magina la escena por un momento: Jesús acaba de hablar ante una multitud, sus palabras no han dejado indiferente a nadie, tienen fuerza, tienen autoridad, tienen una luz que desmonta a las personas.
Entre la gente hay un fariseo que se queda absolutamente impactado, la impresión que le provocan las enseñanzas del maestro es tan grande, que movido por una mezcla de admiración y curiosidad, decide dar un paso más.
Se le acerca y lo invita a comer a su casa, no era cualquier gesto, como no lo era entonces, no es cualquier gesto ahora. Invitar a alguien a tu casa es abrirle las puertas de tu intimidad, de tu familia.
Llegan a la casa, el ambiente promete ser acogedor, podríamos pensar, pero antes de sentarse ocurre algo inesperado.
Ya sea por la confianza del momento, por un simple despiste de nuestro Señor o más bien, por una provocación intencional de Jesús para extraer ahí una lección inolvidable.
El Señor se sienta a la mesa directamente sin lavarse las manos, para la mentalidad de la época no se trataba de una simple norma de higiene antes de comer, sino de un minucioso ritual de purificación legal.
CRÍTICA INTERIOR
Aquel fariseo se queda atónito, en un segundo, la admiración profunda que sentía por Jesús se quiebra por completo, la fascinación se transforma al instante en crítica interior, en un juicio frío, mordaz.
¿Cómo es posible que este maestro descuide algo tan básico? Seguro que esa sorpresa indignada no se quedó solo en su mente.
Probablemente más tarde en la reunión con sus colegas no faltaría ese comentario picante, esa murmuración: ¿Saben lo que hizo este en mi casa? ¡No se lavó las manos!
Jesús que conoce los pensamientos y el corazón humano, no deja pasar el momento, lo mira fijamente y pronuncia esa palabra firme, directa, que debió resonar muy fuerte en el corazón de ese hombre: ¡Insensato!
Alguna vez, me pregunto yo, o pregúntate tu: ¿te han dicho esa palabra: “Insensato”? Es una de esas palabras que cuando te la dicen de verdad, te quedas frío.
No es un insulto vulgar, es un diagnóstico sobre la orientación de tu vida. El diccionario de la Real Academia de la Lengua lo define como falto de sensatez, tonto, necio, que muestra o demuestra falta de buen juicio, falta de prudencia o madurez en sus actos.
DESCUIDA EL FRUTO
¡Insensato! Un insensato es alguien que pierde el sentido de lo que es verdaderamente importante, alguien que se entretiene en lo exterior, en la cáscara y descuida el fruto.
Que gasta toda su energía en la fachada mientras la estructura de la casa se le cae a pedazos.
Y eso es precisamente lo que Jesús le está reprochando al fariseo:
“Así que ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, pero por dentro están llenos de rapiña y de maldad.” (Lc 11, 39)
Jesús nos quiere limpios por fuera, por supuesto, pero nos quiere principalmente limpios por dentro.
A nosotros esto nos toca de lleno hoy, porque vivimos en una era en donde la imagen, la pantalla, el filtro, los filtros, muestran o buscan mostrar siempre nuestra mejor versión en las redes sociales.
Nos preocupa el envoltorio, pero muchas veces olvidamos lo que hay dentro, para entender esto, mejor me viene a la cabeza la historia de una compañera de universidad.
Ella era muy guapa y se ganó un carro, un coche último modelo en un sorteo, el coche era una maravilla, ella estaba feliz, por supuesto.
Durante más de un año, lo único que hizo fue ponerle gasolina para andar de arriba a abajo y llevarlo semana tras semana al lava autos.
LIMPIOS POR FUERA
El coche por fuera daba gusto verlo, definitivamente, brillaba como una estrella, olía a nuevo, estaba de paquete.
Sin embargo, esta amiga no tenía ni idea de mecánica y jamás le hizo una revisión, con el paso de los meses, el aceite del motor comenzó a ensuciarse cada vez más.
Se llenó de impureza, se volvió espeso, denso, casi como una pasta negra, y un día, mientras esta chica conducía tan tranquila en su carro nuevo, el motor dio un tirón seco y empezó a salir humo y el coche se detuvo para siempre.
El motor se había quemado, por fuera parecía el mejor coche, pero por dentro estaba arruinado.
A nosotros nos puede pasar exactamente lo mismo en nuestra vida de fe, Jesús no quiere que vayamos únicamente limpios por fuera.
Tampoco busca que la fe sea un simple espectáculo, donde lo único que brille sean las manifestaciones externas, el cumplir por cumplir, el guardar las apariencias ante la familia, colegio, amigos, para que nadie nos juzgue.
Jesús quiere que brille nuestro interior y no es la primera vez que Jesús muestra su indignación ante la hipocresía de los fariseos.
Lo hace de forma tan tajante, no es porque los odie, sino porque les quiere manifestar su amor redentor y no son capaces de darse cuenta.
VIDA SACRAMENTAL
¡Ojalá eso no nos pase a ti y a mí! Al Señor le duele ver como el ser humano se engaña a sí mismo conformándose muchas veces con lo superficial.
La verdadera belleza de una persona no está en su capacidad para aparentar que todo anda bien, sino en la autenticidad y en la pureza de su alma.
¿Cómo mantienes limpia la maquinaria de tu corazón? ¿Cómo evitas que el aceite de tu alma se vuelva denso y oscuro por el orgullo, la vanidad, la pureza desgastada o por el egoísmo?
La respuesta que nos da la Iglesia es clara: Esto lo podemos evitar creciendo en la vida sacramental, en la confesión.
La Confesión es ese sitio donde lavamos el alma, donde el Señor nos limpia, donde el Señor nos devuelve la vida y renueva nuestras fuerzas y nos deja verdaderamente limpios por dentro.
Por otra parte; en la Eucaristía, ese combustible de alta calidad que necesita nuestro corazón.
Recibir a Jesús con frecuencia en la comunión transforma nuestros sentimientos, nos da fortaleza para resistir las tentaciones cotidianas y nos permite amar como Él ama.
UNA BUENA IMAGEN
¡No seas insensato! No te conformes con dar una buena imagen en las fotos o en tu grupo de amigos, mientras llevas por dentro un motor sucio, quemado por el pecado o el rencor.
Dios no mira las apariencias, Dios mira el corazón. Acudamos a nuestra madre, la Virgen María.
Si hay alguien que entendió la perfección de lo que significa tener la casa interior impecable fue ella.
María no tuvo la necesidad de aparentar nada ante el mundo, su vida fue sencilla, humilde, pero su corazón estaba completamente limpio, libre de todo egoísmo y de pecado.
Fue precisamente gracias a esa pureza interior que María pudo convertirse en el primer sagrario de la historia y recibir a Jesús en su vientre.
Pues, pidámosle a ella, a la santísima Virgen, hoy, que nos escuche y que nos eche una mano.
Madre mía, ayúdanos a mantener limpia nuestra casa interior. Enséñanos a no buscar el aplauso fácil ni la aprobación del mundo, sino la mirada complacida de tu Hijo.
Que, con la pureza de nuestra vida interior, alimentada por los sacramentos, podamos también nosotros ser personas, hombres y mujeres valientes, auténticos y portadores de Jesucristo en medio del mundo.

