jesús a Pedro, “Tú sígueme, Tú sígueme”.
ALCEN LA MIRADA
Bueno, y ahí algo se acomodó dentro de mí porque entendí que Jesús no le está diciendo a Pedro que encaje, no le está diciendo que cumpla un papel, no le está dando un manual de instrucciones. Le está diciendo algo mucho más profundo, camina conmigo, sígueme, no vivas en automático, no sigas la corriente, no te pierdas en comparaciones, sígueme a mí. Ya entendí que el problema de fondo no es sólo hacer el mal o el bien. El problema es cómo vivo.
Si vivo sin pensar, sin rezar, sin detenerme, pues voy a terminar diciendo o haciendo o siguiendo a cualquier gente. Pero si vivo en relación con Cristo, entonces empiezo a caminar de verdad.
Y como si todo esto fuera hilando, hace poco escuché el lema del próximo viaje del Papa a España, ya dentro de muy pocos días, que también viene del Evangelio, y es una frase del Señor que dice: “Alcen la mirada”. Y creo que esta frase lo resume todo, porque muchas veces vivimos mirando hacia abajo, mirándonos el ombligo, hacia lo inmediato, hacia lo que hacen los demás, hacia lo que se espera de mí, y así, sin darnos cuenta, dejamos de pensar, dejamos de buscar, dejamos de vivir en serio, de reflexionar.
EL PUNTO CLAVE
Pero cuando uno alza la mirada, empieza a ver más lejos el paisaje. Empieza a preguntar. cosas más grandes y empieza a descubrir que su vida tiene un sentido. Y entonces, juntando todo esto, esa película, ese libro, este Evangelio y esta frase, pues llegué a una convicción muy clara: Pensar es un deber. Es un deber moral, no es una optativa, no es un lujo, no es para unos cuantos, es un deber de conciencia. Porque si no pienso, alguien más va a pensar por mí. Y entonces, voy a vivir como ese hombre de la película, haciendo cosas quizá perversamente malas, sin darme cuenta de que lo estoy haciendo. Y esa es la peor tragedia.
Pero pensar no es solo usar la cabeza. Y aquí está el punto clave, pensar delante de Dios, eso es la oración. Y eso nos quiere llevar siempre este ratito con Jesús. Y lo digo así. La oración no es algo complicado, es detenerte en tu día y alzar la mirada y decir, Señor, ¿qué quieres de mí? Y eso lo cambia todo, porque entonces ya no vives para encajar, empiezas a vivir para pertenecer o a ser consciente de que le perteneces no a un grupo, no a una idea, sino a alguien. Le perteneces a Dios.
¿QUÉ VOY A HACER CON MI VIDA?
Y cuando uno empieza a vivir así, algo se transforma en su interior. Empiezas a tomar decisiones más libres. Empiezas a darte cuenta de que el bien cuesta más, pero vale más, es mucho más profundo. Empiezas a descubrir que tu vida no es cualquier cosa. Que tú puedes hacer mucho bien, muchísimo bien a mucha gente. Pero ese bien no va a salir de una vida superficial, va a salir de una vida pensada, rezada, vivida en serio, alegremente en serio.
Y entonces viene una pregunta que ya no puedes esquivar ¿Qué voy a hacer con mi vida? No de manera superficial, no copiando, no improvisando sino delante de Dios, porque ahí te juegas todo. Tu felicidad y la felicidad de todos los que te rodean.
Vamos a terminar haciendo como este propósito: No quiero vivir en automático. No me quiero conformar con encajar. Alza la mirada, piensa, reza y escucha estas palabras de Jesús: Tú sígueme, porque ahí está todo. Ahí está la verdad. Ahí está la libertad. Y ahí está la felicidad, en seguir a Jesús.
Santa María, tú que supiste alzar la mirada y confiar, enséñanos a vivir siguiendo a tu Hijo. A no quedarnos en la superficie, a no tener miedo a pensar y buscar y hacer mucho bien. Enséñanos a descubrir que le pertenecemos a tu Hijo y a seguirlo con un corazón libre y que nuestra vida sea un bien para nosotros y para muchísima gente, haciendo siempre y en todo, la voluntad de tu Hijo. Así sea.

