AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS
En la misa de hoy leeremos un Evangelio que quizá recordamos, pero que me parece que nos puede ayudar mucho para comenzar este rato de oración.
«Se acerca un escriba,
uno de esos hombres que estudiaban la Ley en profundidad para conocerla, para enseñarla, y le pregunta a Jesús una cosa que no es menor. Le pregunta:
—¿Cuál es el primer mandamiento?»
Parece una pregunta obvia. Él, escriba que se dedicaba a enseñar, a compartir con otros la Ley, debería saber esa respuesta, y la sabe de hecho.
Pero quería ver si Jesús, con esas doctrinas nuevas que estaba enseñando, estaba enseñando lo verdaderamente importante. Quería ver si el Señor seguía la fe de los primeros padres. Si respondiera bien esta pregunta, entonces sería un buen maestro.
Si se equivocaba aquí, toda su doctrina fallaría. Jesús le responde eso que ya conocemos.
«El Señor, tu Dios, es solamente uno y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Y el segundo, semejante a éste, amarás a tu prójimo como a ti mismo. Al responder tan acertadamente, el escriba queda tranquilo y le dice: Tienes razón Señor» (Cf.).
Y decir estas cosas que dices Tú, éste, el primer mandamiento, es lo más importante. Amar a Dios en primer lugar y al prójimo, como a uno mismo, es lo más importante. Está sobre todos los demás mandamientos.
DIOS ES AMOR
Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como uno mismo, es mucho más importante que los rituales de purificación, que las normas sobre los descansos, la cantidad de pasos que puedo dar un sábado.
Todo eso es importante en la medida en que esté ordenado al Señor. Porque el centro de nuestra fe es Dios y el amor a Él siempre lo primero. El amor a Dios siempre es lo primero.
El Papa Benedicto XVI, en su primera encíclica titulada “Deus caritas est”, “Dios es amor”, decía algo así como que no se comienza a ser cristiano para vivir unas leyes, una moral o un estilo de vida. No es una especie de filosofía lo que seguimos los cristianos, sino que se comienza a ser cristiano por un encuentro con una persona, con un encuentro con Cristo.
Y en este rato de oración quería proponerte, porque se deduce directamente de esa respuesta de Jesús, si es que tú has tenido un encuentro personal con Cristo, un encuentro con ese acontecimiento, con esa persona que da una nueva orientación a la vida, como dice Benedicto XVI.
¿En qué momento has tenido ese encuentro o esos encuentros con Cristo, con el Maestro, con M mayúscula? ¿En qué circunstancias? ¿Y qué has sacado de ese encuentro?
Son preguntas que no lograremos responder en estos 10 minutos de oración, pero queremos incoar sobre todo la primera parte. ¿Cómo poder tener ese encuentro personal con Cristo?
Quizá después de esta meditación tú te des cuenta de que nunca has tenido un encuentro personal con Él y un buen propósito puede ser decirle al Señor que quiero tener un encuentro personal contigo y seguro, seguro que lo vas a tener.
UN ENCUENTRO CON CRISTO
Y si ya lo has tenido, entonces ¿cómo poder profundizar en ese encuentro con el Señor? ¿Cómo poder crecer en esta relación de amor con la persona que más nos quieran en el mundo? ¿Cómo me encuentro con Dios entonces? ¿Cómo puedo lograr tener ese encuentro personal contigo Señor, con quien estoy hablando en este rato de oración?
A TRAVÉS DE LA ORACIÓN
Pensaba cuatro puntos que nos podían ayudar. En primer lugar, nos encontramos con el Señor a través de la oración.
Es como lógico, estamos tratando de hablar con Él, pero a veces se nos puede olvidar que el foco de la oración no es un encuentro conmigo mismo, una introspección personal, una meditación trascendental en la que quiero huir del mundo para conectarme conmigo mismo, sino que el fin de la oración es encontrarme con Jesús.
