PUEDES LIMPIARME
Uno de los posibles evangelios de este día dice así:
«Cuando estaba en una de las ciudades, un hombre cubierto de lepra, al ver a Jesús, se postró en tierra y le suplicó diciendo: —Señor, si quieres, puedes limpiarme.
Y extendiendo Jesús la mano le tocó diciendo: —Quiero, queda limpio.
Y al instante desapareció de él la lepra. Y él le mandó que no lo dijese a nadie; pero añadió: —Anda, preséntate al sacerdote, y lleva la ofrenda por tu curación, como ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio.
Se extendía su fama cada vez más, y concurrían numerosas muchedumbres para oírle y para ser curados de sus enfermedades. Pero él se retiraba a lugares apartados y hacía oración».
Nos podemos fijar en alguno de los apóstoles. Es cierto que no aparecen en el texto, pero estaban ahí, acompañando a Jesús.
Los primeros de los Doce: Pedro, Andrés, Juan… porque todavía faltaba que aparecieran algunos de los otros. Y, ¿no sé si te has preguntado qué pensarían justo ahora que un leproso, un indeseable, se les acerca?
Ellos no estaban acostumbrados a eso. ¡Nadie lo estaba! Pero estaban allí, siendo testigos de uno de los diálogos más conmovedores del evangelio…
SER LUZ DEL MUNDO
Todo lo que hace Jesús, lo hace para educar a sus apóstoles. Algún día ellos iban a ser la luz de Jesús para el mundo, tenían que aprender del Señor para poder imitarlo en todo.
Hay que fijarse cómo Jesús no les pide que sean ellos los que se acerquen al que tiene lepra. Primero va Él, sus discípulos tenían que aprender… y hacerse capaces.
Dios nunca agobia, Dios nunca te agobia. Jamás pide algo que no podamos darle… Él nos va, poco a poco, moldeando para que, cuando sea el momento, nosotros seamos capaces…
¿No te imaginas a Pedro, o Juan, pondrían cara de asco cuando vieron (y olieron) al que tiene lepra y está todo desfigurado…? ¡Claro que sí! Todavía no estaban listos…
Pero todo lo que vivieron se quedó grabado a fuego en su corazón y después, pasado el tiempo, iban a recordar todo lo que habían vivido y oído de labios de Jesús porque se daban cuenta que algún día ellos iban a hacer lo mismo…
“¿Dónde me he metido? ¿Qué hago aquí? ¿Qué pinto yo con este al lado? ¿Y si…?”
Seguro que a los apóstoles se les cruzaban por la cabeza estas preguntas una y mil veces…
APRENDER DE JESÚS
Pongámonos en el lugar de ellos: eres un joven como Juan, aparece Jesús, te abre un camino (un panorama) increíble para tu vida. Lo dejas todo, absolutamente todo, y lo primero que ves es que estás con gente que no conoces y que solo se te acercan endemoniados, leprosos, pobres, y así un día y otro.
Las preguntas… son súper razonables… o no. ¡Claro que es normal hacérselas, pero no es toda la verdad!
El premio es que está Jesús. No se rodean de gente desconocida o de marginados por gusto, lo hacen porque, si Jesús disfruta con ellos, ellos no querían otra cosa que disfrutar con Jesús.
No lo olvidemos, las cosas que valen la pena, las aprendemos de Jesús… Y Él nos va capacitando para ser capaces de hacerlo por Él, como Él, si le dejamos…
Los apóstoles iban a hacer lo mismo, y los que vinieran después también…
Ahora, seamos serios…: esta escena habla de nosotros. Habla de Jesús con nosotros…
Jesús se acerca al leproso y lo toca. Pone su mano encima del “impuro”… Se “arriesga” a contagiarse, y “pecar” contra la “pureza”… La ley judía es dura con el impuro; y que a todo lo que es tocado por la lepra le cae el peso de la ley…
EL MAL MORAL
Jesús no anda pensando en qué va a pasar con Él después de haberlo tocado… Lo que le mueve es el cariño que le tiene y el poder para curarlo…
Incluso hay quienes piensan que el Evangelio dice: Jesús se retiraba a lugares apartados justo por estar guardando una especie de “cuarentena” después de haber tocado a un leproso…
Pero lo esencial es que toca lo “impuro”, no se hace ascos… Tampoco con nosotros… Mi pecado es mi lepra… ¡Si viéramos nuestra propia alma!
La escena es un suceso real, pero al mismo tiempo es una figura de lo que Dios hace con nosotros…
Más asco da el pecado… si tan solo lo viéramos de frente… Jesús ve a las personas con todo y alma.
El mal físico es algo que puede causar rechazo (depende de la enfermedad), pero el mal moral… Ese es el verdadero mal. Ese sí que “apesta”. Eso sí que causaría repugnancia si lo viéramos; y Jesús lo ve…
Es más: la ofensa y el mal es mejor comprendida por la persona en cuanto más delicadeza de alma tiene. Y no hay nada con más delicadeza que Jesús. Pero no se hace ascos…
HERIDA QUE HAY QUE CURAR
El Papa Francisco comentaba en una ocasión que el pecado es más que una mancha, es una herida que hay que curar…
Ahí estamos nosotros con nuestras pústulas, con el pus…Suerte tenemos que el médico del alma no tenga problemas con acercarse a la herida y ayudarnos a curarla.
Eso es lo que hizo Jesús, eso hicieron los apóstoles haciendo “apostolado” y atendiendo a las almas con los sacramentos, eso hace Jesús a través de su Iglesia con el Sacramento de la Confesión…: curó a leprosos.
Y no tiene asco en el confesionario, tampoco tacha a la gente…: cura, viene a curar…
Las madres limpian las heridas de sus hijos.
Si yo fuera leproso, mi madre me abrazaría. Sin miedo ni reparo alguno, me besaría las llagas.
—Pues, ¿y la Virgen Santísima? Al sentir que tenemos lepra, que estamos llagados, hemos de gritar: ¡Madre! Y la protección de nuestra Madre es como un beso en las heridas, que nos alcanza la curación
(Forja 190).




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