Comienzo con una consideración de san Josemaría (del quien hoy celebramos su fiesta) que nos sirve como telón de fondo para esta meditación:
“Cuando hayas caído o te encuentres agobiado por la carga de tus miserias, repite con segura esperanza: Señor, mira que estoy enfermo; Señor, Tú, que por amor has muerto en la Cruz por mí, ven a curarme. Confía, insisto: persevera llamando a su Corazón amantísimo. Como a los leprosos del Evangelio, te dará la salud”
(Forja).
Y yo agrego lo siguiente: nunca nada está perdido. Ni tú ni yo. Nada, nadie. Porque está Jesús. “¡Jesús mío, gracias por existir!”
Vamos ahora a la escena.
“Por el camino venía un gemido amargo de esquilones rotos. Era un sonido que hacía temblar a los judíos. Había quienes corrían con sólo oírlo. Y todos aceleraban el paso. Temían ver aparecer, de un momento a otro, aquellas piltrafas de hombres que llamaban leprosos. Oían sus gritos: ‘Impuro, impuro’ y toda su piel de hombres y de cumplidores de la ley se ponía en estado de alerta.
Porque no era sólo el horror físico. Era todo lo que aquella piel podrida, cayéndose a trozos, simbolizaba. Dios estaba detrás con su látigo y ‘golpe de látigo’ quería decir exactamente el nombre que los judíos daban a la lepra: Tzara’at. ¿Qué no habrían hecho aquellos hombres para que el Dios de los cielos manchara así su carne?
Y, aunque los judíos aplicaban esta idea del mal físico como castigo del pecado a todas las enfermedades, la lepra se había convertido en el chivo expiatorio de todas las demás. Era la enfermedad por excelencia, la que manchaba cuerpo y alma más que ninguna. Todo estaba, por ello, minuciosamente reglamentado. El libro del Levítico había dedicado largos párrafos a la vida que debían llevar los leprosos…”
(José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, II. El mensaje).
“Quienes padecían la lepra vivían doblemente castigados, por la enfermedad y por la sociedad. La lepra iba comiendo sus carnes y la soledad su corazón. Eran muertos vivientes que giraban cerca de las carreteras esperando que alguien venciera su horror y les dejara algo de comida. No eran muchos estos decididos. Más frecuentes eran quienes les arrojaban piedras para mantenerlos a distancia. Y ni siquiera podían aproximarse a las fuentes y los ríos, pues se pensaba que los contaminaban con sólo lavarse el rostro en ellos. Así vivían, si es que era vivir aquello.
Pero no estaban muertos. Alguno guardaba incluso dentro del alma una esperanza. Habían oído hablar —quién sabe a quién— de un taumaturgo que cruzaba los caminos anunciando un nuevo y venturoso Reino. Un mensajero que —¡por fin! — no se limitaba a pronunciar hermosas palabras: los enfermos se ponían en pie sólo con que él les tocara. ¿Sería también capaz de vencer a esta enfermedad de las enfermedades que les corroía a ellos? Tenía que poder, si es que era verdadero: ¿cómo podía hablarse de un Reino de los Cielos en el que existiera aquella maldición suya? Si el Reino de los Cielos estaba cerca, como decía, ellos recuperarían la limpia piel que tuvieron de niños. Casi no se atrevían a soñarlo. Pero lo soñaban.
Por eso este hombre aquel día rompió todas las leyes”
(José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, II. El mensaje, ).
Porque, dice el Evangelio que
«al bajar [Jesús] del monte le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso, se postró ante Él y dijo: — Señor, si quieres, puedes limpiarme»
(Mt 8, 1-2).
“No le faltaba fe. Necesitaba tanto la curación que no podía ni permitirse el lujo de dudar. Se plantó allí, de rodillas y gritó, humilde y exigente al mismo tiempo. (…)
Entonces Jesús transgredió él mismo la ley: tendió la mano y tocó al leproso. El gesto es demasiado llamativo para que no nos sorprenda. Jesús no violaba jamás la ley por capricho. (…) Jesús siente ante el pecado una repugnancia infinitamente más honda que todos sus compatriotas. Pero no se limita a eso. Ante el pecado, para Jesús, no hay más postura que tomarlo sobre sus espaldas, hacerlo suyo. Eso es lo que simboliza este gesto de tocar: hacer suyo, tomar sobre sí el peso de la contaminación. No es sólo que la compasión le llevase a tocar a quien nadie tocaría. Es que, en aquel contacto de carnes, hubo un cruce de destinos: Jesús tomaba sobre sí la enfermedad y el pecado; el leproso recibía, a cambio, la salud y la gracia”
(José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, II. El mensaje).
«Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: — Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra»
(Mt 8, 3).
SI QUIERES, PUEDES CURARME
San Josemaría se conmueve con la escena y te recomienda:
“¡Señor! Si quieres, puedes curarme.
—¡Qué hermosa oración para que la digas muchas veces con la fe del leprosito cuando te acontezca lo que Dios y tú y yo sabemos! —No tardarás en sentir la respuesta del Maestro: quiero, ¡sé limpio!”
(Camino)
Díselo: “¡Señor! Si quieres, puedes curarme”.
Nunca nada está perdido. Ni tú ni yo. Nada, nadie. Porque está Jesús. “¡Jesús mío, gracias por existir!”
Nunca nada está perdido.
“Pecados, por desgracia, tenemos todos. Pero mientras los veamos como enemigos, luchemos contra ellos y los odiemos más que a la misma muerte, nos salvaremos, a pesar de nuestras caídas. El problema viene cuando pactamos y decidimos convivir con ellos. Ya no nos preocupa caer, lo único que nos preocupa es que se note. Entonces contratamos al mayordomo, a la hipocresía y ella viste nuestra vida con apariencia de virtud”
(José-Fernando Rey Ballesteros, Evangelio 2025).
Sólo en ese caso estamos perdidos: cuando negamos o maquillamos el pecado. Lo justificamos, no pedimos perdón, no corregimos.
Aprendamos del leprosito. No esconde la lepra, no la puede esconder. Él se podría esconder. Pero intuye que ante Jesús no vale la pena esconderse. Al contrario, tiene que salir a la luz del día, mostrar sus llagas, dejarse limpiar, pedir ser limpiado. Lo reconoce. A partir de ahí viene el milagro. Porque Dios no se hace ascos. Quiere limpiar. Me quiere limpiar.
Tú y yo somos leprosos. No escondamos nuestra lepra, reconozcámosla. Mostrémosla y pidamos ayuda. Nos sorprenderemos de la reacción de Dios.
Es lo que también pensaba san Josemaría al escribir:
“Si yo fuera leproso, mi madre me abrazaría. Sin miedo ni reparo alguno, me besaría las llagas.
—Pues ¿y la Virgen santísima? Al sentir que tenemos lepra, que estamos llagados, hemos de gritar: ¡Madre! Y la protección de nuestra Madre es como un beso en las heridas que nos alcanza la curación”
(Forja).
Se lo podemos pedir hoy y tal vez incluso a través de la intercesión de san Josemaría ya que es su fiesta y en las fiestas los santos están especialmente activos.

