Era día festivo y debía celebrar la misa antes de partir, a una hora cómoda para mi parroquia, fue preciso emplear un caballo para llegar a tiempo al sermón de Lavriano.
Recorrida la mitad del camino al trote y al galope, llegué al valle de Casalborgone, entre Cinzano y Bersano.
Cuando he aquí que, de repente, de un campo sembrado de maíz, se levantó una bandada de pájaros, cuyo revoloteo espantó a mi caballo, el cual se lanzó a correr desbocado a campo traviesa por prados y cultivos.
Me mantuve un rato sobre la silla, más al darme cuenta de que ésta se escurría bajo el vientre del animal, intenté una maniobra de equitación.
Pero la silla, fuera de su sitio, me lanzó al aire y fui a caer sobre un montón de piedra picada.
Un hombre, desde la colina cercana, observó el desgraciado accidente y vino en mi ayuda con un criado suyo.
Al encontrarme sin sentido, me llevó a su casa y me puso en la mejor cama que tenía.
AQUÍ NO LE FALTARÁ NADA
Me prodigaron caritativos cuidados; después de una hora, volví en mí, y advertí que estaba en casa ajena.
—No se apure mi huésped, dijo; no se preocupe por estar en casa ajena. Aquí no le faltará de nada. Ya he mandado buscar al médico.
Y otro hombre fue en seguimiento del caballo. Soy un campesino, pero provisto de cuanto hace falta. ¿Se encuentra muy mal?
—Dios le premie tanta caridad, buen amigo. No creo que sea cosa grave, tal vez alguna costilla rota, pues no puedo mover la espalda. ¿En dónde estoy?
—Está usted en la colina de Bersano, en casa de Juan Calosso, de apodo Brina, para servirle.
También yo he rodado por el mundo y he necesitado de los demás. ¡Ah, cuántas aventuras me han sucedido yendo por ferias y mercados!
—Cuénteme algo mientras esperamos al médico, le pedí. —Pues tendría mucho que contar.
PIDIENDO AUXILIO
Ahí va una muestra:
«Hace algunos años fui, por otoño, a Asti con mi borriquilla a hacer provisiones para el invierno.
A la vuelta, y cuando llegué a los valles de Morialdo, mi pobre animal, demasiado cargado, cayó en un barrizal y quedó inmóvil en medio del camino.
Todos mis esfuerzos para levantarlo resultaron inútiles. Era ya medianoche, con un tiempo oscuro y lluvioso.
No sabiendo qué hacer, me puse a gritar pidiendo auxilio. Unos minutos después, ya me habían oído en la casa vecina.
Acudieron un seminarista, un hermano suyo y otros dos hombres, con hachas encendidas.
Me ayudaron a descargar la burra y a sacarla del fango, y me condujeron con todo lo mío a su casa.
Estaba medio muerto y completamente manchado de barro. Me limpiaron, me ofrecieron una cena suculenta y me proporcionaron una cama comodísima.
A la mañana siguiente quise, antes de marchar, pagarles como era justo; pero el seminarista lo rechazó diciendo: —¡Puede darse que mañana necesitemos nosotros de usted!».
Al llegar aquí me sentí conmovido, tanto que el otro se dio cuenta de mis lágrimas. —¿Se siente usted mal?, preguntó.
LA DIVINA PROVIDENCIA
—No, respondí; me gusta tanto su relato, que me conmueve… —¡Ahhh, Si yo supiera cómo pagar a aquella buena familia! ¡Qué buena gente era! —
¿Sabe usted su nombre? —Sí, la familia Bosco, vulgarmente llamada los Boschetti… Pero ¿por qué se conmueve usted así? ¿Conoce tal vez a esa familia? ¿Vive aún aquel seminarista?
—Aquel seminarista, amigo mío, es este sacerdote a quien usted paga con creces lo que él hizo. Es el mismo que ha traído a su casa y ha puesto en esta cama.
La divina Providencia ha querido enseñarnos con este hecho que: “el que bien hace, bien encuentra.”
Fácil es imaginar la sorpresa, la alegría de aquel buen cristiano y la mía, al ver cómo en la desgracia, había Dios dispuesto que yo cayera en manos de un amigo.
