ENTRAR AL AGUA
Los primeros cristianos no bautizaban como nosotros hoy, con unas gotas de agua en la cabeza. Lo hacían en los ríos, como el bautismo de Jesús, o en piscinas. Y el que iba a ser bautizado entraba en el agua y se sumergía una vez, dos veces, tres veces, y en ese momento desaparecía. Entraba en el agua y desaparecía. Entraba en el agua y no veía nada, todo oscuro, silencio, como una noche total, como si estuviera en un sepulcro, como si muriera, y luego salía.
Y al salir, la luz, al salir el aire, la vida, como si naciera, tal cual. Los primeros cristianos lo explicaban con una imagen impresionante.
Decían, el agua del bautismo es sepulcro y madre al mismo tiempo. Sepulcro porque ahí muere el hombre viejo, el hombre pecador. Y madre, porque ahí nace el hombre nuevo.
Es un instante, ¿no? Morir y nacer. Morir al pecado y nacer a una vida completamente nueva. Y esto no es una idea bonita. Esto te pasó a ti, me pasó a mí en el bautismo.
LO QUE EXPERIMENTAMOS
Un día, me acuerdo, el Papa, en una audiencia, preguntó si sabíamos la fecha de nuestro bautismo. Y yo la verdad no lo sabía. Le pregunté a mi mamá y me mandó incluso foto de la partida de bautismo. Ahí me di cuenta de que me habían bautizado a los seis meses. Entonces les reclamé un poco. Les dije, oigan, ¿por qué me bautizaron tan tarde? ¡Seis meses después! Bueno, ya me explicaron que pues era el primer hijo, que eran unos papás primerizos, que no me querían sacar mucho, que de pronto me enfermaba. Bueno, les perdono a mi papá y a mi mamá.
Pero eso nos pasó en el bautismo. Nacer, morir y nacer.
Jesús, en el bautismo experimenté la muerte como Tú. En el bautismo también resucité de un modo nuevo como Tú. Qué cosa tan misteriosa lo que es el sacramento del bautismo.
EL HOMBRE VIEJO
Pero bueno, Señor, ahora que estoy haciendo este ratico de oración, tengo una pregunta real y es,¿y después del bautismo qué? Porque sí, fuimos bautizados, pero Señor, seguimos cayendo, seguimos pecando y a veces volvemos a lo mismo, a veces volvemos a morir.
Parece que ese hombre viejo no terminó de morir y ni siquiera terminó de vivir, porque está presente el pecado. Entonces, si vuelvo a morir por el pecado, ¿cómo vuelvo a la vida? ¿Tengo que nacer otra vez? ¿Se puede volver a empezar?
TE BUSCA EN LA NOCHE
Y aquí es donde entra una historia que aparece hoy en el Evangelio, una historia que empieza de noche. Un hombre camina rápido por las calles estrechas, va cubierto, se cubre, se tapa, no quiere que le reconozcan. Es un fariseo, un maestro de la Ley, es un hombre serio, es un hombre respetado. Cree en Dios, reza, se ha dedicado prácticamente su vida a estudiar la escritura, pero va a buscarte Jesús en la noche. ¿Por qué algo no le cuadra? Lleva tiempo escuchándote, viéndote. Viendo a ese maestro de Galilea hacer milagros.
Se da cuenta de que tiene una autoridad que nadie tiene. Se da cuenta de que tiene una manera de hablar de Dios que nadie lo ha hecho así. Entonces siente la curiosidad de ir a hablar Contigo Jesús.
Tiene que ir y entonces efectivamente llega, no sabe si lo van a recibir, no sabe si lo van a mirar con sospecha. Pero llega, toca la puerta, entra y puede dialogar Contigo Jesús. Empieza una conversación, se llama Nicodemo.
NICODEMO Y JESÚS
Entonces, claro, Nicodemo empieza con prudencia su conversación porque le dice:
—Oye, sabemos que has venido de Dios.
Pero claro, Jesús sin más dilación no se queda en la introducción, no se queda en el en el romper el hielo, va directo al corazón de Nicodemo. Y le dice:
«El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios».
Silencio. Porque Nicodemo no entiende, queda descolocado. Sí, intenta entender, pero no llega… Entonces pregunta:
«¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?»
Y aquí, Señor, está el tema de nuestra pregunta de hoy en la oración, el tema de conversación, de diálogo Contigo: ¿Cómo puedo yo nacer siendo viejo? ¿Tengo que volver al seno de mi madre?
Claro, Nicodemo pregunta esto porque lo hace con una lógica de la carne, con una lógica muy humana en lo que se ve, en lo que se puede explicar.
Y Jesús va a responderle y dice:
«iEl que no nazca del agua y del espíritu».
¿ESO CÓMO PUEDE SER?
Entonces claro, Nicodemo piensa. Nacer del agua, nacer del espíritu. ¿Qué es esto? Cómo puedo entender esto? Y esto es real.
