Estamos comenzando este nuevo año, 2026, y hoy, segundo domingo de Navidad, nos reunimos para hacer un ratito de oración contigo, Jesús.
El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros
Hemos oído en la Santa Misa el principio del Evangelio según san Juan, ese gran prólogo que es una confesión de fe, donde se nos cuentan verdades tan importantes como que Tú, Señor, te has hecho uno de nosotros. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, dice san Juan con palabras muy solemnes y profundamente consoladoras.
Acabamos de vivir la Navidad y tenemos muy frescas todavía las verdades que consideramos en esos días: que Tú, Señor, te has hecho carne, que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; que te has acercado tanto a cada uno de nosotros, no solo por estar verdaderamente cerca, sino por hacerte como nosotros, uno de nosotros.
Eres un ser humano, hombre perfecto, y por tanto eres igual que yo. Tienes lo que yo tengo y sientes lo que yo siento. Te alegra lo que a mí me alegra y te entristece lo que a mí me entristece. Somos iguales.
Un Dios que se deja conocer y tratar
Esa realidad nos permite conocerte, Señor, y nos permite tratarte. ¿Cómo sería la relación contigo? ¿Cómo sería la religión si no hubieras venido así, tan cerquita hacia nosotros? Quizá tendríamos que estar imaginándote, procurando entenderte desde lejos.
Pero nosotros, que somos personas, lo que queremos es ser acompañados, sentirnos acompañados, sabernos escuchados, sabernos y sentirnos queridos. Tú, Señor, nos has facilitado mucho la relación contigo porque te has hecho uno de nosotros y no te has quedado en un espíritu, un concepto o una idea, sino que eres una persona.
Qué fácil es quererte así, Señor, y como persona, tratarte. En realidad, cuánto podría mejorar la catequesis y las clases de religión si pusiéramos el acento en esta verdad: que Tú eres una persona. Por eso no se trata solo de ir a Misa o de rezar en las noches; se trata de ir a acompañarte en la Misa, porque te estás ofreciendo por mí, y de hablar contigo en las noches, porque te ilusiona que yo te hable, que te acompañe, que te cuente mi día. Eres una persona.
El niño que comprende y saca consecuencias
Quiero leer esta anécdota. En cierta ocasión, un padre de familia hablaba con sus amigos. La conversación, cada vez más animada y en voz alta, tocaba un tema delicado.
El papá dijo: “Yo no creo en el cielo ni en el infierno”. Su esposa, en voz baja, señalando a uno de sus hijos pequeños que estaba jugando cerca, le dijo: “No hables así delante del niño”. El esposo contestó: “Pero si no entiende lo que decimos”.
Entonces, dirigiéndose a su hijo, le preguntó: “Fulanito, ¿comprendes lo que dijo papá?”. Los ojos del niño brillaron triunfantes y respondió con orgullo: “Sí, papá”. El padre le preguntó: “¿Y qué he dicho?”. El niño contestó: “Que no hace falta ser bueno, que no es necesario portarse bien”.
Lo que el papá había dicho era que no creía en el cielo ni en el infierno, pero nos damos cuenta de que el niño había entendido perfectamente. Evidentemente, si no hay cielo ni infierno, no es necesario portarse bien, ni hay un concepto claro de qué es portarse bien o portarse mal. Entonces vendrá la ley de la selva.
No decía esto tanto por cómo los niños pueden captar mucho más de lo que los grandes pensamos, sino porque Tú, Señor, te has hecho un niñito.
La presencia amorosa que transforma la vida
A veces, el verte en nuestras casas en forma de ese bebito puede llevarnos a pensar que no comprendes, que no te das cuenta, que no captas lo que estoy haciendo, diciendo, pensando o viendo. Y, sin embargo, sí.
Qué bueno que lo sepa yo y que lo sepamos todos, para que tu presencia, Señor, influya en mi vida. Todos, cuando tenemos a alguien importante cerca, nos comportamos mejor; sale nuestra mejor versión.
Este es, creo, el gran aporte de tu Encarnación, Dios mío: que podemos caer en la cuenta de que estás presente y te das cuenta. A mí me ha servido, y supongo que a varios de ustedes también, la lectura de ese libro que el Papa recomendó al regresar de su primer viaje apostólico.
Cuando le preguntaron qué libro podían leer para comprender cómo es él y qué piensa, respondió que leyéramos un libro titulado La Presencia de Dios. Caer en la cuenta, Señor, de que Tú estás presente y de que, como ese niñito, te das cuenta.
Te das cuenta de lo que digo y de lo que pienso. Ese darte cuenta no me hace sentir invadido, sino que me ayuda a poner de mi parte para estar a la altura. Sabemos que tu venida al mundo no es para espiarnos, no es como un vigilante que mira con desinterés o aburrimiento, sino como un papá, una mamá o un niño que mira con amor e interés.
Ese niño de la anécdota no solo ve y oye: entiende y saca consecuencias prácticas para su vida. Esa enseñanza, que “no hace falta portarse bien”, es la antítesis de lo que un buen padre o una buena madre quiere transmitir.
Señor, Tú que te das cuenta de que estás conmigo siempre, ayúdame a sacar lo mejor de mí, para parecerme cada día un poquito más a Ti.




Deja una respuesta