Su esposa, su hermana y otros parientes y amigos se alegraron inmensamente al saber que tenían en casa a aquél de quien tantas veces habían oído hablar. No hubo atención que no se me prodigara.
Llegó a poco el médico, comprobó que no había fracturas, y, pocos días después, pude volver a mi pueblo con el caballo, que también fue encontrado.
UNA ESTRECHA AMISTAD
Juan Brina me acompañó hasta casa, y mientras vivió conservamos una estrecha amistad.
Bueno, me he demorado siete minutos recordando esta historia de san Juan Bosco, que es el santo del día de hoy. A mí me encanta, es una historia bellísima.
Señor, esta historia no es espectacular, no hay milagros visibles, no hay ángeles,
no hay soluciones rápidas.
Hay una caída, hay dolor, hay desconcierto, hay dependencia de otros…
Y, sin embargo, sabemos que está presente y patente “La Providencia de Dios”, que es bueno.
Jesús, Don Bosco cae del caballo…y cae en manos de un amigo, aunque ninguno de los dos lo sabía.
Qué delicada es tu manera de actuar, Tú no evitas siempre la caída, pero cuidas dónde caemos.
Cuántas veces yo te he pedido: “Señor, quítame este problema”, y Tú, en silencio, has respondido: “Confía, ya tengo preparado el lugar donde vas a aterrizar”.
La Providencia no es que no pase nada. Es que nada pasa fuera de tus manos y entonces entiendo mejor el Evangelio de hoy.
También allí hay un camino, una barca, una noche, una tormenta.
Jesús, Tú mismo dijiste:
“«Pasemos a la otra orilla»”. (Mc 4, 35)
PROMETISTE TU PRESENCIA
No prometiste un mar tranquilo. ¡Prometiste tu presencia! Y cuando la tormenta arrecia, cuando el agua entra, cuando el miedo se desborda, Tú duermes.
No porque no te importe, sino porque confías en el Padre y quieres enseñarnos a confiar contigo.
Jesús, confieso que muchas veces lo que más me inquieta no es la tormenta, sino tu silencio, cuando no respondes rápido, cuando no explicas, cuando parece que llegas tarde.
Y entonces te grito, como los discípulos:
«¿No te importa que perezcamos?» (Mc 4, 38)
Hoy me doy cuenta, de que esa pregunta no nace de la tormenta, sino de la falta de fe.
Si tuviéramos fe, Señor, no temeríamos nada, salvo al pecado que nos aparta de Ti.
Si tuviéramos fe, sabríamos que incluso dormido, incluso callado, Tú gobiernas el mar y la historia.
Si tuviéramos fe, aprenderíamos a escuchar tus silencios, a no despertarte por miedo, a no exigir pruebas de tu amor. Porque el amor no se demuestra gritando, sino permaneciendo.
ENSÉÑAME A CONFIAR
Jesús, pienso en tantos jóvenes que viven con la sensación de ir a la deriva, estudios que cuestan, dinero que no sobra, caminos largos, casas lejos, soledad disimulada.
A veces viven —como decimos— en la quinta porra, o en la quinta pirinola gaucha…
¡pero no fuera de tu Providencia!
Tú sigues pasando por delante, preparando encuentros, moviendo corazones, abriendo caminos que nadie ve.
Don Bosco decía:
El que bien hace, bien encuentra.
No porque el mundo sea justo, no porque todo salga bien, sino porque Tú no olvidas nada.
Ni una ayuda dada en el barro, ni una noche oscura, ni un gesto pequeño. Aquel seminarista ayudó una vez… y años después fue sostenido sin saberlo. Así obras Tú, Señor: con memoria de amor.
Hoy quiero pedirte una gracia sencilla y grande: “enséñame a confiar”.
Cuando el mar esté en calma, y cuando arrecie la tormenta, cuando hables y cuando duermas. Que no despierte al Amor por miedo, sino que me abandone en Él.
Jesús, quiero pasar a la otra orilla contigo. Aunque no vea, aunque no entienda, aunque cueste. Porque sé que tu Providencia ya me está esperando allí.

