Seguramente te enteraste de que hace pocas semanas, una terrible noticia, un terrible suceso. La tragedia ocurrió el 13 de marzo, si no recuerdo mal. Y la localidad, una playa de Ecuador.
Un grupo de jóvenes monaguillos estaban haciendo un retiro breve de un día, si me parece. Y cuentan los testigos que dos de esos muchachos de este grupo entraron al mar. Pero las olas eran demasiado fuertes y la corriente terminó arrastrándolos mar adentro. Y al percatarse del peligro, dos sacerdotes que acompañaban a ese grupo de jóvenes, el padre Alfonso y el padre Pedro, acudieron inmediatamente para rescatar a estos muchachos y lo consiguieron gracias a Dios.
Pero esa misma corriente los arrastró después a ellos y se temía lo peor. Efectivamente, así fue. Fallecieron de modo heroico el padre Alfonso y el padre Pedro. Y por supuesto que esta tragedia, sumió en luto a la Iglesia en Ecuador y también en el mundo entero, porque la noticia corrió rápidamente. Y quienes hacemos este rato oración, aquí en Hablar con Jesús, nos unimos pidiendo por el eterno descanso de sus almas. Para que Dios les premie abundantemente tanta generosidad, ese amor tan extremo. Y también para que Dios le conceda paz y fortaleza a sus familiares, que deben estar pasando por un momento muy difícil.
GENEROSIDAD, AMOR Y AGRADECIMIENTO
Pero sorprendentemente, también en esta tragedia tan dolorosa, el amor al prójimo se ha mostrado con toda su fuerza. A mí este suceso me ha hecho pensar por varios motivos. El primero es que bueno, he intentado ponerme en el lugar de esos muchachos, de los jóvenes que se salvaron. Porque bueno, qué pensarán estos muchachos ahora que bueno, que ha pasado todo. El recuerdo de lo que sucedió seguramente sigue siendo muy fuerte, muy traumático, difícil de borrar.
Pero también me he imaginado que el agradecimiento enorme que deben de tener estos muchachos por estos dos sacerdotes por haber dado su vida por ellos, venciendo el temor muy humano ante el peligro y pensando sobre todo en cómo salvar a la otra vida, a mí también me ha hecho pensar. Un terrible accidente, sin duda, pero por otra parte nos muestra esa capacidad impresionante, asombrosa que tiene el amor.
Y a mí esta idea me ha ayudado a prepararme para esta Semana Santa, porque cuánto más ha de ser nuestro agradecimiento a Dios porque él hizo algo análogamente, muchos muy superior, ha entregado su vida para que nosotros la recuperemos. Y es en un día como el de hoy en el que recordamos esa Última Cena de Nuestro Señor Jesucristo, cuando recordamos que su sacrificio no fue un accidente y tampoco fue un error de cálculo. Tampoco fue que era un proyecto que fue truncado inesperadamente. El Señor sabía que había llegado a su hora y que para esto él había sido enviado.
TODO HUELE A AMOR
Las palabras del Maestro son claras,
“Esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes”.
El Señor sabía lo que se venía y su entrega es voluntaria “por ustedes”. También en otra ocasión dijo,
“Nadie me quita la vida, sino que yo la doy libremente”.
En la oración del huerto, que también recordamos el día de hoy, Jesús renueva esa dolorosa y difícil elección, pero dejando muy en claro que siempre es por amor,
“Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz, pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres tú”.
Estos son momentos en los que todo huele a amor. Todo apunta a ese día de mañana en el que Cristo llevará al culmen ese amor suyo por nosotros. Todo esto nos recuerda que no se trata de un accidente, sino de una entrega total. Jesús dice, el Apóstol san Juan,
“Sabiendo que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.
Y de nuevo, así como nos asombramos de la capacidad que tiene el amor de dar la vida por otra persona, estos son días para asombrarnos del significado de ese hasta el fin de Jesucristo. Jesús da su vida para salvarnos de la muerte eterna y para ello ama hasta el fin, hasta la última gota. Por eso este ejercicio de imaginación que te decía, bueno, de ponernos en el lugar de estos jóvenes, me parece que puede ayudar muchísimo a nuestra alma.