Esto sucede porque hay un nacimiento de nuevo, pero Nicodemo no llega, sigue sin llegar y al final sólo puede decir una cosa.
Te pregunta, Señor,
«¿Y eso cómo puede ser?»
Es de noche. Nicodemo no entiende del todo, pero Jesús dice lo que dice. El que no nazca de nuevo, que no nazca del agua, que no nazca del espíritu no puede tener vida real.
Bueno, esa conversación termina y en el corazón de Nicodemo comenzó a nacer algo muy fuerte. Lo que Jesús le estaba diciendo a Nicodemo, ahora lo entendemos, verdad, Señor.
Es que Él no puede darse vida a sí mismo. Es que Él no puede construirse solo. No puede mejorar lo suficiente solo. A nosotros nos pasa lo mismo. No podemos darnos vida, no podemos reconstruir lo que lo que ha sido destruido nosotros solos. No, señor, necesitamos nacer de Dios.
TENEMOS QUE MORIR
Y para nacer de Dios tenemos que morir, porque el camino para nacer es morir.
Dejar morir algo en nosotros para permitir que algo nazca de nuevo. Esa es la vida espiritual, así funciona la vida espiritual.
Y, ¿qué pasa después del bautismo? Que ese misterio de la gracia de Dios, de la vida de Dios, del Espíritu de Dios que nos hace nacer de nuevo, tiene que actualizarse. Y, ¿cómo se actualiza?
Menos mal, Señor, tú te inventaste. Los sacramentos, el sacramento de la penitencia. En el que podemos buscar una nueva oportunidad de nacer. Y, ¿como? Volviendo a pasar por la muerte, pero ahora de otra manera, con el arrepentimiento, con la confesión, con la humildad de empezar otra vez.
LA GRACIA DE DIOS
Cada confesión es en el fondo un nuevo bautismo en pequeñito, bueno, o en grande, porque es la misma gracia de Dios.
Entrar en la noche, reconocer el pecado, ponernos de rodillas, morir a nosotros mismos. Señor, perdóname… Te absolvo, yo te perdono y tú, señor, nos vuelves a sacar a la luz. Volvemos a nacer.
Pero claro, esto como Nicodemo, pues no se entiende del todo hasta que vemos a Jesús en la Cruz.
Y aquí viene el final de la historia. Porque hoy no nos cuentas el final de la historia, Señor, en el Evangelio no. Pero sabemos cómo fue el final.
El final de la historia es en la Cruz. El día en el que el Cielo se oscureció, el día en que Jesús murió en la cruz, el día en que fue abandonado en la cruz solo.
TODO ENCAJA AL FINAL
Señor, ¿y quién te acaba bajando de la cruz? Ese cuerpo frío, helado, sin vida, de Dios hecho hombre. ¿Quiénes son los que se acercan a bajarte de la cruz? ¡Nicodemo! Ese señor que buscó a Jesús en la noche, que te buscó, Señor, en la noche, ¡el mismo!
Va en el momento de la muerte, ya no de noche, ya no se esconde, ya no tiene miedo, va Señor a poner la cara por Ti, a dar la cara por Ti. Ahí está. Se acerca tu cuerpo, lo toca, te sostiene, lo abraza, te recibe.
Ese cuerpo pesado, muerto. Y en ese momento todo encaja. Ahí Nicodemo entiende lo que significa morir para nacer.
Ahí entiende lo que significa nacer de lo alto. Ahí entiende que la vida nueva pasa necesariamente por la muerte y eso lo siente en su corazón, en su alma.
NACEMOS DE NUEVO
Esa noche, tiempo atrás, cuando había ido a hablar con Jesús, sí, en su corazón había comenzado algo, pero ahora, ahí en el momento de la cruz, nace de verdad, nace de nuevo.
Y entiende lo que es morir al hombre viejo. Morir al miedo, al cálculo, a la comodidad, morir al pecado y nacer de nuevo como hombre nuevo, capaz de amar de nuevo.
Bueno, Señor, nosotros que estamos haciendo este ratico de oración, nacemos de nuevo. Hemos pasado por el agua, hemos experimentado el sepulcro y el nuevo nacimiento.
Porque hoy, Jesús, Tú nos vuelvas a decir tienes que nacer de nuevo. Deja morir lo que no es de Dios. No tengas miedo a entrar en la noche, no tengas miedo a reconocer tu pecado, porque el mismo Dios que te dio la vida en el bautismo, quiere dártela otra vez y otra y otra y otra en los sacramentos, especialmente en el sacramento de la Penitencia.
Hasta que un día, Señor, nazcamos definitivamente a la vida eterna y veamos también el rostro de tu Madre.
Madre mía, ayúdanos a entender la gracia, la bendición de los sacramentos que Jesús nos ha dado para morir y nacer de nuevo.

