LÁVATE LAS MANOS
«Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas que habían llegado de Jerusalén, y vieron a algunos de sus discípulos que comían los panes con manos impuras, es decir, sin lavar. Pues los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos.
Y le preguntaban los fariseos y los escribas: —¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras?
Él les respondió: —Bien profetizó Isaías de ustedes, los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos».
¡Qué enredos te encontraste al venir a la Tierra, Jesús! Nos habías hablado a los hombres a través de la Revelación, por boca de grandes personajes: profetas, patriarcas, jueces. Y resulta que los hombres torcemos las cosas. Es como si tuviéramos una gran facilidad para enredarnos. O para olvidarnos de lo esencial y quedarnos con el cumplimiento de detalles ya carentes de sentido.
Hablabas de purificación. De estar limpios ante Ti. De tener el alma limpia. El corazón limpio, y nosotros nos quedamos con lavarnos las manos…
Es cierto que es una de esas lecciones que las mamás dan a sus hijos pequeños: “antes de sentarse a comer lávese las manos”. Pero tu mensaje iba mucho más lejos que la higiene personal.
LIMPIEZA Y PURIFICACIÓN
Pero ojo, esto pasó hace más de 2,000 años y puede seguir pasando hoy. Hoy no tenemos todas esas costumbres que tenían los judíos. Pero en el culto que damos a Dios a través de la Iglesia, todavía hay muchos gestos cargados de sentido.
No sé si te has dado cuenta, pero el sacerdote se lava las manos repetidas veces en la Misa. Primero lo hace en la Sacristía antes de revestirse, luego al final del ofertorio (después de ofrecer el pan y el vino), también al final de la Misa, al purificar los vasos sagrados. Y, por último, cuando regresa a la sacristía una vez concluido todo.
¿Por qué tanto lavarse las manos? No es una manía que tengan los sacerdotes o la misma Iglesia. No. Se trata de un gesto para transmitir un mensaje esencial (que no deja de ser el mismo que tenían los judíos con las purificaciones): lo que pasa en el exterior, debería ser un reflejo del interior.
Tal vez de todas las lavaderas de manos que hace el sacerdote, la que todos tenemos más ubicada es esa al final del ofertorio, en la que el acólito se acerca para ayudar a quien celebra la Misa.
LAVARME LAS MANOS
Date cuenta de que, en ese momento, todos los días, “el acólito le dice una homilía al párroco. Sí señor, el acólito, aunque sólo tuviera siete años, le da una homilía al señor párroco.
Se realiza de la siguiente manera: Se ha pronunciado las oraciones del ofertorio. Después va el acólito hacia el altar. En su mano izquierda lleva un pequeño plato, en la derecha una jarra y colgado del brazo una pequeña toalla.
El sacerdote extiende sus manos y el acólito le echa agua en las manos: esto es una homilía. Sin palabras, sin pronunciar largas oraciones le dice al que celebra: «Lo que sucederá ahora en el altar, lo tienes que hacer con un corazón puro y limpio», quizás sea ésta la homilía más potente que se ofrece en la Eucaristía.
Dicen que, en cierto lugar, un sacerdote desconocido celebraba la Eucaristía dominical. Le tocó acolitar al pequeño Valentín. Cuando, terminado el ofertorio, se acercó con jarra, plato y toalla, el sacerdote lo rechazó disgustado: «Hoy por la mañana me he lavado las manos en el baño». Tristemente Valentín tuvo que regresar con todo. El sacerdote estaba en un error. No sabía que no se trataba de sus manos sino de su corazón. Menos aún sabía que el acólito le estaba hablando y quería despertar en él, la súplica que todo sacerdote reza en secreto cuando realiza este gesto: «Lava del todo mi delito Señor, limpia mi pecado».
Quizás con ocasión de esta “homilía sin palabras” el acólito podría rezar así, diciéndole así al sacerdote: «El Señor te conceda a ti y a mí y a todos nosotros un corazón puro». Esto es una súplica para la consagración y la comunión que se celebran pocos minutos más tarde” (Cfr. La Eucaristía en relatos. Historietas para niños, Theodor Schnitzler).
LAVA MI PECADO
El sacerdote reza esta oración, pero tú mismo puedes rezarla también, se lo puedes pedir al Señor: «Lava del todo mi delito Señor, limpia mi pecado». Porque ese es el sentido del gesto. Y es un mensaje que vale para quien celebra la Misa y para todos los que asisten.
No sé si alguna vez te habías detenido a pensar en ese detalle de la Misa. Tal vez no. A mí me sirvió para valorarlo, lo que me comentó un sacerdote de una persona que le había comentado a él, lo que más le impactó de la Misa a la que acababa de asistir: “cómo el sacerdote se lavó las manos…” percibió que aquello iba en serio…, el que celebraba la Misa parece haber transmitido todo el verdadero significado de ese lavarse las manos sin pronunciar una sola palabra.
También me sirvió la plática que tuve hace poco hablando con un niño que tiene ilusión de hacer la Primera Comunión. Salió, no me acuerdo cómo, este detalle del lavatorio de las manos. “¿Por qué lo hace?” Le pregunté. Me dijo: “para no apestar a Jesús”.
¡Qué ocurrencia! Pero tiene algo de razón: si el sacerdote apesta, ¡pobre Jesús! Pero por supuesto que no es que apesten las manos, lo duro sería que apeste el corazón. Pobre Jesús si apesta quien comulga, sea sacerdote o no.
Yo me acordaba de aquel poema que el Beato Álvaro del Portillo había aprendido en el colegio, y lo recitaba refiriéndose a la comunión.
Se trata de unos versos del Duque de Rivas que dice: “Esas puertas se defiendan / que no ha de entrar, ¡vive Dios! / por ellas, quien no estuviere más limpio que lo está el sol. (…) Así atronaba la calle / una ya cascada voz / que de un palacio salía / cuya puerta se cerró” (Álvaro del Portillo, Javier Medina Bayo).
LIMPIAR EL ALMA
Hay que estar lo más limpios posibles para recibir a Dios. Hay que defender las puertas que dan acceso al alma, para que no entre por ahí nada que la corrompa, para que no entre el pecado, o cualquier porquería que ensucie el alma, que la apeste. Porque por esas mismas puertas entrará Dios cuando comulgues.
Así que, no andemos por la vida limpiándonos las manos antes de comer, o después de habértelas ensuciado, moviendo cosas empolvadas, o jugando algún deporte, o por lo que sea, con tal de estar presentable ante los otros. Está bueno hacerlo por higiene. Pero sería absurdo hacer todo eso con las manos y luego andar caminando con el alma sucia de arriba para abajo, como si no pasara nada. Sería el mismo absurdo de los fariseos y los escribas.
Purificación. Eso es lo que necesitamos tú y yo. ¡Purificación! Limpiar el alma, para luego recibir al Rey de reyes.
Nuestra Madre fue concebida inmaculada para poder acoger al Hijo de Dios en su seno. Le podemos pedir que nos ayude. De manera que Jesús se sienta tan a gusto con nosotros cómo se sintió siempre estando con ella.

