Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración.
Madre mía Inmaculada, san José, mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, interceded por mí.
Una advertencia antes de comenzar
Empiezo este audio haciendo una advertencia.
Esta no es la primera vez que grabo esta meditación, porque ya me he equivocado varias veces, y siempre en lo mismo: confundir a san Judas Tadeo con Judas Iscariote. ¡He canonizado varias veces a Judas Iscariote!
Hoy celebramos la fiesta de los santos Simón y Judas Tadeo, apóstoles. Si me vuelve a ocurrir, no creo que vaya a repetir otra vez el audio; quedará como quede.
Hecha la advertencia, comenzamos hablando de lo poco que sabemos acerca de estos dos apóstoles de la Iglesia.
¿Qué sabemos de san Simón y san Judas Tadeo?
Simón, obviamente, es diferente de Simón Pedro. El Simón que celebramos hoy es san Simón el Cananeo o Simón el Zelote.
Al parecer, las dos denominaciones hacen referencia a lo mismo: este apóstol tenía un celo enorme por la ley judía antes de su conversión.
Además de eso, lo único que el Evangelio nos dice sobre él es que fue elegido por Cristo entre los Doce y que, junto con ellos, recibió el Espíritu Santo el día de Pentecostés.
Lo que pasó después con san Simón no lo sabemos. Hay bastantes historias, algunas se contradicen entre sí y otras dicen que incluso llegó hasta Mesopotamia. Pero, en realidad, no tenemos especial certeza sobre estos acontecimientos.
Del apóstol Judas Tadeo sabemos que era hermano de Santiago. De ahí concluimos que se trata de Santiago el Menor, pues el otro Santiago, el Mayor, era hermano de san Juan.
No sabemos ni cómo ni cuándo entró a formar parte del grupo de los Doce. Sin embargo, a diferencia de san Simón, sí tenemos un rastro de la voz de san Judas Tadeo.
La pregunta de Judas Tadeo durante la última cena
En la última cena, si acudimos al capítulo 14 del Evangelio según san Juan, encontramos al Señor despidiéndose de sus discípulos.
Es una escena sumamente entrañable. Básicamente, el Señor les está diciendo que ha llegado la hora de partir de este mundo. Les dice:
«Todavía un poco más y el mundo no me verá, pero ustedes me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Y ese día conocerán que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes».
El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él».
Son palabras muy bonitas, pero también pueden despertar cierta incertidumbre y desconcierto. ¿Cómo es esto de que ahora no lo verán, después lo verán, pero no lo verá todo el mundo, sino solamente ellos?
Entonces alza la mano Judas Tadeo —no Judas Iscariote— y pregunta lo que mucha gente quiere saber: ¿por qué el Señor no habría de manifestarse en ese momento a todos?
Cristo le contesta que Él y el Padre visitarían a todos los que lo amasen. Concretamente, el Evangelio de san Juan recoge estas palabras del Señor:
«Vendremos a él y haremos en él nuestra morada».
El que no me ama, no guarda mis palabras. Y la palabra que ustedes escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Y les he hablado todo esto estando con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todo y les recordará todas las cosas que les he dicho».
Los apóstoles, primeros eslabones de una gran cadena
¿Qué les está recordando el Señor a sus apóstoles?
Básicamente, que están llamados a ser las columnas principales de la Iglesia. La roca se fundamenta, por supuesto, en Cristo, que es la roca, la piedra angular. Pero cada uno de los apóstoles tiene la vocación de ser columna de esta Iglesia.
Sin embargo, aquí la imagen puede ser, más que la de una columna, la de un eslabón de una cadena.
Estos apóstoles están llamados a ser el primer eslabón de una larga cadena. Y esa cadena, fíjate bien, llega al menos hasta octubre de 2026, porque aquí estamos tú y yo compartiendo esta fe, después de haber recibido la buena noticia: el Evangelio de Jesucristo.
La imagen también podría ser la de una roca que cae en medio de un lago y provoca ondas expansivas. Desde arriba, esas ondas parecen círculos concéntricos que se alejan cada vez más del centro.
Ese es el plan de Dios: aquello que comenzó en la plenitud de los tiempos, la Iglesia, que nace del costado abierto de Cristo, está llamado a expandirse y a llegar hasta los confines de la tierra, hasta el último momento de la existencia de lo que conocemos.
El primer círculo concéntrico, el más cercano al momento en que se produce esa explosión del Evangelio, está formado por los apóstoles.
El plan del Señor es manifestarse primero a ellos, que han de ser confirmados en el amor, para que después, como una expansión, como una cadena sólida y fiel, el Evangelio llegue hasta nosotros.
Eso es lo que estamos celebrando hoy con estos dos apóstoles: que supieron ser eslabones firmes, fuertes y fieles, el comienzo de la predicación del Evangelio.
Por eso tú y yo estamos aquí haciendo este rato de oración que, de hecho, hemos llamado Hablar con Jesús.
Demos gracias a Dios porque su plan funciona
Lo primero que hacemos hoy es darle gracias a Dios porque su plan funciona.
El Evangelio ha llegado hasta nosotros. Conocemos a Jesucristo y sabemos, por la revelación que también fue confiada a los apóstoles, que Dios es amor.
