Todas las personas queremos ser felices y que esa felicidad dure siempre y no se vaya. No es fácil conseguirlo, pero tampoco es imposible.
Tenemos los medios para ser felices en el poco tiempo que vivimos en la tierra y también los medios para poder llegar a la vida eterna de felicidad, que es el Cielo.
Sabemos por la fe, que la felicidad del Cielo no se compara a ninguna felicidad de la tierra.
Por eso la escritura dice:
«Ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha pasado por mente del hombre lo que el Señor tiene preparado para aquellos que le aman.»
(1Co 2, 9)
¡En la tierra tenemos que amar! Para ser felices en la tierra y luego también para alcanzar la felicidad del Cielo.
El fin objetivo del hombre es Dios y el fin subjetivo es la felicidad. Para ser felices tenemos que unir el fin subjetivo: la felicidad; con el fin objetivo: Dios.
ESTAMOS DE PASO POR ESTE MUNDO
Cuando nace un bebé, todo el mundo se alegra. Toda la familia está feliz porque ha llegado un nuevo miembro para la familia.
Y el día del bautizo se hace una celebración, una fiesta. Todos están contentos porque ha nacido una criatura nueva. Ese niño que ha nacido morirá en unos años.
¡Todos vamos a morir, porque estamos de paso por este mundo! Si nos alejamos de Dios, podemos perder la brújula y entonces queremos hacer aquí en la tierra un paraíso.
Queremos echar raíces, quedarnos aquí. Rezamos para que el Señor nos dé salud. Nos asustamos mucho cuando se acerca al final de la vida. No nos gusta nada, nos desanimamos.

Nuestra familia también puede desanimarse porque nos parece que ya no hay nada que hacer, que todo está perdido, que vamos a desaparecer.
Eso ocurre cuando no tenemos en cuenta al Señor, cuando perdemos la presencia de Dios.
Y el Señor nos diría, como le dijo a Pedro:
“Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”
(Mt 14, 31)
O mujer de poca fe, ¿por qué dudas? ¿No sabes que en la tierra estás de paso y que después viene la vida eterna?
PARA TODA LA ETERNIDAD
Nuestra vida, es una vida que, si te portas bien, será una vida de felicidad, de alegría para toda la eternidad.
Después de morir, si nos hemos portado bien, el Señor que es juez y que sabe perfectamente cómo somos, nadie nos conoce mejor que Él.
Si somos buenos, el Señor nos dirá:
“Siervo bueno y fiel; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el gozo de tu Señor.”
(Mt 25, 23)
Dice el Señor: ¡Entra en el gozo, en la alegría, en la felicidad, en la felicidad más grande!
En el Evangelio de hoy, el Señor coge a tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, y se los lleva al monte Tabor y allí se trasfigura delante de ellos.
Los tres apóstoles van a ver al Señor de una manera distinta, lo van a ver glorioso en el Cielo.
Se quedan asombrados y se llenan de alegría de ver al Señor asi, la alegría era tan grande que Pedro, que era el mayor, toma la palabra y dice:
«Hagamos tres tiendas para quedarnos aquí.»
(Mt 17,4)
Para Pedro todo esto es tan grandioso que dice: ¡debemos quedarnos aquí para siempre, para toda la vida!
UN PEDAZO DE CIELO
Es que vieron un pedazo de Cielo. El Señor les dio esa oportunidad para que vean lo que vendría después.
Ellos no habían llegado al Cielo. Estaban en el monte Tabor con el Señor. Era solo una muestra, la Transfiguración.
San Josemaría, el santo de lo Ordinario, nos decía al meditar este pasaje de la transfiguración, que para llegar al Tabor hay que pasar antes por el Calvario.
Y nos decía que, ¡para tener los pies en la tierra hay que tener la cabeza en el Cielo! O sea, ser realistas, y ser realistas es mirar la meta donde vamos a llegar, caminar hacia la meta. Y ¡El Cielo es la meta!
Y como es la meta, es la esperanza. Virtud sobrenatural; la esperanza. La esperanza es algo que se desea mucho y se quiere.
Es la certeza de que viene lo bueno, de que viene lo grandioso. Es la certeza de que al final de la vida viene el Cielo si nos portamos bien. Y es la felicidad total.
Uno desea la felicidad y Dios nos dice que la felicidad está en el Cielo, en la visión beatífica que es ver a Dios cara a cara.
En el sermón de la montaña nos dice el Señor:
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.»
(Mt 5, 8)
O sea, que para ser felices tenemos que amar bien. Y se ama bien cuando el corazón está limpio, pero ocurre que nuestro corazón se ensucia con frecuencia porque somos pecadores.
LUCHAR CONTRA EL PECADO
Y entonces, qué difícil es amar, qué complicado se nos hace con el corazón achicado, con el corazón sucio, no se puede amar.
Vivimos a diario la tragedia del pecado, y tenemos que luchar contra él. Y luchar contra el pecado es amar a Dios.
Y el amor a Dios es coger todos los medios que Dios nos alcanza para vencer el pecado y para tener limpio el corazón.
Tenemos unos medios maravillosos que el Señor nos alcanza. La confesión, por ejemplo, cuando pedimos perdón por haber ofendido a Dios y nos sentimos felices.
Cuando el Señor nos dice que nos perdona: “yo te perdono de tus pecados”, sentimos un alivio muy grande y una alegría muy grande. Es el sacramento de la alegría
Y tenemos otros medios, ahora, por ejemplo, en “Cuaresma”, la Cuaresma son los 40 días que Jesucristo pasó en el desierto preparando su vida pública.
AYUNO, ORACIÓN Y LIMOSNA
40 días de penitencia que el Señor nos enseña, a vivir también la penitencia, a sacrificarnos, para estar mejor, es una disciplina que nuestro cuerpo necesita.

