Hoy es Sábado Santo, el día del gran silencio. Es un día especial en la Iglesia, un día en que se nos invita a meditar en nuestro corazón lo que hemos vivido en los días anteriores. Es el día en que la Iglesia nos invita a volver sobre esas palabras de Jesús en la Cruz:
“Todo está cumplido”
(Jn 19,30).
Jesús nos ha amado hasta el extremo de morir por nosotros en la Cruz y necesitamos tiempo de silencio para darnos cuenta de lo que significa el misterio de Dios que nos ama hasta el extremo de dar su vida.
En este Sábado Santo nos puede servir, considerar, reflexionar en cómo fue el primer sábado de la historia, el sábado del Génesis. ¿Recuerdas que la creación del mundo empezó en un domingo? El viernes, el día sexto, el Señor creó a los animales en la mañana y al hombre y a la mujer por la tarde.
Dice el libro así:
“Quedaron concluidos el cielo y la tierra y todo su ornato. Terminó Dios en el día séptimo la obra que había hecho y descansó en el día séptimo de toda la obra que había hecho. Bendijo Dios el día séptimo, lo santificó, porque ese día descansó Dios de toda la obra que había realizado en la creación.”
(cfr. Gn 2, 1-11).
Aquel sábado, después de todo el trabajo de la creación, Dios quiere descansar. ¿Eso qué significa? No es que la creación lo hubiera agotado, no. Quiere decir que Dios dedicó todo ese día a gozarse en lo que había hecho. A mirar la creación que había terminado y gozarse y disfrutar, porque aquello era muy bueno.
Así nos enseñaba a nosotros el sentido profundo del descanso. Así también nos enseña a vivir este sábado santo: tiempo para descansar de la creación que ahora nos damos cuenta de que conecta con la redención, que incluye la redención.
RECOGIMIENTO INTERIOR
Mirar lo que Jesús ha creado con su sacrificio ha hecho nuevas todas las cosas. Señor, gracias porque has sido muy bueno. Gracias, Señor, por quererme tanto, porque realmente lo que hemos vivido estos días ha sido muy bueno. Realmente nos damos cuenta de lo que significa que Él nos amó primero.
Hoy podemos vivir este Sábado Santo como un tiempo de recogimiento interior. En que tal vez procuraremos, no sé, quizás no escuchar música, tener los sentidos un poquito más recogidos, mientras el mundo sigue…
Y hay mucha gente que no se da cuenta de todo lo que ha pasado; nosotros por gracia de Dios, no porque somos mejores que nadie, sino porque Dios nos ha dado la gracia de haberlo descubierto. Por eso el silencio es una manera de agradecer.
Jesús, gracias, porque te has querido mostrarme. Gracias, porque has querido que me dé cuenta del enorme regalo que me has dado y que por eso me permites vivir una vida que le da sentido a todo. No una vida pegada al suelo, no una vida que vive solo para las cosas de este mundo. Sino, una vida vivida en tercera dimensión y a todo color, que me permites estar con los pies bien en la tierra y con la cabeza en el cielo para dar gracias a Dios.
Mientras estamos así en silencio, podríamos considerar, pensar, imaginarnos: ¿qué estarían haciendo las santas mujeres? Pues estarían preparando los ungüentos para ir, en cuanto despunte el alba del domingo, a terminar de embalsamar al Señor. Porque el viernes por la tarde apenas tuvieron tiempo de limpiar un poco el cuerpo de Jesús.
SANTAS MUJERES
“Me impactó ver a Jesús Sacramentado en medio de nuestra universidad” decía un profesor universitario después de ver en una exposición al Santísimo a los universitarios, a las universitarias especialmente, rezando frente a Jesús Sacramentado. Inscribió esto en una red social: “Me impactó ver a Jesús Sacramentado en medio de nuestra universidad. Especialmente me conmovió la profunda piedad de las mujeres. Tenemos mucho que aprender de la ternura con que acogen al Señor. Hoy se me hizo evidente que lo mejor de la feminidad brilla en la presencia de Dios.”
