¿QUÉ VAMOS A COMER?
Hace unos días hicimos una caminata con varias familias, un grupo grande, había algo así como diecisiete niños menores de diez años, tres adolescentes y también varios papás y mamás.
Y se preparó un flyer para la invitación que decía: dificultad siete sobre diez. Era verdad, porque en la caminata hubo pantano, subidas empinadas, nos llovió, hizo frío, caminamos a más de 3.000 metros de altura, subimos más de 350 metros de desnivel, bueno, en fin, fue exigente.
El ambiente era espectacular, los niños iban felices. Había dos bebés que llevaban sus papás sobre unos cargadores, unos canguros, yo no sé cómo se llaman, iban felices y en plena lluvia, me acuerdo que un papá dijo, tratando de levantar el ánimo, “bueno no se preocupen que allá arriba podemos escoger entre “Crepes and Waffles”, hamburguesas de “El Corral”, o “Frisbee”.
Claro, todos nos reímos porque allá arriba no había ningún restaurante, solo una laguna a la que llaman “La laguna encantada”.
Hubo algo que me llamó la atención porque llevamos muy poquito rato caminando y los niños ya comenzaban a preguntar, ¿qué vamos a comer? ¡Tengo hambre! Y es curioso, porque los niños disfrutan el camino pero nunca olvidan que después dije, “¡hay que comer!”.
Pues Señor, mientras hacía oración con el evangelio de hoy me acordé de esa caminata y de esos niños. Porque también hoy Jesús al mirar a la multitud debió pensar lo mismo, “esta gente tiene hambre, ¡tendrán hambre seguro!”.
LA GENTE SIGUE A JESÚS
El Evangelio comienza con una nota muy humana,
«Jesús acaba de enterarse de la muerte de san Juan bautista y quiere buscar un lugar apartado, necesita silencio, necesita estar con su Padre y por eso sube a una barca y se dirige a un lugar desierto. Pero la gente lo descubre» (Cf.).
Señor, la gente te sigue, se van caminando por la orilla y cuando Jesús desembarcó, encuentra allí una multitud de personas. Y, ¿qué hace Jesús?
El evangelio dice:
«Se compadeció de ellos y curó a los enfermos».
Qué corazón el Tuyo Jesús, que buscabas descansar y terminas olvidándote de ti mismo una vez más para pensar en los demás, ¡así eres siempre!
Y, ¿qué pasa? Que comienzan a pasar los minutos y las horas, pasa el día, llega la tarde y los discípulos se empiezan a inquietar con esta multitud que tiene hambre.
Entonces se acercan y le dicen:
«Señor pero es que ya es muy tarde y estamos en despoblado, porque no despides a la gente para que vayan a comprar comida».
Es una propuesta muy razonable, muy lógica, muy parecida a la que cualquiera de nosotros habría hecho.
Cualquiera de nosotros habría hecho eso, Señor, ¿pues qué vamos a hacer con esta gente con hambre? (…) Y el Señor cómo responde,
«Dadles vosotros de comer».
Ups, ¿¡qué qué?! Y empiezan a hacer cuentas y no les dan las cuentas.
«Señor, sólo tenemos cinco panes y dos peces».
Y le responderían: “Creemos que no alcanza Señor…”.
CONFIANZA Y GENEROSIDAD
Y me voy otra vez a la laguna encantada. Cuando llegamos arriba a la laguna, uno de los papás abrió su morral y de repente cambió la cara. “¡Ay se me quedó el almuerzo abajo!” En algún momento partimos el grupo en dos, porque pues los niños muy chiquitos no podían subir, algunas mamás se quedaron con ellos.
Entonces de repente dice, “pues el almuerzo se quedó abajo con el primer grupo” y estaba con sus dos hijos. Y yo pensé inmediatamente: “¿y ahora qué vamos a hacer?
