«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
¿Cuándo salió esto en el evangelio de la misa de estos días? Nada más y nada menos que el segundo día de Cuaresma.
Es chistoso Señor, porque desde el segundo día de Cuaresma ya sabemos el final de la película; es más, no sólo el final, ya sabemos el guión, ya sabemos que vas a padecer mucho, ya sabemos que vas a ser desechado, incluso, ¿por quiénes? por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas.
Ya sabemos que vas a ser ejecutado y ya sabemos que vas a resucitar, ya sabemos todo.
Hoy en el evangelio vuelve a aparecer esto, unos días después de comenzar la Cuaresma, ya estamos en la segunda semana. Esta vez es san Mateo. Y hay un poquito más de detalles en el Evangelio de san Mateo, porque dice:
«Va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de Él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
Aquí hay más detalles.
Yo me quiero servir de esto para este ratico de oración, porque sí, ya sabemos el final de la película, pero no entendemos lo que comporta el camino.
En el capítulo 20 de san Mateo, Jesús está subiendo a Jerusalén para morir; o sea, ya está yendo a la Cruz, ya está yendo para que lo tomen preso y lo ejecuten. Y ¿con quién vas, Jesús? Con tus apóstoles y con algunas santas mujeres.
¿Qué nos dice san Mateo? Que mientras Jesús les dice esto, se le acerca una mujer que es mamá de los hijos de Zebedeo. ¿Quién era Zebedeo? El papá de Santiago y Juan, también ellos estaban ahí, porque dice el evangelio:
«Se acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos para hacerle una petición».
¿Cuál es la petición? (además, se ve que te tenía mucha confianza):
«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, una a tu derecha y otro a tu izquierda»
(Mt 20, 17-21).
No me voy a detener todavía en la petición, ni en esta mujer muy buena y santa (y sus hijos también), sino que me quiero detener en que, sí, listo, Señor, la Cruz, ya lo sabemos, pero rápido, ¿qué más? ¿Qué me va a tocar? ¿Cómo voy yo ahí? ¿Cuál será la paga?
Mientras que Jesús habla de su Cruz, ellos (porque estaban ahí también, no solamente la mamá) están pensando en tronos. Mientras Tú anuncias entrega, ellos imaginan privilegios.
Y sí, yo justifico un poquito a la mamá de Juan y Santiago, que quiere asegurar el futuro de sus hijos. ¿Qué madre no quiere asegurar el futuro de sus hijos? ¡Todas! Es madre y tiene ambición de madre y, además, como buena mujer, intuye que algo grave se acerca y que el desenlace será rapidísimo.
Entonces no puede esperar a esa petición, no puede esperar a hacerle esa petición a Jesús que tiene en su corazón. Ella desde hace rato quería decirle a Jesús: “Jesús, que mis hijos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda y vio que esa era la oportunidad y se lo dijo directamente, con confianza y con sinceridad.
Además, Santiago y Juan le habían contado a ella cosas increíbles y ella sabía también que Juan y Santiago, Señor, eran tus discípulos predilectos. Era verdad. Ellos le habían contado lo que había sucedido en el monte Tabor. Ellos le habían contado cuando resucitaste a una niña a la que llamaste y le dijiste:
«Talitha qum: A ti te digo, niña, levántate»
(Mc 5, 41)
y la resucitaste. Ahí estaban Pedro, Santiago y Juan.
Claro, Señor, así es fácil sentirnos especiales por estar cerca de Ti en los momentos fáciles y en los momentos de gloria.
Pero ¿será que hoy entendemos que estar cerca de Ti también significa beber tu cáliz? Porque eso es lo que les dices a continuación:
«No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber?»
Y ellos dijeron que sí.
Y ¿qué pasó después? Después se enreda más la pita. ¿Por qué? Porque ahí estaban los otros diez apóstoles que sienten indignación, la psicología del grupo: “¿cómo es posible? ¿Cómo así que ustedes están pidiendo puestos de privilegio y nosotros qué? ¿Dónde quedamos nosotros diez?”
Jesús, Tú acabas de hablar de la Cruz y yo no sé en qué estaban pensando los apóstoles. No sé si no te entendieron, si no te escucharon.
