La semana pasada celebramos la Epifanía, la manifestación del Señor a los gentiles, representados en aquellos hombres sabios, en esos magos que llegaron a Jerusalén preguntando por el nacido Rey de los judíos.
Ya había tenido la primera revelación a los pastores: esos ángeles, que en la misma noche de Navidad, se presentan y se dirigen luego al lugar donde había nacido el Niño, llevando esos primeros regalos y así le le dan esa primera adoración.
También después se acercan los magos, que sería como una segunda epifanía. Mejor dicho: la primera presentación a los pastores, la primera presentación a todo el mundo, que es la Epifanía.
La fiesta de mañana, justamente, es como otra Epifanía: es otra manifestación de la divinidad de Cristo; ya que sale la voz de Dios Padre. Hay una teofanía: se presenta Dios; viene esa voz del cielo y, por la presencia también del Espíritu Santo en forma de paloma, que significa la paz y el amor.
Jesús es quien va al Padre en el bautismo y declara que lo prefiere a todos los demás:
“Éste es mi hijo, mi amado: escúchenlo”,
eso es lo que dice Dios Padre.
Si te das cuenta a lo largo de la Biblia, son muy pocas palabras las que dirige Dios Padre, y estas son, tal vez, de las más importantes: “Este es mi hijo amado: escúchenlo…” y no se dirige sólo a los que estaban ahí, sino que se dirige a todos los que leeríamos el Evangelio a través de los siglos.
JESÚS CUMPLE LA VOLUNTAD DEL PADRE
Eso tiene que ver mucho con una profecía del profeta Isaías, que también se lee en la misa; es la primera lectura, de hecho, de la misa del Bautismo del Señor:
“Mirad a mi siervo, a quien prefiero, sobre él he puesto mi espíritu: No gritará, no discutirá por las calles. Y a la caña semi partida no la acabará de partir, a la lámpara semi apagada no la acabará de apagar.” (cfr. Is 42, 1-4).
Este es El Siervo, el Siervo escogido y esa descripción profética tiene su plena realización en el Bautismo del Señor.
Esto es lo que tendríamos que tener claro: el Señor va cumpliendo la voluntad de Dios a través del tiempo. El mismo profeta Isaías, cuando habla sobre el Redentor, lo hace con unas palabras que también se cumplirán en la vida de Cristo:
“Te he llamado de hecho luz de las naciones para que abras los ojos a los ciegos y saques a los cautivos de la prisión…”
(cfr. Is 42 6-7).
También esta es otra descripción profética. Porque es que se abra los ojos, y tú y yo hemos sido partícipes de esto: se nos han abierto los ojos para entender la divinidad de Jesucristo, su centralidad.
“Señor, hoy que estamos haciendo este rato de oración, te pedimos que no se nos vuelvan a cerrar los ojos. Porque, tal vez, las joyas del mundo brillan demasiado, por los atractivos o porque, a veces, el corazón nos lleve por un camino que no sea el adecuado. Que uno se apegue a algo que tal vez no le conviene.”
SEÑOR, QUE YO VEA CON TUS OJOS
Lo que tenemos que tener es del corazón dispuesto a ver al Señor. Ahí sí que se nos abrirán los ojos. Ahí sí que veremos las cosas más adecuadamente y, para eso, vale la pena pedirselo al Señor.
“Señor, límpiame el corazón; ayúdame a ver realmente con tus ojos. Cuáles son las cosas que realmente valen la pena en esta vida, en las cosas, en las relaciones que tengo.”
Todos tenemos unas características propias por nuestra personalidad, por nuestra forma de ser, por la forma en la que fuimos criados. Muchas veces, cuando me presentan problemáticas de pareja, recurren a esta analogía: hemos sido criados de forma distinta y eso se nota en las costumbres que tenemos.
Poniéndolo como una posibilidad o imposibilidad de seguir adelante, porque les hace sufrir esas formas de ser. Y lo cierto es que siempre podemos ir mejorando en el tiempo. No es que estas sean características que nos predisponen al mal o que no sean superables.
