UN OBJETIVO, UNA META
Bueno, ahora que estamos tan entusiasmados con el Mundial y que todo es fútbol, yo quisiera comenzar recordando esos años maravillosos de nuestra infancia en los que jugábamos fútbol con los amigos.
Bastaba una calle, un jardín, un campito de tierra con líneas de fuera marcadas con la imaginación, y eso sí, dos porterías hechas de lo que fuera, de mochilas, de piedras o incluso con tus zapatos de la escuela que te los tenías que quitar para no romperlos y que de paso te servían para hacer una buena portería.
Sean de lo que fueran, porterías de zapatos o porterías de metal como las de un estadio profesional de estos del Mundial, todos los partidos, ya sea en llaneros o en un estadio lleno de gente, giran en torno a ese lugar, la portería.
Todos los pases, todos los sprints y los tiros tienen un objetivo, llegar con el balón a la portería del equipo contrario y meter un gol.
Y si nos detenemos un poco, Señor, nos damos cuenta de que esa imagen de la portería puede ser también una imagen de la vida.
Porque nuestra vida tiene una meta, que es ir al Cielo, esa es la esperanza fundamental. No vivimos en esta vida para andar dando vueltas como si fueran un campo sin sentido. No estamos en el mundo solamente para pasar el tiempo.
Todo en nuestra vida apunta hacia una meta. Hay una portería hacia la que nos dirigimos, hacia la que corremos y allí queremos encaminar nuestros pasos. Y sin embargo, Señor, ¿con qué facilidad se nos puede olvidar esto? ¿Qué fácil es jugar el partido de la vida sin tener claro el objetivo? Como cuando uno corre y corre, tipo Forrest Gump, pero sin levantar la cabeza.
LA PUERTA ESTRECHA
La palabra misma, portería, nos conduce a su origen. La portería es una puerta que hay que atravesar con el balón, una apertura que en el caso del fútbol da acceso a una de las emociones más grandes que puede experimentar el hombre en su vida, que es meter un gol.
En inglés, portería se dice justo así, goal, el objetivo, el sentido de todo el juego. Es ese cruzar la portería con el balón. Y hacemos una pausa de aquel recuerdo de la infancia y nos vamos todavía más atrás.
Nos vamos a Galilea, donde Jesús ha comenzado su vida pública y lo hace predicando una serie de enseñanzas en el monte de las Bienaventuranzas. Entre ellas, esta del Evangelio de hoy, que nos dice Jesús:
«Entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplio el camino que conduce a la perdición. Y son muchos los que entran por él, pero qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que conduce a la vida y qué pocos son los que la encuentran».
Esa puerta estrecha de la que nos habla Jesús es precisamente como la portería en el fútbol. Porque si lo piensas bien, no se trata sólo de patear fuerte, no se trata de tirar por tirar. Para meter un gol hace falta algo más, levantar la cabeza, apuntar bien, elegir el momento y muchas veces insistir aunque ya fallaste varias veces.
En nuestra cultura actual, se nos vende la idea de que somos como un jugador en un campo sin porterías, donde cada quien puede inventar su propio juego. Nos dicen que tú eres suficiente, tú creas tu propia estructura de juego, tus propias reglas, haz lo que sientas. Y suena bien, pero no termina de funcionar.
HACIA DÓNDE NOS DIRIGIMOS
No sé si jugaste alguna vez a lo largo y de repente alguien con muy mala puntería metía un gol en esas dos porterías que estaban a lo ancho y todo el mundo de broma lo celebraba. Pero pues de broma, ¿verdad? Porque no, no contaba esa, evidentemente que no contaba ese gol, porque esas porterías en ese momento no sirven. Tú estás jugando a lo largo, no a lo ancho.
Pues así nos pasa un poco en la vida, ¿no? Si nos creemos ese cuento de que tú creas tu propia estructura de juego, tú inventas tus propias reglas, pues nos vamos a quedar sin rumbo, sin dirección, sin meta clara.
Cuando la realidad es una, el sentido de la vida no se inventa, se recibe. Al igual que un delantero no inventa la portería, no la pone donde él quiere, sino que la descubre y allá orienta todo su juego.
Nosotros también estamos llamados a descubrir hacia dónde va nuestra vida. Nuestra vocación no es un capricho, es una respuesta a una llamada previa. No somos un accidente al azar, sino el fruto de un logros, de una palabra que nos ha pensado y que nos ha amado desde siempre, que nos ha elegido y luego nos ha creado desde toda la eternidad.
Pues estaba averiguando que para que el fútbol sea fútbol, ese que inventaron los ingleses, y que no sea otro deporte o un caos sin sentido, existen exactamente diecisiete reglas universales y todos las aceptan. Nadie discute si hoy se vale usar la mano o no, si alguien decide cambiar las reglas a su antojo, pues el juego se rompe o el árbitro le marca que no es así.
LAS REGLAS DE NUESTRA VIDA
Bueno, pues lo mismo pasa en la vida. Hoy muchos confunden la libertad con hacer lo que me da la gana en cada momento, como si ser libre fuera no responder ante nadie, pero eso no es libertad, eso es quedarse atrás, quedarse solo.
La verdadera libertad es como la de un gran jugador, alguien que dentro de las reglas sabe jugar bien, sabe decidir, sabe entregarse al partido, sabe meter gol, o pasarla para que metan gol sus compañeros.
Las reglas de nuestra vida no están para quitarnos la alegría, sino para hacer posible el amor verdadero, porque la regla más importante es esta. No estamos hechos para vivir encerrados en nosotros mismos, estamos hechos para el otro. Quizá por eso nos gusta tanto a todos y a todas el fútbol, porque es un juego en equipo. Somos once, festejamos los once y todo el estadio, aunque solo sea uno el que metió el gol.
Y cuando intentas jugar tú solo, cuando todo gira en torno al propio yo, pues pasa lo que ya sabemos: una vida que parece llena de cosas, de pantallas, de contactos, pero que por dentro se siente vacía, es una vida como un partido sin gol.
Entrar por la puerta estrecha significa algo muy concreto, atreverse a levantar la cabeza, dejar de mirar solo el balón y también el celular, para mirar al otro, para descubrir que mi vida no es solo mi proyecto, sino una misión en equipo, una misión de servicio, y especialmente hacia los que más lo necesitan, porque ahí es donde el corazón se ensancha, donde uno vuelve a sentir que su vida tiene sentido.
SER UN DON PARA LOS DEMÁS
Y al final, el gol más grande de nuestra vida no es destacar solos, ni acumular logros, ni que nos aplaudan. El verdadero gol es hacer de nuestra vida un regalo, un don para los demás.
Vamos a terminar nuestra meditación acudiendo como siempre a la Virgen Santa María. Tú que escuchaste la palabra y entraste con alegría por la puerta estrecha de la voluntad de Dios, enséñanos a no tener miedo a las exigencias del amor.
Ayúdanos a descubrir que nuestra vida es una vocación hermosa y que solo en la entrega a los demás encontraremos el verdadero sentido. Que bajo tu mirada aprendamos a jugar el partido de nuestra vida con el corazón encendido, buscando siempre la meta que Dios ha soñado para nosotros.

