¡Luz! ¡Enciendan la luz! O ¡Se fue la luz! Estas cosas a mí se me venían a la cabeza; típico, cuando no hay luz, y me acordaba de dos circunstancias.
La primera es en la guerra (la guerra civil que me tocó vivir durante mi infancia) ponían bombas en los postes de luz (donde estaban los transformadores) … aquello nos hacía pasar horas a oscuras. También recuerdo que cuando escaseaba el agua, por alguna sequía, había racionamiento de energía; a cierta hora se iba la luz…
Era desagradable estar sin luz… te limita mucho y, de pequeño, da miedo…
Pues así andaba la humanidad… el pecado original fue una bomba que dejó sin luz a la tierra entera.
Y con la oscuridad vino la confusión…
Cuenta Ronald Knox (un sacerdote anglicano converso al catolicismo) una pequeña historia acerca de una niña norteamericana que viajaba en un vagón de tren con literas. Los vagones de este tipo tenían un largo pasillo que daba a los vagones-apartamentos con literas, cada una de las cuales se aislaba con cortinas.
Esta historia sucedió hace bastante tiempo; ahora esos trenes son muy distintos. Pero bien, cuando todo el mundo estaba en sus literas y se habían apagado las luces, el vagón quedó completamente a oscuras; entonces, la niña, que no estaba acostumbrada a la oscuridad total, preguntó asustada: «Papá… mamá… ¿están ahí?…». Los padres de la niña debían haber ido quizá a tomar algo al vagón-restaurante y habían dejado sola a la hija. Como ella insistió una y otra vez, un viajero malhumorado le gritó: «Sí, papá está ahí, mamá está ahí y yo estoy también aquí, tratando de dormir… Así que cállate ya de una vez» …
Poco después aparecieron los padres. Y la niña asustada, que había guardado completo silencio, murmuró en voz baja, apenas audible: «Mamá… ¿era Dios?…»
Una voz malhumorada, antipática, procedente de la oscuridad y prohibiéndonos algo: esa es la noción que algunos tienen de Dios (cfr. Retiro para gente joven, Ronald A. Knox).
JESÚS ES NUESTRA LUZ
Y así estaba la humanidad en la oscuridad. Sin terminar de conocer bien a Dios.
En todo caso, Dios era el que había dado origen a los 637 mandamientos que cumplían los judíos. Y, los fariseos, se encargaban de recordar su cumplimiento, de exigirlo… Pero se había prometido la luz. ¡Y resulta que aquí estaba! Tú, Jesús, que eres el sol que viene de lo alto.
Aun así, algunos no tenían noticia y seguían sin luz. A oscuras…
El evangelio de hoy cita una de aquellas profecías:
“Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí en el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles, el pueblo que yacía en tinieblas ha visto una gran luz; para los que yacían en región y sombra de muerte una luz ha amanecido.” (Mt 4,15-16).
Se encendía la luz. Pero, aun así, unos no la vieron.
Por ejemplo, san Pablo, que era, además, fariseo y muy celoso de la ley judía. Hoy celebramos su conversión. Pero, ojo, su conversión fue pasar de la oscuridad a la luz. Porque andaba persiguiendo a los cristianos, fue testigo del martirio de Esteban.
“Respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor”
(cfr. Hch 9,1).
O sea: ciego. Cegado por su odio contra el misterio de Jesús de Nazaret.
Pero
“mientras se dirigía a capturar a los cristianos de Damasco, de repente lo envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: — Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Respondió: — ¿Quién eres tú, Señor? Y él: — Yo soy Jesús, a quien tú persigues.”
(Hch 9,3-5).
Vino la luz. Pero la luz era tan fuerte que Saulo quedó como ciego; como para hacerse cargo… de que él solo no podía, que tenía que dejarse ayudar, dejarse guiar… porque era ciego… o al menos andaba a oscuras.
CONFIANZA EN DIOS
Leía hace poco como uno contaba: “participé en una exhibición llamada “Diálogo en la Oscuridad” que había llegado de Frankfurt a Buenos Aires. Consistía en un paseo en grupo de cinco o seis personas por unos locales totalmente a oscuras ambientados como lugares reconocibles —una plaza, una avenida, un muelle junto a un río—, guiados por una persona no vidente y empleando incluso bastones para orientar nuestros pasos ciegos.
La idea me pareció estupenda, experimentar por una hora la situación en que viven los ciegos, con su parte solidaria (el ponerse en su lugar ayuda a ser más diligente a la hora de ayudarlos y saber mejor cómo hacerlo) y su parte de aprendizaje personal: con el paso de los minutos los otros sentidos se agudizan para suplir a la vista y uno aprende a reconocer sonidos, texturas, aromas, a los que quizás no les prestó atención por tiempo.
La experiencia terminaba en un bar, también totalmente a oscuras, para compartir una bebida con la guía no vidente: una joven de unos treinta y pico de años, en mi caso. Habíamos sido avisados de separar un billete para poder comprar la bebida.
Sentados a la mesa, la guía nos preguntó qué nos inspiraba el trayecto a ciegas. A mí se me ocurrió decir: «¡Qué confianza tienen que tener las personas no videntes en las personas a las que les piden ayuda!». Efectivamente, me imaginaba transeúntes malintencionados indicando mal a los cieguitos el número de un autobús o una dirección.
La respuesta de la guía fue sencilla: estamos acostumbrados a confiar porque no tenemos más alternativa. La confianza es la vista de estos no videntes. La confianza ilumina su camino.
DEJARNOS GUIAR
Justamente porque no todo es evidente, porque no todo es claro y fácil de comprender necesitamos de la confianza en Dios, que es la fe en el sentido vital del término. Es la apuesta por el sentido: desde aquí no se alcanza a ver el resto del camino, pero Dios sabe más, porque es todopoderoso y «porque es bueno, porque es eterno su amor» (Sal 134)” (La segunda conversión: En el camino de Emaús, Damián Fernández Pedemonte).
San Pablo tuvo confianza hasta que, por fin, se le cayeron las escamas de los ojos y pudo ver.
Si nosotros no vemos la luz, o no vemos con tanta claridad (a veces), lo mejor es dejarnos guiar. Si sigo con una imagen de Dios justiciero, lo mejor es dejarme guiar y aprender a reconocer a Jesús, que me ilumina, con esa luz que sale por todos sus poros. Y me muestra su rostro amable. Con el que me doy cuenta que, como decía el Papa Francisco, el nombre de Dios es misericordia.
No es fariseísmos, no es el cumplimiento aquel que es cumplo y miento, no es juzgar al otro y yo creerme el referente. No. Dios es luz. Dios es mi Padre y Jesús mi hermano y el Espíritu Santo un fuego que me enciende llenándome de alegría y de cercanía.
Y los tres confían en mí y me quieren. ¿No podría yo confiar también en ellos y dejarme llevar de la mano? ¿O tendrán que derribarme del caballo…? ¿Tendrán que ir a buscarme a mis Damascos y quitarme las escamas de los ojos…?
Pidámosle a san Pablo que nos ahorre oscuridad. Que interceda por ti y por mí, para que de la oscuridad pasemos a la luz. O pidámosle a Nuestra Madre, como hace un niño pequeño cuando se va la luz, que también grita: —Mamá. Y acude su madre.

