VOLVER A NACER
Hoy es día de fiesta, pero la Iglesia nos presenta un evangelio que es de dolor, de mucho dolor… Es una mezcla de alegría y dolor, un dolor glorioso.
Dicen que el mayor dolor que una persona puede experimentar en esta vida es el dolor del parto.Pues hoy en el evangelio somos testigos de dolores de parto.
Dice: “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofas, y María Magdalena. [San Marcos dice que también estaba Salomé (Mc 15, 40).
Este dato es importante, ya verás por qué]. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba [o sea a Juan] que estaba ahí, le dijo a su madre:
Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: -Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa”. (Jn 19, 25-27)
El dato del evangelio de Marcos es importante porque ahí estaba Salomé y ella es la mamá de Juan. O sea que esta maternidad es algo totalmente distinto, porque Juan ya tenía madre;pero Jesús le da una madre, le da a su madre. En Juan estamos representados todos, la Iglesia entera.
Todos tenemos madre en esta tierra, pero aquí Jesús nos vuelve a hacer hijos. Es como si volviéramos a nacer. Pero este nacimiento conlleva también dolores de parto.
Sigue el evangelio:
“Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado para que se cumpliera la escritura, dijo: -Tengo sed. Había por ahí un vaso lleno de vinagre.Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: -Todo está consumado. E inclinando la cabeza entregó el espíritu”. (Jn 28-30)
LA MAYOR GLORIA DE MARÍA
Tal vez alguno podría pensar que el que está teniendo dolores es Jesús cuando, siguiendo la lógica, la que debería tener los dolores de parto es la madre.
Pero ¿qué madre no sufriría viendo morir a su hijo? Y ¿acaso la Madre de corazón más puro y sensible que ha existido no habrá experimentado el mayor dolor posible? El dolor de Jesús es el dolor de María y con ese dolor nos da a luz. Ese es su mayor dolor y esa es su mayor gloria.
Ahora te explico por qué. Contaba el famoso exorcista, este Fr. Chad Ripperger de Estados Unidos, cómo él en un exorcismo, acudiendo a la intercesión de María, comentó que el día en que estaba (o sea, el día en que estaba teniendo lugar aquella sesión) era fiesta de la Asunción, el de mayor gloria para ella, para la Virgen. Entonces, bajo una obligación casi existencial en el exorcismo, el demonio lo miró fijamente y lo corrigió con precisión tomista.
Le dijo que no. Y además le vino a decir lo siguiente: la Asunción no fue su gloria, sino su triunfo (porque fue el fin de su vida terrenal victoriosa, sin pecado). La Coronación en el cielo tampoco fue su gloria, sino su momento de mayor honor (porque fue el reconocimiento público de parte de Dios ante la creación entera). Su mayor gloria ocurrió en un lugar completamente distinto: al pie de la Cruz.
Porque la verdadera gloria teológica es la manifestación de la luz interior de la santidad y la virtud llevadas al grado máximo, lo cual ocurrió en su momento de mayor sufrimiento y oscuridad. (cfr. https://www.youtube.com/watch?v=Of3ys0dmyYc).
DOLOR DE MADRE
Bueno, ese es el momento de mayor sufrimiento y oscuridad, de mayor dolor, de virtud heroica. Fue dolor de madre y fue dolor de parto, porque al entregar al Hijo daba luz a los hijos que Él le confiaba. Su dolor glorioso daba fruto abundante.
En ella se cumplían aquellas otras palabras de la Escritura: “La mujer cuando va a dar a luz, está triste porque ha llegado su hora, pero una vez que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda del sufrimiento por la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo”. (Jn 16, 21).
Bueno, había nacido la Iglesia. Nacimos tú y yo. Como dice san Josemaría: “La Virgen Dolorosa, cuando la contemples, ve su corazón: es una Madre con dos hijos, frente a frente: Él… y tú.”(Camino, 506)
Y hay quien dice que cuando nos alejamos de DiosMaría reza al Padre como aquella mujer en el segundo libro de Samuel, que llegó donde el rey(porque Dios es Rey de reyes) “se postró rostro en tierra ante él y le dijo: […] Soy una mujer viuda; mi marido ha muerto. Tu sierva tenía dos hijos […] uno de ellos hirió a su hermano y lo mató […] Que el rey […] no aumente mi desgracia haciendo desaparecer a mi otro hijo”.(2Sam 14, 4-6, 11)
Que esos somos nosotros, ¿no? Bueno, reza con corazón de madre, con corazón y con dolordolor de madre.
