Hoy quisiera comentar la primera lectura de la misa en donde se narra la historia del pecado del rey David. Comienza así:
«Al cabo de un año, en la época en que los reyes suelen salir a campaña, David envió a Joab con sus más leales y con todo Israel. David, mientras tanto, permaneció en Jerusalén»
(2Sam 11, 1).
Suena así como muy épico. Pero aquí hay un detalle que no queremos pasar desapercibidos, que es la contradicción entre, en la época en que los reyes suelen salir a campaña, David permaneció en Jerusalén.
Aquí hay algo que no encaja, porque si David es rey, tendría que haber ido con sus más leales y con todo Israel a pelear a lo que él estaba acostumbrado, como cuando de joven peleó contra Goliat de la mano del Señor, confiando en el Señor y lo venció.
Esta vez, en cambio, David, parece que se ha aburguesado; en vez de ir a pelear, se queda en casa. Y aquí empieza el problema. Sigue narrando la historia. «Sucedió una tarde que David, al levantarse de la cama, se puso a pasear por la terraza del palacio real y vio desde allí a una mujer que se estaba bañando. Era muy bella».
La narración sigue aparentemente como muy idílica, se levanta a gusto, se pone a pasear, incluso ve una chica que es muy bella, se está bañando. Y el problema no es haberse topado con esa chica bella, porque él ni siquiera la buscó y aquella chica ni siquiera lo estaba seduciendo, ni mucho menos.
LO IMPORTANTE SON LAS SEGUNDAS
El problema viene antes; o sea, otra contradicción: una tarde en que David se levantó de la cama, uno se puede preguntar: ¿qué hacía David dormido en la tarde? Más bien, parece que tenía un desorden en su horario.
Y quizá esa pereza de desvelarse, de tener que recuperar el día y entonces levantarse perezoso por la tarde, da pie la pureza a la impureza, porque al ver a esta chica, pudo haber simplemente desviado la mirada, cuidar la vista. y decir, pues ya está.
Las primeras miradas son las que nos topamos y no tienen ninguna intención. Lo importante son las segundas miradas, cuando ya no estamos viendo a la persona, sino ya nos estamos fijando y la estamos convirtiendo en un objeto de placer.
Y parece que así hizo David, porque no solamente se queda con el goce de la mirada, sino entra la curiosidad.
«David mandó preguntar por la mujer y le dijeron, es Betsabé. Hija de Eliam, mujer de Urías, el hitita».
Su curiosidad le lleva a saber de esa persona y esa mujer no es cualquier mujer, tiene un nombre, es hija de una persona, tiene un padre y tiene un esposo.
Qué paradoja, se llama Urías, es un soldado del rey David, uno de sus mejores soldados. Pero David ya en ese momento como que no le importa nada de lo que escucha, sino que su deseo y su poder ya no tienen freno.
TODO SE QUEDA EN NUESTRO CORAZÓN

Sigue diciendo que David envió a unos para que se la trajeran y cuando llegó durmió con ella… así de sencillo. Y después ella se volvió a su casa.
Todo parece como una aventura, así como de “lo que sucede en Las Vegas se queda en Las Vegas”.
¡Pues no! Esa frase es quizá de las más mentirosas que existen, porque todo se queda en nuestro corazón y en el caso de esta mujer, no sólo en el corazón, sino también en su vientre.
«La mujer quedó embarazada y mandó recaudo a David para comunicárselo: “Estoy encinta”».
Balde de agua fría. Ahora sí, el rey David, el perezoso y hedonista entra en pánico. Ahora sí tiene un problema, ya no sólo es una aparente travesura inocua que nadie se va a enterar, sino que tiene una consecuencia tan profunda como la vida misma.
Entonces viene el segundo plan, que es peor que el primero, ya no solamente el pecado de adulterio, sino el pecado de la trampa y la mentira.
DAVID QUIERE ESCONDER SU PECADO
Ya no te lo leo porque el tiempo corre veloz, mejor te lo platico. David mandó a decir a Joab que le enviaran a Urías, el hitita, el esposo de Betsabé y le tiende una trampa. Le dice: “estoy preocupado por ti, ¿cómo va la guerra?” Y lo único que quiere David es esconder su pecado, que Urías vaya a su casa, que duerma con su mujer para que parezca que aquel bebé que va a nacer de Betsabé sea de Urías y no de él.
Pero lo que sucede es que Urías no duerme con su mujer y no lo hace por lealtad. Esto de alguna manera también es como una manera de gritarle a David su pecado.
Pero David, incluso ante esta actitud leal de Urías que le dice: “¿Cómo voy a ir con mi mujer y cómo voy a ir a mi casa si mis colegas, mis generales, están en guerra? El arca, el pueblo de Israel y el de Judá habitan en tiendas, ¿voy yo ir a mi casa a comer y debería dormir con mi mujer? ¡Por tu vida y por tu persona que no lo haré!”
Como no le sale esa trampa, finalmente David elige lo peor que es el asesinato. Escribe una carta al día siguiente y la manda con el mismo Urías. Y en ese recado escribe:
«pongan a Urías en primera línea, donde más recio sea el combate y déjenlo solo para que sea alcanzado y muera».
Pues cuando ya mentir no basta, manda aquella carta que es como un detalle espantoso: Urías lleva su propia sentencia de muerte sin saberlo. Confía en su rey hasta el final. Y aquí el pecado ha hecho su obra completa.
«Así pues, cuando Joab estaba sitiando la ciudad, puso a Urías en el puesto donde sabía que se encontraban los más aguerridos».
CAYÓ POR AMAR SIN VERDAD
Entonces, se da la batalla, cayeron bastantes del ejército y de los hombres de David y también murió Urías el hitita. Joab mandó comunicar a David todas las noticias de la guerra y le advirtió al mensajero, que le diga que también ha muerto el hitita Urías.
Urías muere, Betsabé guarda luto, luego David la toma por esposa y desde fuera todo parece arreglado. La historia podría terminar aquí, pero no termina. La Biblia añade una frase final, seca como un golpe de martillo:
«Pero lo que David había hecho desagradó al Señor»
(2Sam 1-27).
David no cayó por amar demasiado, sino por amar sin verdad. No cayó por ser débil, sino por creerse seguro. No cayó en un instante, sino paso a paso, como quien baja una escalera sin darse cuenta de cuántos peldaños ha descendido.
La historia de David no está escrita para que lo despreciemos a él, sino para que nos miremos en él. Porque el drama no es que David haya pecado. El drama sería pensar que nosotros estamos hechos de otra pasta y no, estamos hechos de la misma pasta.
Así que, si David cayó, es algo que Dios permitió para que tú y yo también saquemos experiencia, escarmentemos en cabeza ajena.
Pero bueno, esa es otra historia y es una historia de redención, porque aquí no termina. La historia continuará mañana en la misa. Y la parte más bonita de esta historia es cuando aparece el profeta Natán que llama a la puerta de David y viene la historia de la redención de David, que esa ya te toca a ti leerla mañana y meditarla, así que nos vemos en la misa.
Vamos a pedirle a la Virgen que nos ayude a conocer las historias de la Biblia como esta del rey David y a sacar nuestras propias consecuencias para nuestra lucha por ser humildes y por ser limpios en esta lucha, que es una lucha de amor hasta el último instante.



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