Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.
La fiesta de San Agustín y el llamado a la verdad
Hoy el Evangelio nos presenta la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias: una enseñanza que tienes, Señor, para mostrarnos un aspecto más del Reino de los Cielos, para iluminarnos y marcarnos el camino.
Coincide hoy la fiesta de San Agustín, un santo tan grande que influyó enormemente como Padre de la Iglesia en la doctrina, en la interpretación y en la profundización de los misterios de nuestra fe. Pero también influyó en toda la cultura a través de su célebre obra, Las Confesiones, donde narra su vida y su itinerario como un apasionado buscador de la verdad y del amor.
Lo veía hace poco representado en una estatua con ese corazón ardiente en la mano; un corazón inquieto hasta que descanse en Dios, que no se cansó de buscar la verdad que saciara su alma y que no dejó de luchar, pues no le fue fácil seguirte, Señor, una vez que la encontró.
Por eso pensaba que, siendo este el Evangelio y celebrando a un santo tan grande, podemos encomendarnos a San Agustín en su día. Le pedimos especialmente que nos ayude a buscar la verdad y, de modo concreto en esta oración, a encontrarte a Ti y profundizar en tu verdad.
Estuve leyendo un comentario de San Agustín a este Evangelio donde, como solía hacer, va interpretando cada elemento de la parábola para que nos lo podamos aplicar; para que no sea algo que solo escuchamos como un cuento, sino una enseñanza que nos instruya, nos afecte y dirija nuestros pasos.
En primer lugar, esas vírgenes invitadas a la boda representan a todos. Todas las personas están invitadas por el Señor a la fiesta; nadie está excluido del premio eterno ni de esa unión final contigo, Jesús. No solo pensamos en nosotros: cada ser humano tendrá esa oportunidad de entrar.
Las lámparas, el aceite y el amor en lo cotidiano
San Agustín explica que la lámpara es la fe y las buenas obras: la fe que dirige nuestros pasos, que nos enseña qué es lo importante, hacia dónde ir y quiénes somos, traduciéndose en obras coherentes.
Sin embargo, no basta con la lámpara; se necesita el aceite para que pueda brillar e iluminar. Ese aceite es la caridad que no se ve a simple vista, porque está en el corazón. Las obras se pueden ver desde fuera, pero lo que las anima —el porqué las hago— solo lo sabe cada persona en su interior.
Ahí es donde podemos reflexionar en nuestra oración: queremos, Señor, estar con las lámparas encendidas y llenas de aceite. Por eso me pregunto: ¿hay caridad en mi obrar?, ¿por qué hago las cosas?
San Josemaría escribía: «Hacedlo todo por amor». Él mismo procuraba aplicárselo en todo momento. Es una frase ambiciosa, pero refleja muy bien el espíritu que Dios le confió: santificar la vida ordinaria sabiendo que todo se puede hacer por amor.
A veces hay cosas que requieren más preparación, que tienen mucha importancia o que nos cuestan. Uno puede decir: «Tengo que ir a misa hoy y tenía otros planes, pero lo voy a hacer porque primero está Dios»; y eso es buenísimo. Pero ¡qué bueno es si también pensamos en hacer por amor las cosas chiquitas del trabajo o dejar ordenado el cuarto!
Entre tantas intenciones que nos pueden asaltar (como «me toca hacerlo», «me lo van a recriminar si no lo hago» o «¿cómo voy a quedar?»), el deseo de hacerlo todo por amor es el verdadero aceite. Eso es lo que queda, lo que ilumina y lo que nos conecta de manera muy especial con Dios, sobre todo cuando ese amor está animado por la caridad divina y por el Espíritu Santo. Eso es lo que nadie nos puede quitar: el aceite.
Señor, que en este rato de oración y en todo lo que piense hoy contigo para llenar mi día, me ayudes a actuar por amor. Que rectifique entre tantas otras intenciones para que por encima de todo esté el amor a Ti y a los demás.
La espera, la vigilancia y el examen de conciencia
Dice también San Agustín que estas mujeres tienen que esperar al esposo. Esa espera representa nuestra vida: el tiempo que tenemos en la tierra para ir acumulando el aceite. No se puede dejar para el último momento, como quisieron las necias, sino ir guardando día a día el aceite de la caridad.
Y llega la medianoche. A medianoche se abre la puerta y pasarán las vírgenes prudentes. La medianoche, explica San Agustín, es o bien la llegada del fin del mundo o, más probablemente, el fin de nuestra vida, para el cual debemos estar preparados.
¡Qué buena costumbre la de terminar cada jornada haciendo un breve examen de conciencia! Es como un mini adelanto de esa medianoche, de cuando venga el Señor. Preguntarnos: ¿Cómo anduve hoy? En concreto, ¿cómo está mi lámpara?, ¿hubo caridad hoy?, ¿por qué hice las cosas? Habrá aspectos que agradecer, otros por los que pedir perdón y compromisos para mejorar al día siguiente. Así no nos agarrará de sorpresa. Tantas de tus parábolas, Señor, nos invitan a estar atentos, a no dormirme, a no distraernos y a no dejar de lado lo importante.
Reflejar el rostro de Cristo y oración final
Cuando llega el Señor, a las necias les dice: «No las conozco». No las reconoce y no pueden entrar al banquete. San Agustín interpreta ese «No las conozco» como que el Señor no descubre su propia imagen en aquellas mujeres.
Visto desde el lado positivo, ¡qué esperanzador y entusiasta es saber que el Señor puede reconocernos al ver su propio rostro en cada uno de nosotros! Con esa caridad, esa fe y esas buenas obras, cada uno puede ir asemejándose a Cristo. Que Él nos diga, al contrario: «Te conozco»; que al mirarnos se le iluminen los ojos de alegría porque vea en nosotros a otro Cristo. Y justamente porque contamos con su gracia, lo podremos lograr.
Ayúdanos, Señor. Te pedimos, por intercesión de San Agustín, que hoy podamos poner muchas gotas en nuestra vasija mediante actos de amor que nos hagan más semejantes a Ti. Se lo pedimos también a nuestra Madre, que es quien mejor reflejó tu rostro y quien tuvo la luz más brillante de toda la humanidad.
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía inmaculada, San José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.