AL PIE DE LA CRUZ
Nos metemos a cámara lenta en la escena de hoy, guiados por un relato:
“Jesús miraba a María, y sintió la dulzura de sus ojos de madre, acariciando los suyos. Tenía que cerrarlos y abrirlos muy seguido, porque el sudor y la sangre le nublaban la vista. Por eso quiso mirarla desde muy dentro, y, retirado en el Cielo de su alma, la amó desde ahí y desde ahí la miró. La vio madre, y la vio esposa.
Contempló con gozo cómo ella recibía el Espíritu que manaba de sus labios en cada bocanada de aire, y cómo ese Espíritu, al unirla a Él en un mismo sacrificio y hacerla reposar en el mismo tálamo que Él, la fecundaba de nuevo, como la había fecundado hacía 33 años. Entonces llenó su vientre, pero ahora era su alma la que recibía con los brazos abiertos al Paráclito.
Y así, llena de Dios por dentro y por fuera, unida en todo a los padecimientos de su hijo, con grandísimos dolores daba a luz a todo un pueblo, nacido a una vida nueva de sus entrañas por la sangre que Él derramaba y ella recogía. Sin salir de aquel Cielo que guardaba en su pecho, miró Jesús a Juan, y lo vio niño, alumbrado ya a la gracia y recién nacido a la vida eterna de las entrañas de aquella madre que recibía la semilla derramada con tanto dolor.
Se hizo fiesta, mucha fiesta en el alma del Señor, y aunque el consuelo no apaciguaba los dolores de cuerpo y corazón, todo lo daba por bien empleado ante aquella vista. Contemplaba embelesado a su esposa, la Iglesia, como vio Adán a Eva el primer día, recién creada y radiante de hermosura.
Un río de gozo atravesó desde aquel Cielo, corazón y carne y manó a borbotones por sus labios a lomos de un hilo muy fino de voz: –Mujer, ahí tienes a tu hijo (Jn 19, 26). El corazón de María se estremeció (…) Se llenó de luz por dentro (…) y abrazó a Juan con amor de verdadera madre.
DOLOR Y LÁGRIMAS
Jesús movió el rostro y miró los ojos claros de Juan, que se empaparon en lágrimas. El discípulo quería hablar, pero no le llegaban las palabras a los labios. Mientras lo intentaba, Jesús habló de nuevo: -Ahí tienes a tu madre(Jn 19, 27).
Juan lloró sobre el pecho de María, como llora el niño al nacer en el pecho de su madre. Sin cesar el dolor, el gozo lo llenaba todo, y una luz que no pueden ver los ojos envolvía a los tres. Juan ya no intentó hablar más. Ahora entendía que la madre de Jesús llevase tiempo en silencio.
Las palabras habían quedado atrás. Ambos veían, creían y sufriendo gozaban. No se puede describir aquí lo que ellos estaban experimentando. Sólo quien asciende al Calvario y decide quedarse a vivir bajo la Cruz conoce ese dulce secreto. Estaba naciendo la iglesia de Cristo”.
(José-Fernando Rey Ballesteros, Cristo en su pasión)
Y esa Iglesia tenía madre: María de Nazaret, Madre de la Iglesia.
“Así nací yo, de la semilla de Dios que era Jesús y del alma de madre de María. Y, al nacer, a ambos rasgué con el dolor de mis pecados. ¡Oh, Jesús! ¡Cómo hubiera querido que no sufrieraspara que yo fuera dado a luz! ¡Oh, María! ¡Cómo me pesa haber rasgado de dolor tus entrañas,porque el sufrimiento que causé en tu Hijo te atravesó también a ti! Y, sin embargo…
¡Con qué gozo tan inmenso e inefable contemplo ese momento en que me abrazaste como madre!Ahora puedo llamarte «mamá», porque realmente me has engendrado y dado a luz, a la luz de la gracia que recibiste de las llagas de tu Hijo. En esta noche he sido alumbrado. Ytambién quiero nacer llorando. Pon en mis ojos, madre mía, la lágrima de tu Hijo”.
(José-Fernando Rey Ballesteros, Cristo en su pasión)