UN EJEMPLO CLARO
Si a ti y a mí nos hubieran salvado de un accidente mortal ¿Qué tan agradecidos estaríamos? ¿Cuánto nos duraría ese agradecimiento? ¿Cómo podemos pagar a Dios todo el bien que nos ha hecho? Evidentemente, la respuesta es, amando también nosotros a Dios, si es posible, hasta el fin. Estamos en una deuda eterna con él que debemos, podemos pagar en comodísimas cuotas en este mundo.
Amar hasta el fin no necesariamente significa tener que pasar por la prueba del martirio, aunque ahora mismo en algunas partes del mundo hay muchísimos cristianos que han tenido que demostrar su amor dando testimonio con su propia sangre. Pedimos también por ellos para que no decrezca su fe y su amor. Pero a ti y a mí, el Señor también nos pide una prueba de ese amor hasta el fin.
Por ejemplo, también hoy, en la Última Cena, Dios sorprendentemente, se coloca en el lugar del esclavo y lava los pies a sus discípulos. Y ahora, tú y yo tenemos un ejemplo claro de cómo vivir ese amor a Dios hasta el fin, ese amor que Dios espera de nosotros. No es un amor de grandes discursos, sino un amor que se vive de rodillas,de tocar lo que es humilde, de servir sin esperar nada a cambio. Bien, claro, lo había dicho el Señor,
“En esto conocerán todos que son mis discípulos, que los tenéis amor unos a otros”.
EN LO CONCRETO
Ese amor que nos lleva a fijarnos, un poco menos en los defectos de los demás. Y no significa que no vamos a exigir, pero sí nos fijamos un poco menos en los defectos y nos fijamos más en ese amor que Dios también tiene por los demás. Que nos mueve al servicio, aunque la razón nos diga que no es necesario hacer eso porque no sería justo.
Ese amor hasta el fin, ese amor en lo concreto, con personas concretas, no solamente de palabra, empezando por las personas que tenemos más cerca de nosotros. Jesús hoy nos da un ejemplo clarísimo de ese amor,
“Si yo que soy el Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”.
Es ese amor que le lleva a instituir también un día como hoy ese en milagro de amor, que es la Eucaristía.
En el que tú, Señor, nos esperas pacientemente a que acudamos a ti para darte gracias por tantas cosas recibidas, incluso la peor semana de todas, esa que uno anularía fácilmente, tiene cosas de las que le tenemos que dar gracias a Dios. Te pedimos perdón, Señor, por aquellas veces que no hemos sabido traducir ese agradecimiento nuestro en actos concretos de amor eucarístico. Por las veces que te hemos dejado esperando, por no poner todo de nuestra parte para ir no sólo los domingos que debería ser el mínimo, sino también diariamente a ese encuentro contigo en la Santa Misa.
NO SOLAMENTE HOY
Te pedimos perdón porque podíamos haber vivido mejor ese agradecimiento nuestro, por ejemplo, en el modo de prepararnos con recogimiento para ese encuentro contigo o por las veces que hemos luchado poco contra el cansancio, contra las distracciones o contra el acostumbramiento en cada Misa.
Ayúdanos, Señor, a traducir ese agradecimiento que queremos tenerte en visitas más frecuentes al Sagrario, a esa cárcel de amor donde tú nos esperas pacientemente desde tantos siglos. Hoy, como es una costumbre dentro de la Iglesia, vamos a visitar los siete templos. Que es ese modo de decirte, Señor, no solamente hoy Jueves santo sino todos los días de nuestra vida queremos acudir a acompañarte, a no dejarte solo porque así de agradecidos estamos.
Gracias Señor, por esos hermanos nuestros, sacerdotes, que se desgastan en tu servicio dando su vida por los demás. Hoy es el día para felicitar a todos los sacerdotes. Algunos, como el padre Alfonso y el padre Pedro, han demostrado ese amor de un modo sublime. Pero pedimos también, para terminar ya este rato de oración, por la fidelidad de todos los sacerdotes del mundo para que sean instrumentos, para que seamos, me incluyo también, instrumentos fieles de ese amor tuyo por todas las almas. Gracias, Señor, por amarnos hasta el fin.