¿Qué es lo central? Que Jesús camina decidido hacia la Cruz. Que sube a Jerusalén sabiendo lo que le espera y los apóstoles están pensando en otra cosa: en privilegios, en puestos, en honores, en que los tengan en cuenta…
Entonces vas a decirnos un par de frases que cambian todo criterio humano:
«El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor».
El que quiera ser el primero, que sea el último.
Luego hablas de Ti:
«El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida»
(Mt 20, 22-28).
Ahí está el corazón del misterio, por eso en este pasaje del evangelio que meditamos hoy, no nos podemos quedar solamente en la aparición de la madre de Juan y Santiago o en la indignación de los apóstoles. No, un momentico, vamos al corazón del misterio: Jesús camina hacia la Cruz.
Señor, dame la gracia de entender la Cruz y entender la Cruz no es comprenderla intelectualmente. Entender la Cruz es vivir la Cruz y entender también el camino que supone la Cruz.
En estos días de Cuaresma vamos a encontrar muchas oportunidades. En este tiempo podemos ofrecer al Señor pequeñas cruces: una contrariedad que no esperaba, una corrección que me duele, que me molesta; una tarea escondida que nadie ve y que me gustaría que vieran, pero nadie se dio cuenta, una renuncia silenciosa que Tú me pides…
Ahí es realmente donde se juega la grandeza, no en estar a tu derecha o a tu izquierda, sino en servir; no en que me sirvan, sino en servir. ¡Ahí está la grandeza!
Yo pienso ahorita en la cantidad de personas que se pasan la vida sirviendo a otras personas. Todas las personas, por ejemplo, que trabajan en servicios de mantenimiento, en cocinas…
Ahorita que trabajo en una universidad, son miles de estudiantes y el tema de comedores, de mantenimiento y de limpieza… eso es una empresa, eso es mucha gente, esa gente se la pasa sirviendo.
Señor, ¿cómo poner en práctica ya en esta Cuaresma las cosas que me acercan a Ti y que me preparan para acompañarte en ese camino a la Cruz?
TRES LÍNEAS CONCRETAS
Yo te propongo tres líneas muy concretas para esta oración y para que continúes con tu oración, hoy, en el resto de este día.
1. El primer punto es, con mucha humildad y sinceridad, revisar cuáles son mis ambiciones. Señor, ¿de qué tengo ambición?
Incluso, podemos llegar a reconocer que tengo ambición de reconocimiento espiritual de parte de Ti. ¿Eso será bueno? No sé, ya tú háblalo con el Señor. ¿Me molesta, por ejemplo, pasar desapercibido?
Ambiciones, revisar las ambiciones.
2. Segundo punto: aceptar el cáliz pequeño de cada día, no grande, porque Tú, Señor, nos vas a pedir cosas muy chiquititas cada día.
No el heroísmo imaginado, la paciencia concreta, las cosas concretas, pequeñas.
3. Tercer punto: Servir. Primero servir; el servicio. Adelantarme, no esperar a que me pidan servir, sino adelantarme a servir. Elegir voluntariamente servir; lo menos brillante.
Vamos a terminar este ratico de oración dándole gracias al Señor.
Para aprender este camino no estamos solos. Hay alguien que sí entendió el misterio sin pedir tronos, sin reclamar seguridades y sin huir del cáliz. ¿Quién fue? María santísima.
Nuestra Madre, tu Madre, Jesús, no discutió el guion, no pidió explicaciones en el Calvario, no buscó puestos. Lo que la Virgen hizo fue permanecer a tu lado, siempre contigo.
En el camino de Jerusalén, ahí estaba. Al pie de la Cruz, ahí estaba; estaba bebiendo el cáliz, al pie de la Cruz.
Madre mía, Madre nuestra, enséñanos a no cambiar de tema cuando tu Hijo nos hable de la Cruz. Enséñanos a servir sin hacer cuentas. Enséñanos a permanecer.
Que esta Cuaresma caminemos hacia Jerusalén contigo, para aprender que la verdadera grandeza no está en los tronos, sino en el amor que se entrega hasta el extremo.

