Jesús, hoy quiero hablar contigo sobre algo que todos necesitamos: el perdón. No sé, Señor, pero podemos tener la sensación de, una y otra vez, decir: “Ay, pero otra vez vengo con lo mismo”, ¿no?
Experimentar la alegría de la confesión, la alegría de una buena confesión, pero unos días después volver a caer. Entonces aparece, Jesús, esa pregunta: ¿será que sí tiene sentido seguir confesándome? Yo con las mismas faltas, las mismas caídas, las mismas miserias…
Bueno, pues vamos a mirar juntos el evangelio y no solamente para escuchar, no, sino para meditar, para meternos en la escena. ¡Metámonos en la escena! Vámonos para Cafarnaún: las calles llenas, y ahí está Jesús llegando a Cafarnaún, es más, ya está en una casa y la noticia vuela. Corre de boca en boca: “Jesús está aquí”; y comienzan a llegar personas de todas partes.
Entre la multitud aparecen cuatro hombres, bueno, cinco en total. No llevan comida, no llevan regalos; llevan algo mucho más pesado: llevan una camilla y sobre esa camilla un amigo que no puede caminar.
Me gustan estos cuatro amigos, porque no se resignaron. Podían haber dicho: “No, ya no hay nada que hacer, volvámonos”. Pero hicieron exactamente lo contrario: lo cargaron sobre sus hombros, lo llevaron y lo pusieron delante de Jesús.
Hoy es ese Evangelio del paralítico, que va en la camilla, levantado por sus amigos, llevados por sus amigos, y ahí ponen a ese joven, a ese amigo.
LLEVAR AMIGOS A LA CONFESIÓN
Y aquí, en este punto, Señor, me pregunto: ¿a quién te puedo llevar yo? ¿A qué amigo te puedo llevar yo y te puedo presentar? En la confesión, por ejemplo. Hoy vamos a hablar también de la confesión.
Algunas veces basta decirle al amigo: “Oye, ¿vienes conmigo? ¡Vente! Voy a ir a confesarme, acompáñame. ¿Qué tal si aprovechamos este ratico aquí en la universidad?” O bueno, “aquí, que ya estamos pasando por esta Iglesia, ¿qué tal si aprovechamos para confesarnos, para buscar la confesión? ¿Hace cuánto no te confiesas?”
Es bueno hablarles a los amigos de la confesión, claro. ¡Cuántas personas han vuelto a Dios simplemente porque alguien las ha invitado a acercarse al sacramento de la alegría, que es el sacramento de la confesión!
Bueno, y mientras vamos viendo a esos jóvenes con esa camilla, ocurre algo inesperado, porque todos esperamos, Jesús, viendo al paralítico, pues que lo cures y que le cures las piernas, más concretamente, que él se pueda levantar por sus propios medios.
Pero ¿qué es lo primero que mira Jesús? El corazón. Por eso le dice:
“—Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados”
(cfr. Mt 9, 2).
“No, Señor, pero es que yo vengo por otra cosa, yo vengo por las piernitas”… no, no.
Lo primero que le dice es:
“(…) tus pecados te son perdonados”
(Mt 9, 2).
Antes de devolverle el movimiento a las piernas, le devuelve la vida al alma. Porque Jesús sabe cuál es nuestra verdadera necesidad, la necesidad más profunda. No solamente es caminar. Es volver a vivir, es volver a ser hijos de Dios, es volver a empezar. Jesús realiza el milagro visible, pero, para demostrar el invisible.
Y por eso se acerca al paralítico y también le dice: “Está bien, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.
PROPÓSITO DE ENMIENDA
Señor, y yo veo aquí, en esto, el sacramento de la confesión.
Primero, me dices: “Tus pecados quedan perdonados”. Pero, después me dices: levántate, levántate. El perdón nunca pretende dejarnos acostados. Jesús nunca dice: “Quédese tranquilo ahí donde está, fresco. Ya le perdoné los pecados, pero quédese ahí tranquilo”. No.
Jesús nos dice: “¡Hágale! Empiece de nuevo. Levántese. Ande, camine, coja la camilla.” Y eso es precisamente el propósito de la enmienda. Ese podía ser el tema. Incluso lo pensé como título de la meditación, pero al final elegí otro.
“Propósito de la enmienda”. El propósito de la enmienda no consiste en prometerle a Dios algo imposible, no. Consiste en decirle con sinceridad: “Señor, quiero luchar. Quiero levantarme, quiero caminar”.
¿Qué es el propósito de la enmienda? Es uno de los cinco pasos de la confesión. ¿Y cómo se define? Es la firme resolución de no volver a pecar y de evitar todo aquello que me conduce al pecado. Eso es una buena, una posible definición.