Pues nadie, nadie protestó por lo menos externamente, nadie hizo mala cara. ¿Y qué pasó? Pues comenzaron a aparecer loncheras que se abrían, un sándwich partido en dos, una fruta compartida, un paquete de galletas que alcanzó para varios… ¡Algo muy bonito! Yo creo que ese papá y esos dos hijos terminaron comiendo más que muchos de nosotros, de los que llevamos ahí el fiambre completo.
¿Qué pasa? Cuando varias personas comparten, siempre termina habiendo más de lo que parecía.
Jesús, qué distinto sería nuestro mundo si viviéramos así, porque compartir no consiste únicamente en entregar una cosita. ¡No! Consiste en dejar de vivir pensando que todo depende de mí, o pensando solamente en mí. Sino más bien, confiar en que lo poco que pongo al Señor en tus manos puede convertirse en mucho, en más. Así funciona la generosidad.
DAR LO POCO QUE TENGO
Señor y hay veces, haciendo este ratito de oración, pensándolo, hay veces me aferro a mi tiempo, a mis planes, a mis cosas, a mis capacidades, como si al compartirlas fuera a quedarme con menos. No digo con nada, pero sí con menos, no. Pues hoy, Tú me quieres decir: ¡Dámelas, tráemelas, comparte!, y no me pides que primero tenga mucho para pedirme. ¡No!
No me pides que espere a sentirme preparado, sólo me pides que te entregue lo poco que tengo.
¿Y qué características debe tener el hecho de compartir, la generosidad?
Bueno quizá varias, pero se me ocurre una importante. Se me ocurre recordar también una historia muy sencilla que siempre me ha gustado mucho porque uno no sabe cómo o para dónde va la historia, y cómo va a terminar.
Una mamá le preguntó a su hija pequeña si le regalaba una de las dos manzanas que llevaba en las manos. Imagínate una niña ahí con sus dos manzanitas. Entonces la niña sin responder, ¿qué hizo? Mordió una y después mordió la otra.
Pues la mamá sintió una pequeña decepción, pensó no quiere compartir, se las quiere comer las dos. Pero enseguida la niña le tendió una de las manzanas y le dijo: “mamá mira esta es la manzana más dulce…”
Y Jesús sí, a veces juzgamos un poquito rápido. Cuántas veces también nos cuesta dar precisamente eso, lo mejor, no lo que nos sobra, no lo que ya no necesitamos, ¡lo mejor!
PONERME EN TUS MANOS
Jesús, Tú nunca diste las sobras, nos diste tu tiempo, tu palabra, tu perdón, tu amistad, tu mirada, … ¿y al final que nos diste? Pues tu propia vida, y además te quedaste en la Eucaristía. Mejor dicho, el Señor se entregó por completo.
Por eso cuando nos dices hoy:
«Dadles vosotros de comer»,
pues no estás solamente hablando de pan, estás hablándome de tu manera de vivir, de tu capacidad para salir de ti mismo.
Ayúdame Señor, enséñame también a hacer igual, a no dar lo que nos sobra, descubrir quién necesita una palabra de ánimo, una visita, una llamada, un rato de escucha, un gesto de cariño…
Porque muchas veces el hambre más grande no está en el estómago, está en el corazón… Además con una sonrisa, de buena gana.
Enséñame Señor a compartir con alegría, no porque me toque, no porque quede bien, sino porque poner en tus manos esos dos panes o esos cinco panes, esos dos peces, es verdad que es muy poquita cosa, pero Contigo eso se convierte en alimento para muchos.
Santa María, Madre Nuestra, tú que siempre estuviste atenta a las necesidades de los demás, como en Caná, enséñanos a vivir con un corazón generoso, con un corazón capaz de descubrir las necesidades ajenas y de compartir con alegría lo que Dios ha puesto en nuestras manos.
Por cierto, no conté lo que pasó con la multitud, creo que ya lo sabemos, pero ahí va:
«Mandó a la gente a que se acostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al Cielo, pronunció la bendición. Partió los panes y se los dio a los discípulos. Los discípulos se los dieron la gente. Comieron todos y se saciaron. Y recogieron doce cestos llenos de sobras, comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños».
Amén,