Al contrario, si hay buena voluntad, siempre uno puede ver las cosas de otra forma. Lo primero para poder hacer esto es tener esa conciencia: que yo tengo mis limitaciones, mi personalidad, mi forma de ser, que puede ser también un poco modificada, si es que me doy cuenta de que tengo que cambiar.
Eso es lo que vemos también en el Bautismo del Señor. El Señor sigue las pautas que va dando Dios Padre y a lo largo de su vida eso será lo que le guíe sus pasos. A veces serán cosas que a Él le atraen y otras veces serán cosas que, tal vez, no le atraen y tendrá que hacerse un poco de violencia.
SER SEMBRADORES DE PAZ
Tal vez el ejemplo más claro es la Cruz, cuando él mismo Señor:
“(…) sí es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
(Lc 22, 42).
Muestra claramente hacia dónde quiere caminar el Señor: siempre a la voluntad del padre.
Y por eso el Padre dice: “Este es mi hijo amado, escúchenlo…” Y tenemos que aprender a escuchar a Jesús; que mi alimento es hacer la voluntad del Padre, nos dirá. Eso es lo que tenemos que entender nosotros también.
Por eso la voluntad del Padre es que sembremos paz. La voluntad del Padre es que seamos siempre personas que perdonen: “Perdonen las ofensas, como también nuestro Padre nos perdona nuestras ofensas”. Dios nos perdone, igual que nosotros perdonamos a los que nos ofenden…
Claro, esto está en el centro, esto está en en el punto desde donde nuestra alma va abriendo los ojos y se cumple también esa profecía: que el Señor nos hace abrir los ojos. Unos ojos que no se deslumbran —como decíamos— por las cosas materiales o por las posibles heridas que uno recibe en el camino, sino que están dispuestos a pasar por alto, inclusive eso.
Que no nos aparten más de Ti, Señor, esas ganas de justicia o, a veces, esas ganas de hacer las cosas dejando claro que estoy en contra, no sé… Tantas cosas que, a veces, nos pueden sacar de las cosas que Dios quiere para nosotros.
Jesús es el libertador espiritual que ilumina a las naciones y a cada individuo en particular, todas las veces que queramos escuchar o meditar sus mensajes. Y, a la vez, el Espíritu Santo, comenzaba por medio de su Mesías —o sea, de Jesús— la acción en nosotros.
PEDIR AYUDA AL ESPÍRITU SANTO
Cada día nos ayuda a salir de las cosas que nos pueden costar un poco más. Por eso podemos pedirle también en este rato de oración: “Espíritu Santo, ven, Espíritu santo, llena los corazones de tus fieles, envía tu espíritu y serán creados y renovarás la faz de la tierra….”
¡Renovarás la faz de la tierra! ¡Todas las cosas! ¡Es increíble! Es que el Señor está para hacer esto.
El otro día estuve dando un paseo —sigo en Colombia—; estaba dando un paseo por el monte y encontré un burrito pequeño. Tenía unas ganas de acercarme al burrito, pero el burrito iba corriendo, no me dejaba. Yo pensé que iba a ser un poco más juguetón, pero tal vez le asusté, ¿no? “–Ustedes son muy feos” No sé…. En todo caso, no me dejaba acercarme.
Y yo, pensando, decía: “Señor, que no me pasa esto nunca. Que tu te intentas acercar, a veces, para darme la vuelta y que yo salga huyendo. Salga huyendo porque no me gusta o porque tengo miedo. Señor, no quiero huir nunca de Ti. Ayúdame a encontrarte en todas las cosas, para hacer siempre tu voluntad, igual que tu Hijo Jesús hizo su voluntad en el bautismo, la fiesta que celebramos mañana.
Madre mía, tú también hiciste siempre la voluntad de Dios, Padre; enséñame también a mí a buscar esa voluntad. Pese a que, a veces, me cueste un poco más, a que, a veces, no le encuentre mucho sentido que haga la voluntad de Dios, sabiendo que esa voluntad es que trate bien a los demás, que les ayude a acercarse más a ti. Que sea siempre un sembrador de paz y alegría.

