Jesús, comenzamos este rato de oración contigo en un día que toca las fibras más íntimas de nuestra alma.
Quizá quien te escucha ahora mismo, viene de poner unas flores en un cementerio o mira la repisa de su casa con el portarretratos de la foto de sus padres, de un abuelo querido, de un hermano o de un amigo entrañable que ya partió de esta tierra.
Porque en la mitad del camino de la vida, cuando ya hemos cumplido los 40 o los 50 años, la muerta deja de ser un concepto abstracto o una noticia lejana en los periódicos.
Ya tiene rostros muy concretos, tiene el tono de voz de quien nos enseñó a rezar o las manos de quien nos sostuvo en los momentos difíciles o la risa de las personas con las que compartimos tantas sobremesas.
EL CORAZÓN SE NOS ENCOJE
Y en un 2 de noviembre, Jesús, es inevitable que el corazón se encoja un poco con esta mezcla de nostalgia y de dolor, sí, no hace falta llorar.
Tú mismo, Jesús, ante el sepulcro de tu amigo Lázaro, nos diste una un ejemplo, ahí Tú te pusiste a llorar, te conmoviste hasta las entrañas y lloraste abiertamente, eso está en el capítulo 11 de san Juan.
Porque llorar es profundamente humano, no hay una cuestión contradictoria, al contrario, hoy la Iglesia no nos reúne para hundirnos en la melancolía de un adiós definitivo, sino para consolarnos con una promesa, que es que la muerte no tiene la última palabra.
La última palabra la tienes Tú, la resurrección y la vida, por eso la liturgia hoy nos invita a rezar con todo el fervor por los fieles difuntos.
Ayer lo hacíamos por todos los santos. Hoy conviene recordar qué es lo que la Iglesia nos enseña con tanta sabiduría de madre sobre el purgatorio, dice:
«Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo.»
(numeral 1030 del Catecismo de la Iglesia Católica)
Esto es el purgatorio. No imaginemos el purgatorio como una sala de castigo cruel, sino como una sala de espera del amor.
MIRAR DE CARA A DIOS
Que te invitan al banquete más luminoso, elegante, solemne de tu vida, con el Rey del universo.
Y llegas a la puerta y te das cuenta que llevas, no sé, un traje, un vestido salpicado por el barro del camino o con el polvo de tus pequeñas vanidades, o con tus faltas de caridad o con tus apegos tontos, ¿entrarías así?
¡Pues no! Tú mismo pedirías: «Por favor, permítame lavar antes de entrar y mirar cara a cara a Dios”. Pues bien, eso es el purgatorio, un fuego bendito de nostalgia divina.
De hecho, hay una santa que se llama santa Catalina de Génova, que decía:
Que las almas benditas están envueltas en un dolor indecible por no ver aún a Dios, pero al mismo tiempo sienten una paz y una alegría inmensa porque saben que la salvación ya está garantizada.
Y lo más grande, por la comunión de los santos, nosotros hoy podemos acelerar ese abrazo eterno con nuestra oración, con el santo sacrificio de la Misa, con nuestros pequeños sacrificios cotidianos.
Hoy podemos rezar por ellos, por lo tanto, demos esa fuerza a este día de los de los difuntos.
Benedicto XVI regaló a la Iglesia en su encíclica “spe salvi”, una de las principales que escribió, una de las reflexiones tal vez más profundas y hermosas que se han escrito sobre este misterio.
JESÚS ES EL AMOR
Dice:
«El encuentro con Cristo es el acto decisivo del juicio. Ante su mirada toda falsedad se desmorona. Este encuentro con Él en cuanto nos quema, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. El dolor del juicio es el fuego de su amor que nos quema, purificándonos y capacitándonos para el Cielo”.
Aquí se acaba el texto citado de la “Spe salvi” y es que es la mirada de Cristo que nos transforma.
Porque ningún hombre es como una célula apartada del resto, nosotros estamos siempre en comunión, sobre todo comunión con Dios.
Y el amor puede llegar hasta el más allá, ese amor que nos da Dios y que nos va limpiando.
¡Qué descanso! Jesús es el amor, porque es más fuerte que la muerte, por eso nosotros ahora que tenemos oportunidad todavía, rezamos por quienes han muerto.
No es perder el tiempo, al contrario, es tejer puentes reales de gracia a través de tu corazón.
Hay un texto en el Antiguo Testamento que nos habla justamente de esto. No es una tontería, está en el segundo libro de los Macabeos.
Cuenta que Judas Macabeo y su ejército recogen los cuerpos de los soldados caídos en batalla y descubren que varios de ellos llevaban objetos consagrados a los ídolos ajenos, lo cual estaba prohibido por la ley judía.
Y entonces Judas y sus hombres oran y ofrecen un sacrificio expiatorio en el templo de Jerusalén para que Dios perdone el pecado de esos compañeros suyos fallecidos.
Claro, el autor sagrado concluye que es una idea santa y piadosa rezar por los difuntos, para que queden libres de sus pecados, lo cual la tradición católica considera un fundamento bíblico del purgatorio.
PERDONAR LOS PECADOS
Dice concretamente: en segundo de Macabeos en el capítulo 12,
«Y rezaron al Señor, para que perdonara totalmente sus pecados a los compañeros muertos”. (Mac 12; 44)
Y luego, cuando Judas manda a hacer sacrificios en el templo, dice:
«Mandó ofrecer sacrificios por los muertos para que queden libres de sus pecados.» (Mac 12; 46)
Y tú cuando mandas a hacer una Misa o cuando vas el 2 de noviembre a Misa y rezas por los tuyos o cuando se cumple un año, estamos haciendo exactamente lo mismo.
Es bonito pensar en esto, pero imagina por un instante, para poner un ejemplo más aterrizado, la terminal de llegadas de un aeropuerto.
¿Has visto a una familia esperando a un ser querido que vuelve de un viaje larguísimo de muchos años?
Están ahí de pie pegados al cristal con carteles algunos o con globos y muchos con lágrimas en los ojos, esperando ansiosos ver aparecer la silueta tras las puertas automáticas.
Y cuando la puerta se abre y sale la persona en cuestión, pues no hay discursos protocolares, hay una carrera, cantidad de abrazos donde sobran las palabras, es el llanto de alivio de quien por fin está en casa.
ENJUGARÁ LAS LÁGRIMAS DE NUESTROS OJOS
Y yo me imagino que así debe ser el Cielo ¿no? Llegar por fin al hogar verdadero donde Dios mismo enjugará toda lágrima de nuestros ojos.
Donde nos reencontraremos con nuestros padres, abuelos, amigos, pero ya sin achaques, sin cansancio, sin malentendidos sin usar lentes, en plenitud total.
Por eso, san Josemaría nos sacudía el corazón cuando recordaba el horizonte de la eternidad, diciendo:
«Pensad qué hermoso será el Cielo cuando nos encontremos con los nuestros. Pero no nos durmamos. La vida es un día de labor que pasa volando. Vale la pena gastarse por entero aquí abajo para ganar la eternidad.”
Eso es, Señor, hoy te ponemos en las manos a nuestros difuntos, -pronuncia en el fondo de tu corazón los nombres de esas personas que tanto echas de menos-.
Señor, tócalas con Tu misericordia y ábreles de par en par las puertas de tu gloria, y a nosotros danos la gracia de vivir con la mirada puesta en la meta, no permitas que nos acostumbremos a la mediocridad.
Acudimos a nuestra madre Santa María, puerta del cielo, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos.
Que ella nos sostenga de la mano a lo largo de este camino, para que un día podamos reunirnos todos juntos en el gozo eterno de la casa del Padre.

