En el evangelio estamos acostumbrados a contemplar a Jesús alegre, Jesús contento, Jesús acogedor, Jesús que mira a la gente con cariño, que se preocupa por cada uno. Y pocas veces vemos a Jesús triste o quejándose.
El evangelio de hoy nos presenta una de esas ocasiones. Dice Jesús:
«¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se hicieron en ti estarían creyendo»
(Mt 11, 21).
Y luego reclama contra otra ciudad: Cafarnaúm, diciendo que, si otras ciudades hubiesen sido testigos de todo lo que los habitantes de Cafarnaúm habían recibido, también estarían creyendo.
Obviamente que Jesús no está hablando de los edificios y las calles de estas ciudades. No está alegando contra las casas de Corazaín o las murallas de Betsaida, sino está reclamando un poco contra la dureza de corazones de sus habitantes.
Esos habitantes que se creían buenos que, por estar ahí, siendo testigos de todas las cosas buenas, ya habrían conseguido todo lo necesario para la salvación.
Se creían buenos, pero eran un poco mediocres. Y es un riesgo al que estamos muy expuestos todos los cristianos de todos los tiempos, que nos podemos contentar con los mínimos.
LA TIBIEZA
Sí, yo creo en Dios; sí, yo de vez en cuando rezo, voy a misa los domingos, doy limosna y un poco más. Pero no me pidan más que eso. Que el resto del tiempo, el resto del espacio de mi corazón son para mí, para mis cosas, para mis gustos, para lo mío. Sí, cumplo con esos mínimos y basta; cumplo con unas ciertas obligaciones, pero no me pidas más.
Eso es lo que en la tradición de la espiritualidad se suele llamar: la tibieza. Ese acostumbrarse a la mediocridad, a la ley del mínimo esfuerzo es una especie de un amor interesado, un amor que hace lo mínimo para comprar la salvación, lo mínimo para poder vivir con una “paz interior”, porque no es verdadera paz, que no me molesten más. Porque toda la vida espiritual para esas personas es una simple carga, una carga pesada, sin sentido.
Y no nos damos cuenta de que en realidad empeñarse, comprometerse, dar la vida a las cosas que nos pide el Señor, que no damos la vida, no nos entregamos a ciertas cosas, sino a Jesús mismo, pero a través de esas cosas, eso es lo que de verdad nos lleva a la felicidad.
Un autor inglés decía que:
“la mediocridad es estar al lado de lo grande y no darse cuenta”.
Así vivimos a veces los cristianos. Vemos que hay cosas muy grandes. Tenemos la gracia de Dios, tenemos la Eucaristía, tenemos los sacramentos, tenemos al Señor y no nos damos cuenta.
Cuando pensamos en cuáles son esas cosas que nos hacen felices, no pensamos en esas cosas que tienen que ver con el Señor. La tibieza nos ciega delante de esas cosas.
CARTAS DEL DIABLO A SU SOBRINO
En un libro muy conocido que se llama “Cartas del diablo a su sobrino”, Louis, que es el autor, se pone en los pies o en la cabeza de un diablo mayor, de un diablo con experiencia, que envía cartas a su sobrino, un diablo que es un demonio que está experimentando recién, un demonio novato que tiene que tentar a una persona. Es como esos consejos de un experto a un novato.
Es un libro que vale mucho la pena leer porque es de un conocimiento antropológico de la persona, un conocimiento de la experiencia de cualquier cristiano que ayuda mucho.
Ahí este diablo viejo, este diablo experimentado, le dice a su joven sobrino:
“Una vez que consigas hacerle pensar que la religión está muy bien, pero hasta cierto punto, podrás sentirte satisfecho acerca de su alma. Una religión moderada es tan buena para nosotros como la falta absoluta de religión y más divertida”.
Ese relegar la religión, la fe, la espiritualidad a una esquina, a unos ciertos momentos del día, como decirle al Señor: “mira, ok, Tú me estás diciendo que para salvarme necesito hacer estas cosas… muy bien, te concedo (como si fuera una gran cosa) unos ciertos momentos, pero el resto del día no me molestes”.
ENTREGA 100%
Así diciéndolo como explícitamente parece muy burdo, pero a veces con nuestra vida estamos así y le estamos diciendo el Señor: “Señor sólo te voy a dar un poco, lo mínimo y el resto, para mí”, el resto, quedémonos tranquilos.
Entonces eso nos va haciendo que pongamos en primer lugar, en nuestra vida, nuestro propio yo, nuestra comodidad, mis proyectos, mis cosas, lo mío y vamos dejando al Señor en un segundo, tercer, cuarto, quinto lugar.
Y nos vamos dando cuenta poco a poco de que nada nos satisface de verdad, nada nos llena, porque lo que de verdad nos llena es una vida entregada al 100%. Una vida encendida en el amor de Dios.
La tibieza nos va dejando acostumbrarnos a una situación semi cómoda, pero que no nos llena de verdad. En cambio, cuando intentamos subir esa temperatura espiritual de nuestra vida, nos vamos dando cuenta poco a poco que eso es lo que de verdad nos da la felicidad.
La tibieza es peligrosa porque uno no se da cuenta. Uno va poco a poco dejándose estar, dejándose estar y sin notar demasiado lo que está sucediendo.
Es como decía un autor, que cuando uno pone una rana en una olla fría y le pone temperatura, la pone en la cocina y va subiendo de a poco la temperatura, la rana no se da cuenta. Si el agua estuviera hirviendo, la rana salta. No se queda en la olla. Pero si de a poco se va calentando, se va entibiando, hasta que ya es demasiado tarde.
NO LLEGAR A LA TIBIEZA
Señor, en este rato de oración te queremos decir que no queremos llegar a esa situación, no queremos ser tibios, le queremos decir no a la tibieza. Porque como lo dice el mismo Señor en el Apocalipsis, en una de esas cartas que tiene unas palabras muy duras:
«No te reclamo porque eres frío ni caliente, sino porque eres tibio, te voy a vomitar de mi boca»
(Ap 3, 15-16).
Es fuerte lo que dice el Apocalipsis y es palabra de Dios.
“Señor, no queremos ser tibios, queremos huir de la tibieza”.
Estamos preparándonos, en dos días más celebramos la fiesta de la Virgen del Carmen. Le pedimos a nuestra Madre santísima, la Virgen del Carmen, que ella nos encienda nuestro corazón con el amor de Dios y que no nos deje caer jamás en esa situación tan triste de la tibieza.
Que nos encendamos cada vez más en ese amor tan grande que Jesús pone en nuestro corazón y nos quiere ayudar a tener por Él, en primer lugar y por los demás.