Pues sí, es muy impactante ver, dos mil años después, esa actitud de profundo amor a Jesús que tienen las mujeres modernas, como lo habrán tenido también aquellas santas mujeres que quieren ir a embalsamar el cuerpo del Señor.
Nosotros, podemos parecernos un poquito también a aquellas mujeres y llorar un poco, Jesús, porque en parte esa cruz y tu cuerpo muerto es culpa mía y quiero llorar.
Quiero llorar también por todas las veces que te he perdido por mi culpa. Pero no un llanto desesperado, no un llanto centrado en mí mismo autorreferencial. Sino un llanto centrado en ti. Señor, ¿cuánto has sufrido por mí? ¡Cómo me gustaría quitarte un poco de ese peso, me gustaría ser capaz de consolarte!
Cómo me gustaría, con esas santas mujeres, ir a hacer yo también ese último servicio de amor y decirte: “Jesús, aquí me tienes en este mundo donde hay mucha gente que todavía no te conoce y de los que te conocen, hay muchos que ya no te quieren. Aquí tienes mi corazón, que es poquita cosa, pero es lo que te puedo ofrecer.”
Así estarían las santas mujeres y podemos pensar también: ¿dónde estarían los apóstoles? ¿Qué estarían haciendo en este día de Sábado Santo? Pues el Evangelio no nos lo dice, sin embargo, nos da una pista un poquito más adelante.
PERSEVERAR EN LA ORACIÓN
Después de la Ascensión de Jesús al cielo, cuando vuelven a quedarse un poco huérfanos, cuenta San Lucas en el Libro de los Hechos, que regresaron a Jerusalén desde el Monte de los Olivos, que está cerca de Jerusalén —a la distancia de un camino permitido en sábado— y cuando llegaron, subieron al Cenáculo donde vivían. Cuando los apóstoles se sienten solos —como seguramente se sintieron solos aquel sábado Santo— este día sin Jesús vuelven al lugar donde habían pasado las últimas horas con Él. (cfr. Hch 1, 12)
Pero todavía nos da una pista más, san Lucas dice más tarde:
“Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la Madre de Jesús.
(Hch 1, 14).
Cuando los apóstoles se sienten solos rezan con María, la Madre de Jesús. Hoy, Sábado Santo, la Iglesia considera que aquellos primeros creyentes se reunieron en torno a María, porque, en este día en que Jesús había muerto, la que mantiene la esperanza de la Iglesia es María.
MARÍA, ESPERANZA NUESTRA
Por eso, cuando invocamos a María le decimos: esperanza nuestra. Así que no solamente estarían las santas mujeres preparando ungüentos para ir pronto a terminar de ungir al Señor. Sino, estarían también los apóstoles al lado de ella.
Por eso la Iglesia el sábado tradicionalmente lo ha dedicado a la Virgen. Porque el sábado en que Jesús estaba en el sepulcro, el sábado en que Jesús no podía ser quien uniera a los discípulos, el día que Jesús ya no está para consolar a las santas mujeres, la que hizo esa función fue María.
Por eso el Sábado Santo es un día para vivir junto a María. Ayer, Viernes Santo, contemplamos como el Señor nos la dio por Madre. Hoy podemos disfrutar ya de esa maternidad.
Madre mía, ayúdame a no perder la paz cuando no entiendo lo que pasa, cuando me suceden cosas que no me sé explicar que parece que Dios haya desaparecido.
Madre mía, ayúdame, cuando todo se tuerce, cuando todo parece que va mal. Ayúdame a no perder la esperanza cuando todo me lleva a sufrir, ayúdame tú, Madre mía, a no perder esa serena alegría.
Me imagino que el Sábado Santo, no es que María estuviera con alegría entusiasmada, pero sí que tendría una alegría serena; segurísima, segurísima de que pronto se encontraría de nuevo con Él.
Y que transmitiría a los apóstoles esa seguridad, que sólo las madres nos pueden dar. Ellos irían todos destrozados porque habían traicionado a Jesús y la Virgen les diría: Mi hijo lo sabía y en la cruz ya los perdonó a todos.
Pues vamos a pedirle a la Virgen que nos ayude a no perder nunca la paz, a no perder nunca la esperanza y la alegría.

