Hoy, en la santa misa, leeremos un pasaje del Evangelio de san Lucas. Está Jesús con sus apóstoles y compara a esta generación, o sea, a quienes lo escuchaban; pero también uno puede pensar en todas las generaciones que vienen después. Compara esa generación con un grupo de muchachos que están sentados en la plaza y se dicen entre ellos:
“Les tocamos la flauta y ustedes no bailaron; entonamos cantos fúnebres y no lloraron…”
(Lc 7, 32).
O sea, hemos tocado canciones alegres para ustedes y ni se inmutaron: no bailaron; también tocamos canciones tristes y no lloraron… Son muchachos que están frustrados, ¿no? Porque no ven una respuesta o una reacción ante lo que ellos hacen.
Y es el Señor el que está esperando también que cada uno de nosotros —sí, las personas de esa generación, pero eso nos lo está diciendo también a cada uno de nosotros — nos dice: tú reaccionas a mi música.
Y nos podemos preguntar, en este rato de oración: ¿estamos intentando escuchar la música de Dios? ¿Intentamos abrir los oídos de nuestro corazón para escuchar lo que Dios quiere decirnos, lo que Dios quiere cantarnos, como un papá, como un enamorado?
En una ocasión, un sacerdote me contó una historia muy sencilla, una anécdota, pero que me hizo pensar en esto. Estaba conversando con otra persona por primera vez y le preguntó, entre otras cosas, para conocer un poco más sobre su vida, sus cosas: ¿Oye, y tú rezas por las noches?
Esa persona, sorprendida, lo mira y le dice: ¿Y cómo sabe usted que ronco por las noches? Se ve que había un tema…: que no había escuchado bien, ¿no?
ESCUCHAR LO QUE EL SEÑOR NOS QUIERE DECIR
Y tu y yo ¿tratamos de escuchar bien lo que quiere decirnos el Señor?
¿Escuchamos bien la música de Dios para saber si conviene bailar, si conviene llorar, reír o si conviene mantenerse tranquilos, escuchando con atención?
¿Qué es lo que nos impide escuchar la música de Dios? Lo primero que nos impide ser buenos oyentes de la música de Dios es el pecado, es el egoísmo. Es como una música disonante que se pone a sonar al lado y que no nos deja escuchar bien.
Es como cuando uno está tratando de escuchar una canción y hay una construcción o un lugar donde hay mucho ruido y ese ruido se come la música; la música que queríamos escuchar no se puede percibir porque el otro sonido es más fuerte.
En su libro El Silmarillion, que es la introducción o lo que viene antes de El Señor de los Anillos, Tolkien cuenta la creación del mundo y el origen del mal. Ahí cuenta que, en el inicio, Dios tiene una serie de seres divinos que son una especie de ángeles: los Valar que están tocando una canción y hay uno de ellos que se pone a tocar una música disonante, ese es el origen del mal.
Melkor, uno de esos ángeles que habían sido creados con una gran perfección, toca una música disonante y, entonces no se puede escuchar bien la música original.
Para escuchar la música de Dios, la voz de Dios, es necesario que limpiemos bien nuestros oídos para poder escuchar qué es lo que nos quiere decir el Señor. Eso lo hacemos con el sacramento de la confesión.
VER EN ALTA DEFINICIÓN
Recuerdo una ocasión en que una persona hacía muchos días que tenía que ir al oftalmólogo para revisar su vista porque tenía que usar anteojos o lentes. Y, sin embargo, no iba por dejadez y porque tenía muchas cosas que hacer. Cuando finalmente fue, volvió con unos nuevos anteojos y ahí se dio cuenta. Decía: “Ahora veo en HD”. El cambio fue tremendo, ¿no? “Veo en HD”, veo en alta definición.
Con el sacramento de la confesión podemos ver el mundo en alta definición; podemos escuchar la música de Dios del mejor modo posible. ¡Qué suerte tenemos de poder dejar que Dios nos limpie el corazón cada vez que lo necesitamos, que nos limpie las orejas, es decir, los oídos del corazón para poder escuchar la música de Dios!
Jesús, gracias por dejarme un medio tan bonito. Gracias por dejarme este sacramento.
Hacemos un paréntesis aquí y le pedimos al Señor que nos mande muchas vocaciones sacerdotales, porque los necesitamos. Necesitamos esos confesores que nos limpien el corazón; esos sacerdotes que celebren la Eucaristía y que nos alimenten con el Cuerpo del Señor.
Para poder escuchar la voz de Dios, para poder escuchar la música de Dios, necesitamos a los sacerdotes. Pidamos especialmente por ellos: por los que ya están, para que sean siempre muy fieles; por los que vendrán a lo largo del tiempo; por los que se preparan en los seminarios y para que haya siempre muchas personas dispuestas a responder que sí al Señor.
Ahora cerramos el paréntesis y continuamos con nuestra oración.
Porque no es el pecado lo único que nos impide escuchar la música de Dios; hay otra cosa que quizás sea menos evidente y, por eso, quizá un poco más peligrosa: la indiferencia.
CONOCER A JESÚS
No es que haya obstáculos para escuchar la voz de Dios, la música de Dios, sino es que no queremos escuchar. La música suena pero, nosotros estamos en otra. Estamos en otra sintonía. Y aquí es necesario que descubramos quién es Dios para nosotros.
Jesús, ¿quién eres tú para mí? ¿Quién es Dios para mí? ¿Es un papá que me quiere muchísimo, es un amigo que me acompaña, alguien que siempre está ahí, que no me falla nunca? ¿O es simplemente una música de fondo, como esa música de supermercado o música, no sé, que está ahí puesta en el bus, en la micro o ahí donde sea y que en verdad, nunca le he puesto suficiente atención? Es una música de fondo que no me llega al corazón
Señor, que te conozca bien para poder saber que esa música es la que me va a cambiar la vida, es lo que más me conviene.
Hay una oración que san Josemaría le dirigía al Espíritu Santo y que nos puede servir. La leeré entera; no es tan larga, que nos puede servir para este rato de oración, dice san Josemaría:
“¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos; fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo; inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.”
Podemos adaptar un poco esta oración y decirle al Señor: “Ahí está tu música. No quiero endurecerme; no quiero dejar de escucharla por el pecado; no quiero ser indiferente ante tu música. Quiero escucharte hoy, ahora, no vaya a ser que mañana me falte. Quiero hacer tu voluntad, Señor. Ayúdame a ponerla en práctica, a limpiar mis oídos con el sacramento de la confesión, a conocerte de verdad para descubrirte como Padre, como amigo, como persona que me quiere”.
Se lo pedimos especialmente a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen, que en la Anunciación ella escucha la voz de Dios y luego la pone en práctica. Que nosotros, como ella, sepamos escuchar al Señor y poner en práctica su voluntad.