No es confiar en mis fuerzas, no, Señor, es confiar en las tuyas. Por eso, un buen propósito nace mucho antes de entrar al confesionario, mucho antes de acercarme al sacerdote, que está ahí dispuesto y disponible para confesarme; porque no es el sacerdote, es Jesús.
Bueno, Señor, una buena confesión empieza cuando hay un buen examen de conciencia. No solamente preguntándome: ¿qué hice? Sino también: ¿por qué lo hice? ¿Dónde estaba mi corazón? ¿Qué estaba buscando realmente y qué preferí antes a tu santísima y amabilísima voluntad? ¿Qué hábitos, Señor, se están formando en mí? ¿Cuáles son las ocasiones que me hacen tropezar, caer?
Señor, ¿me quiero arrepentir? Y hoy puede ser una buena oportunidad también para preguntarte, Jesús: ¿Tú de qué quieres que yo me arrepienta? Y no irnos por las ramas, no, no, ir a la raíz.
EXAMEN DE CONCIENCIA
Por eso un buen examen de conciencia es importante. Porque cuando descubrimos la raíz, ¿qué pasa? Nace el dolor. No un dolor de vergüenza, no un dolor de miedo, no el dolor de que me pillaron, me descubrieron, sino el dolor de haber herido a un amor.
Más que haber sido heridos por el amor, haber herido a un amor tan grande que eres Tú Señor. Y por eso me gusta mucho una expresión: “Llegar con el dolor donde no llegó el amor”.
Pero Señor, acuérdate, ya lo comenté, nos puede pasar: Padre, es que yo siempre me confieso de lo mismo.
Recuerdo una respuesta que alguna vez escuché, la de un niño que le hizo exactamente esa pregunta a un sacerdote: “Padre, pero es que yo siempre me confieso de los mismos pecados.”
Y el sacerdote, sonriendo, le dijo: “¿Y acaso tu mamá no sacude todos los días el mismo polvo en tu casa?” Es una respuesta bonita, llena de esperanza. Porque, además, siendo sinceros, Señor, no somos tan malos como para inventarnos pecados nuevos todas las semanas, todos los meses, no, no.
Normalmente luchamos siempre con las mismas batallas. No sé, cada uno tendrá la suya: las impaciencias, la pereza, el orgullo, la vanidad, la sensualidad, la lengua, bueno, el amor propio.
Ahí Jesús nos está esperando, ahí es donde Jesús quiere que nos encontremos con Él. Ahí es donde Jesús quiere que nosotros lleguemos con la camilla, con la parálisis y decirle: “Señor, estoy arrepentido, perdóname y ayúdame también a levantarme. Quiero levantarme una y otra vez.”
En la confesión le decimos eso a Jesús, se lo demostramos. “Señor, me quiero volver a levantar.”
JESÚS, LEVÁNTAME
Pienso, por ejemplo, en el hijo pródigo. El hijo pródigo se convierte, pero no se queda diciendo: “Ay, Dios mío, por qué me alejé de mi padre.” No se queda diciendo: “He pecado contra el cielo y contra ti” desde la distancia; no, se acerca, se levanta, vuelve. Emprende el camino hacia su padre.
Y también le dice:
“Yo ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como alguno de tus jornaleros”
(cfr. Lc 15, 19).
Señor, el propósito de la enmienda: no quedarme lamentándome, sino caminar hacia tu abrazo.
Señor, levántame, levántame también a mí. Quizás llevo mucho tiempo acostumbrado, no sé, a la mediocridad, a la comodidad, a la resignación, me resignado…
“Yo no soy así, yo me quiero levantar. ¡Levanta, levanta!” Jesús, ¿qué dice? “Okey, te perdono tus pecados, pero ¡hágale! Levántese, tome su camilla”.
Jesús no destruye la camilla, Jesús no la hace desaparecer. La camilla se convierte, como una carga transformadora. Aquello que antes era signo de una enfermedad puede ser, puede convertirse en testigo de la misericordia de Dios.
También nuestras miserias nos pueden convertir en una memoria de testimonio de la misericordia de Dios, en memoria agradecida del perdón. Bueno, Señor, se nos acaba el tiempo, acudimos a nuestra Madre, santa María.
Madre nuestra, tú que conoces también el corazón de tu Hijo, enséñanos a acercarnos muchas veces a la confesión. Danos un examen de conciencia sincero. Danos un dolor profundo por haber ofendido a un Dios tan bueno y, sobre todo, Madre mía, ayúdanos a tener un propósito de enmienda valiente, concreto, lleno de esperanza.
Jesús, gracias porque nunca te cansas de perdonarme y gracias porque después de perdonarme siempre vuelves a decirme, con ternura y con la fuerza propia de lo que eres, Señor, el Salvador: “! Hágale, pues mi hijo, levántese y ande!”.

