Hoy escuchamos en el Evangelio de la misa:
«En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa.
En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume»
(Lc 7, 36-38).
He leído un pasaje un poquito largo de este fragmento del Evangelio de san Juan propuesto por nuestra madre la Iglesia para que todos consideremos este jueves estas palabras, esta escena y saquemos alguna lección, aprendamos, te conozcamos más, Jesús.
Me traía a la memoria una cita que leí del papa Benedicto XVI, pero que no tengo acá físicamente y por lo tanto la voy a intentar repetir de memoria. No será literal, pero hacía referencia el Papa que, en nuestra época, de alguna manera, la culpa desaparece por el relativismo. O sea, que, si las cosas están bien o están mal según yo como me sienta, según me provoque, según yo opine, según yo quiera y no según lo que Tú quieres, Señor.
Uno puede hacer cosas que no están bien, puede hacer cosas que son malas, pero no tener culpa.
LOS CUBRÍA DE BESOS
Entonces, cuando volvemos a poner nuestra atención en el evangelio de la misa, lo que vemos en esta mujer es que está muy dolida por lo que ha hecho.
«Una mujer que había en la ciudad, una pecadora al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume».
Es una escena verdaderamente conmovedora. Ahora nosotros usamos zapatos y no es fácil imaginarse ese trato, pero es evidente que esta mujer está arrepentida.
Esta advertencia del papa Benedicto sobre la culpa me parecía oportuna, porque ciertamente tenemos que cultivar algo que en esa época los fariseos que rodeaban al Señor no parece que hayan cultivado. Fíjate cómo sigue el Evangelio.
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora»
(Lc 7, 39).
Ya ahí hay una desconfianza. Si no sabe que lo está tocando una mujer que no es muy virtuosa, pues Él mismo no es un Maestro, no es un profeta, desconfía.
NO ES COMPETENCIA
Tú, Señor, le propones una parábola donde le haces ver que había un prestamista con dos deudores y a uno le perdona 500 denarios y al otro 50. Y preguntas cuál de ellos le mostrará más amor. El fariseo que te acogía, Señor, en su casa, te responde:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más»
(Lc 7, 43).
Entonces ahí viene el quid de este evangelio. Aquel que le perdonó más está más agradecido. No se trata de competir para ofenderte más, Señor (sería absurdo) y así obtener un mayor perdón que una persona que no te ha ofendido tanto. No se trata de competir en quién te ofende más para recibir un perdón mayor, porque me estarías perdonando más a mí, no es eso.
Pero sí, la culpa, el arrepentimiento, el propósito de enmienda, aquello que me hace infeliz de haber ejercido mal mi libertad y que me consuela cuando yo, mostrando la herida, dejo que Tú me cures, Señor y me hagas percibir tu inmenso amor por mí, que está siempre dispuesto a perdonarme.
Entonces hay esa lección que creo que podemos sacar: los fariseos eran personas pegadas a la ley de Dios, querían cumplirla y lo hacían. Pero Tú, Señor, no te sientes atendido.
SENTIMIENTO DE CULPA
«Volviéndose a la mujer dijo a Simón: –¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies. Ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos».
Hay algo que el fariseo no ha hecho y que Tú, Señor, echas en falta. Y sigues diciendo:
«Tú no me diste el beso de paz. Ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies».
Sentimiento de culpa. Pareciera que el fariseo no se siente el culpable de nada y entonces la relación con Dios al no deberle nada, no es una relación de agradecimiento, de asombro. No es una relación de alguien que está deslumbrado, incluso desbordado, sobrepasado. No es alguien que de alguna manera mira de igual a igual a Dios.
Por eso este no ha tenido tantos detalles de atención contigo, Señor, porque te veía más como un igual. Mientras que la mujer te ve como el Hijo de Dios. Sigues Tú diciendo, Señor:
«Tú no me ungiste la cabeza con ungüento, ella en cambio, me ha ungido los pies con perfume»
(Lc 7, 44-46).
Vamos a pensar, hermanos míos, cómo es nuestro trato con Dios, si no es formal. O sea, toca y lo hago, hay que ir a misa los domingos, voy; hay que rezar en las noches, rezo. Hay que comulgar, voy y comulgo… ejecutar una normativa, pero no tratar a una persona.
Este es un riesgo. Te animo a que seas muy consciente de que cada acto de religión, cada acto de piedad, cada sacramento, cada oración, cada conversación es con Alguien que me escucha y que valora si lo he hecho con cariño.
“Me has dado un beso, me has ungido, me has hablado, me has mirado cuando me hablabas, te has dado cuenta de lo que decías cuando me hablabas, lo has dicho claramente…” Cuántas cosas que Tú notas, Señor y que yo puedo hacer mejor.
Vamos a aprender de esta buena mujer a tratar al Señor de manera que Tú, Jesús, te sientas como en ese momento, querido por ella.