Tanto esas oraciones vocales, el Padre Nuestro, el Ave María, el Gloria, el Acordaos, o tantas otras oraciones tan bonitas que nos pueden ayudar a encontrarnos con Jesús… Como en esa meditación interior en la que conversamos mentalmente con Jesucristo, en la que contemplamos su vida y nuestra vida, en la que intentamos descubrir qué nos quiere decir a través de los sucesos de nuestro día a día, de un texto que estamos leyendo, o contemplando simplemente cómo nos quiere el Señor. La oración es un lugar privilegiado de encuentro con el Señor.
POR LA EUCARISTÍA
Otro lugar de encuentro contigo Jesús, y este quizá es el más importante, es la Eucaristía. En la Eucaristía, Tú Jesús, está realmente presente, con tu cuerpo, tu sangre, tu alma y tu divinidad. Hay una canción que dice, todo un Dios para mí en un pan.
Eso es la Eucaristía, todo un Dios para mí en un pan. Puedo encontrarme Contigo cuando voy a verte al Sagrario, cuando hago un rato de oración o de adoración frente a la Eucaristía, y especialmente cuando te recibo en la Comunión. No hay un regalo más grande que poder recibirte Jesús.
Es lo mejor que podemos hacer en nuestra vida. Qué triste sería nuestra vida sin la Eucaristía. Qué triste sería nuestra vida si no podemos recibirte. Y por el contrario, cuánto ganamos cada vez que acudimos con devoción a recibirte. Cómo cambia nuestra vida cuando tenemos esa unión Contigo en la Eucaristía.
EN LA VIDA ORDINARIA
Un tercer lugar de encuentro contigo Señor, es el trabajo y la vida ordinaria. En una homilía, San Josemaría se ponía a enumerar los lugares donde podemos encontrarnos contigo Señor. Y decía, no es textual esto, pero algo así: “En la oficina, en la cocina, en la calle, en el quirófano, en un hospital, en el campo, en la sala de clases, todos esos son lugares de encuentro con Cristo”.
Ahí donde estamos, tú que estás escuchando estas palabras, quizás estás en el auto o el coche o en el carro, como lo digan en tu país, y estás yendo de un lugar a otro, estás en el bus, en una capilla, estás en tu oficina, en tu universidad, estás en tu colegio, en una fábrica, estás en tu casa con tu familia, ahí ese lugar es un lugar de encuentro con Cristo, ahí donde estás ahora mismo.
Y nos puede servir preguntarnos, ¿ahora busco a Cristo en este lugar, aquí donde estoy ahora? (…)
LOS DEMÁS
Por último, un cuarto lugar de encuentro con Cristo, o más que lugar, son las personas, los demás. En cada una de esas personas con las que nos topamos en nuestro día a día, ahí está Cristo esperándome. En ese consejo que me da una persona, puede ser la confesión, la dirección espiritual, o un papá, una mamá, o un hermano, un amigo, una persona que me necesita, ahí está Cristo.
Muchos santos se han dedicado a obras de beneficencia hacia los demás, de solidaridad, porque los mueve ver a Cristo en los necesitados.
San Vicente de Paúl, la madre Teresa de Calcuta, san Alberto Gustavo, y tantos otros santos que ven a Cristo en los necesitados. En mi familia, ahí está Cristo presente, en mis amigos y en cada persona con la que estoy es una ocasión de encontrarme con Jesucristo.
Meditando estas cosas, podemos descubrir que efectivamente estamos encontrándonos continuamente con el Señor y podemos sacar el propósito de aprovechar más esos encuentros con el Señor.
Y debemos pedirle al terminar este rato de oración a nuestra Madre del Cielo, “María Santísima, que nos muestre a Jesús”. Ella es el centro de nuestra vida, es Cristo, que es como el sol en el sistema solar, la Virgen es como la luna que refleja la luz del sol y nos indica dónde está el Señor.
Madre nuestra, ayúdanos a poner a Cristo en el centro y a poner a los demás justo después del Señor.

