RECONOCER VERDADERAMENTE A ALGUIEN
Hay una novela de Mark Twain que probablemente conoces llamada El príncipe y el mendigo. Cuenta la historia de dos personas tan parecidas que prácticamente eran idénticos, aunque habían nacido en mundos totalmente distintos. Uno de ellos es Eduardo, príncipe heredero del trono de Inglaterra, y el otro es Tom, un mendigo de Londres.
Se encuentran en un momento y como son tan parecidos, deciden hacer un experimento: intercambiar los roles que cada uno tienen en la vida. Eduardo le deja sus ropas a Tom y se convierte Tom en el príncipe; y el mendigo le deja sus ropas a Eduardo, que pasa a ser un mendigo.
El libro cuenta lo que sucede a partir de ese momento, cómo los confunden, cómo cada uno empieza a vivir la vida del otro, hasta que, pasado bastantes vicisitudes, los reconocen –pero cuesta bastante que los reconozcan. Y sin contar más detalles de la historia, quería fijarme en eso que es tan difícil: reconocer la verdadera identidad de una persona.
ENCUENTRO O REGALO
Ayer, en el Evangelio de la misa, se nos proponía el pasaje en el que José y María van al templo de Jerusalén a presentar al niño y allí se encuentran con Simeón, un hombre que había estado esperando toda su vida para ver al Salvador. Dios le regala ese don, esa gracia.
Hoy nos trae a la liturgia otro personaje que estaba allí presente en el templo de Jerusalén y que también reconoce al Mesías al ver a ese niño recién nacido.
Se trata de la profetisa Ana, una mujer viuda desde muy joven, ya entrada en años. Y pensaba al verla historia del príncipe y el mendigo y ver esta historia, qué bonito reconocer al Señor cuando se presenta delante de nosotros. Lo estamos reconociendo en estos días en forma de niño.
Y, sin embargo, también miramos nuestra propia vida y nos damos cuenta de que, a veces, resulta difícil reconocerlo. Pasa a nuestro lado y no lo vemos.
LAS COSAS MUNDANAS QUE NOS IMPIDEN VER A DIOS
¿Por qué no reconocemos al Señor? Tal vez una pista nos la da san Juan el evangelista, en la primera de lectura de la misa de hoy, en una de sus cartas. Dice que a veces no reconocemos a Dios que pasa a nuestro lado porque estamos demasiado metidos en las cosas de este mundo.
Este mundo es verdaderamente maravilloso. Nos ha sido dado por el Señor para gozar de Él. Amamos al mundo. Pero es importante que el mundo sea para nosotros transparente, como un cristal que nos permite ver a Dios. No puede ser un mundo que nos tapa, que nos impide ver al Señor.
El otro día estaba viendo un paisaje desde una ventana, y quería mirar alguna cosa, una construcción, pero había un árbol, un bosque, es más, que lo impedía. Y sí, a veces uno dice: Qué bonito el árbol, qué bonito el bosque, pero no me deja ver lo que quiero ver. ¿Qué es lo que dice san Juan?
“No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. […] Porque lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia del dinero, eso no procede del Padre”. (Juan 2, 15-16)
AMAR AL MUNDO
Estamos concluyendo el año 2025 y seguramente todos estos días nos han servido para hacer un balance. Y hoy podríamos preguntarnos, mirando hacia atrás ¿qué me impide ver a Dios? ¿Qué hay en mi vida? ¿Qué ha habido durante este año en mi vida que haya podido ser un obstáculo en lugar de ser una ayuda para ver a Dios? Como propone san Josemaría: Hemos de amar al mundo, pero sin ser mundanos.
Tantas veces hay algo de mundanidad en mí, que probablemente se refiere a esos enemigos de los que habla san Juan: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, el amor al dinero.
No solo miramos hacia atrás, sino que miramos también hacia adelante, a punto de comenzar un nuevo año, y pensamos: bueno, lo que vale la pena en la vida es verdaderamente ver hacia adelante. Mirar hacia atrás solo sirve para hacer balance, para aprender, para dar gracias, para reconocer las lecciones.
Pero lo que es más humano es mirar siempre hacia adelante, sin detener en lo que haya podido ser malo en nuestra vida, en el pasado. Los seres humanos estamos hechos para mirar siempre hacia adelante.
ENCONTRAR A DIOS EN LO COTIDIANO
El domingo pasado concluyó el Año Jubilar de la Esperanza en todos los lugares del mundo en las diócesis, y el próximo 6 de enero concluirá solemnemente el año jubilar en Roma. Pero como decía el papa León en estos días:
Concluye el Año de la Esperanza, pero nos queda la esperanza. Y así hemos de plantear el Nuevo Año: me queda la esperanza. Eso sí, la esperanza que está dada no solo por el don de Dios, sino por mi esfuerzo.
Volviendo a la enseñanza del Evangelio, pues pensemos qué obstáculos tengo que remover para mirar mejor a Dios. ¿Qué cosas materiales me impiden ver a Dios? ¿Qué apegamientos? ¿Qué inclinaciones a tener cosas debo quitar de mi vida? Y hacemos propósitos.
Podemos empezar por cosas sencillas: sacar del armario lo que nos sobra y dárselo a quien lo necesita; replantear el uso del tiempo, ¿en qué lo estoy empleando?
En cosas que sirven o en cosas inútiles o innecesarias o dañinas. Pensemos en nuestras relaciones interpersonales, si las amistades que tengo me enriquecen. Si las relaciones familiares que tengo son valiosas, son buenas, o hay algo en esas relaciones en las que tengo que poner de mi parte para que sean mejores. Si el estilo de vida que tengo me lleva a Dios o me aleja de Dios…
Y pensamos en el próximo año y decimos: Vamos a dedicarle más tiempo a lo bueno, a lo que me enriquece, a lo que me hace mejor persona; y vamos a quitar, a remover, lo que me hace peor, lo que me pone una careta en frente de los ojos, lo que me impide ver a Dios, lo que me impide reconocer al Niño Dios en la cotidianidad de mi vida.
Y si tengo que replantear algunos vínculos interpersonales en el año que entra pues lo voy a hacer, con ilusión, con generosidad.
JESUS, MARIA Y JOSÉ
Al final de ese encuentro de Jesús, María y José con la profetisa Ana, dice el Evangelio que ella adoraba a Dios, alababa a Dios, y, además, lo reconocía delante de los hombres. Una vez uno se encuentra Dios en lo pequeño, en lo cotidiano, quiere transmitirlo a los demás y alabar a Dios.
“Y el niño, por su parte, iba robusteciéndose, lleno de sabiduría. Y la gracia de Dios está estaba con él.” (Lucas 2, 40).
Te pedimos eso, Señor, para nosotros, que tu gracia nos acompañe en el nuevo año, que el 2026 sea una ocasión para seguir robusteciéndonos. Yo, personalmente, en mi vida espiritual, de llenarme de sabiduría. Si el niño que era el Hijo de Dios se robustecía y se llenaba de sabiduría, ¿cuánto más yo lo necesito?
Esa es mi esperanza para este año que entra. Y quisiera, Señor, que José y María sean también mis compañeros en este nuevo año, que me cuiden como te cuidaron a ti cuando eras niño.
Con ese sentido de esperanza, de no mirar hacia atrás, sino de mirar hacia adelante, de querer reconocerte a ti, Señor, en todo lo que me pasa en la vida. Así quiero comenzar el nuevo año.