Sabemos que ese amor ha llegado hasta el extremo de asumir nuestra pobre naturaleza humana en todo menos en el pecado. Jesucristo es perfecto Dios y perfecto hombre.
Sabemos que Dios ha muerto por ti y por mí en la cruz; que esa muerte nos ha salvado de la esclavitud del pecado y que, por su resurrección, Cristo ha vencido a la muerte.
Por lo tanto, tú y yo no estamos condenados a la muerte eterna. Tenemos la posibilidad de alcanzar la gloria del cielo si seguimos de cerca a Cristo.
Que tú y yo conozcamos estas verdades no habría sido posible sin esos eslabones fuertes, sin esos apóstoles. Si todo hubiese fallado desde el inicio, el mensaje no habría llegado hasta nosotros.
Pero, claro, la cadena no termina aquí, en octubre de 2026. La cadena sigue y ha de continuar hasta el momento que Dios tenga previsto para el final de los tiempos.
Por eso, además de darle gracias a Dios porque su plan ha funcionado hasta ahora, tú y yo debemos preguntarnos: ¿cómo podemos colaborar en ese plan para que más personas descubran que Dios es amor? ¿Cómo podemos compartir con quienes nos rodean ese amor que conocemos y hemos experimentado? ¿Cómo podemos abrir nuevos horizontes en la fe a las personas que tenemos a nuestro alrededor?
Primera tarea: cuidar nuestro encuentro personal con Dios
Te propongo un par de consejos para esta tarea.
El primero, obviamente, es recordar que nosotros no predicamos un concepto ni una idea. Si se tratara solamente de transmitir información, bastaría con compartir un enlace a una página web que contuviera todo lo que dijo Jesucristo.
Pero eso no es suficiente. Nadie se convierte porque le caiga del cielo un libro.
La gente se convierte a través del encuentro con alguien. Por lo tanto, la primera tarea tuya y mía es tener ese encuentro con Dios y cuidarlo todos los días.
Necesitamos contar con la gracia, proteger nuestros momentos de oración y acudir con frecuencia a los sacramentos. Si es posible, confesarnos semanal o quincenalmente y participar en la misa diaria.
¿Cómo vamos a predicar la buena noticia de haber conocido a alguien si no cuidamos nuestro encuentro con ese alguien?
No podemos transmitir con fidelidad una experiencia de amor que dejamos de alimentar. Para ser apóstoles, necesitamos mantener viva nuestra relación personal con el Señor.
Segunda tarea: formarnos para transmitir fielmente el mensaje
La segunda tarea es, por supuesto, la formación.
Tenemos que ser fieles al mensaje que hemos recibido. Pensemos en el juego del teléfono: el mensaje va pasando de boca en boca y es complicado que se mantenga intacto. Al final, puede llegar a convertirse en una caricatura que no tenga nada que ver con lo que se empezó diciendo.
Pero Dios también tiene esto previsto.
Por eso, cuando alguien se queja diciendo: «Es que Dios no me habla en la oración, es que Dios no me responde, es que le pregunto y no me dice nada», lo que provoca responderle es: «¿Y qué más quieres que Dios te diga? Si te ha dado veintisiete libros del Nuevo Testamento, cuarenta y seis libros del Antiguo Testamento y, si la memoria no me falla, son más de ochocientas mil palabras, según la traducción».
¿Cómo cuidamos la meditación de la Palabra de Dios? Porque esa es la Palabra que tenemos que transmitir fielmente al siguiente eslabón de esta cadena.
Sí, podemos ver una serie o una película sobre la vida de Jesús. Pero ¿cómo acudimos a las fuentes? ¿Cómo conocemos la propia tradición de la Iglesia, que ha custodiado esa fe?
No se trata solamente de conocer algunas ideas sobre Jesús, sino de profundizar en el mensaje que hemos recibido, para poder transmitirlo con fidelidad.
El Espíritu Santo, nuestro gran maestro
Más importante que todo eso es lo que el Señor también les dice a Judas, a Simón y al resto de los apóstoles: el Espíritu Santo.
Si tú y yo tenemos más devoción al Espíritu Santo, acudimos más a Él, le pedimos ayuda y le pedimos más luces, por supuesto que entenderemos mucho mejor las cosas de Dios.
No estamos solos en esta misión. El mismo Espíritu Santo que acompañó a los apóstoles y les ayudó a comprender las enseñanzas de Jesús también quiere iluminarnos a nosotros.
Necesitamos su ayuda para comprender la fe, vivirla con profundidad y transmitirla sin deformar el mensaje que hemos recibido.
Ser apóstoles en pleno 2026
Hoy, en la fiesta de los santos Simón y Judas —no san Judas Iscariote, porque eso no es así, sino san Judas Tadeo—, les pedimos que también nosotros nos tomemos en serio esta tarea espectacular de ser apóstoles en pleno 2026.
Pidámosles que nos ayuden a permanecer muy unidos a Cristo a través de la Iglesia, de los sacramentos y de la oración.
Así podremos contagiar a más personas la alegría de saber que Dios está cerca, que Dios piensa en nosotros y que Dios nos ama con locura.
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, san José, mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, interceded por mí.