¿Cómo podemos vivir la Cuaresma? La Iglesia nos dice: el ayuno, la oración y la limosna.
Y el Papa León nos hace ver una forma de vivir el ayuno. Dice, «Dejar esas cosas que nos gustan o nos provocan y dedicar un tiempo para escuchar a los demás.»
¡La escucha!, dice el Papa León, porque hay voces que reclaman desde el sufrimiento. Y es deber nuestro escuchar.
El Papa dice:
«Me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada. Abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman con nuestro lenguaje el prójimo.»
Bueno, y hay dos cosas: escuchar con atención al prójimo, dedicar tiempo a eso y; cuidar nuestras palabras para que nuestras Palabras no lastimen al prójimo.
CULTIVAR LA AMABILIDAD
Dice el Papa, renunciar a palabras hirientes al juicio inmediato, a hablar mal de quienes no están presentes, al espíritu crítico, a los chismes, a la difamación, a la calumnia, a todo lo que hiere al prójimo.
Y dice el Papa:
Esforcémonos en medir las palabras y a cultivar la amabilidad en la familia, en el lugar de trabajo, entre de los amigos, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación.
¡Controlar las palabras! Que nuestras palabras sean de comprensión, sean amables, positivas, de cariño.
Y hace muchos años san Josemaría, en un punto de camino, nos decía:
Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca, la sonrisa amable para quien te molesta, aquel silencio ante la acusación injusta, tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos, el pasar por alto cada día a las personas que convive contigo, un detalle y otros fastidiosos e impertinentes.
¡Eso con perseverancia sí que es sólida mortificación interior! Qué buena manera para vivir la Cuaresma.
CAMINEMOS HACIA EL CIELO
Somos felices cuando vivimos para Dios y cuando vivimos para los demás, perdemos la felicidad cuando vivimos para nosotros mismos.
Cuando nos encerramos en nosotros, en nuestro egoísmo, eso nos aleja de los demás y nos lleva a la soledad.
Qué necesaria es la penitencia, y vivir la penitencia es sacrificarnos nosotros como se sacrificó Jesucristo en la cruz.
Nosotros también tenemos que aprender de Jesucristo, que es el modelo de amor, sacrificándonos y dándonos a los demás, ayudando a los demás, sirviendo a los demás.
Vamos a pedirle a nuestra madre la Virgen que nos ayude a vivir este tiempo de cuaresma.
Si tenemos que ir a confesarnos, vamos a confesarnos rápidamente. No lo dejemos para después, cuanto antes a la confesión, para que salir libres de ese Sacramento de la alegría.
Y junto con la Virgen, que es nuestra madre y que es causa de nuestra alegría, caminemos hacia el Cielo, que es la meta a la que tenemos que llegar.



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