«¡Crucifícale, crucifícale!», gritaba el pueblo motivado por las autoridades para que condenen a Jesús.
Pilatos había sacado al peor de los ladrones, a Barrabás, a ver si el pueblo, en atención a esa democracia particular, eligiera la condena y crucifixión de Barrabás, que tenía todo un prontuario de criminalidad y delincuencia.
Pilato sabía que Jesús era bueno y que no se le debería condenar; el grito del pueblo salía del odio sembrado por el diablo en esos corazones.
No había razón ni coherencia, era una situación política; habían decidido que debería morir y solo gritaban: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!», pues al pueblo no le importaba que soltaran a Barrabás.
Hoy también las autoridades sueltan con facilidad a los peores criminales y a los terroristas, también por motivos políticos, y acusan a los buenos como si fueran los peores criminales.
La historia se repite en todo el mundo: existen tribunales de la maldad que absuelven a los malos y condenan a los buenos.
¿Cuánto dinero habrá por lo bajo, como esas 30 monedas que la autoridad le dio a Judas para que entregara a su maestro?
DIOS NUNCA SE EQUIVOCA
Es importante señalar la actuación de los dos personajes de la historia que hoy llamaríamos cobardes e impresentables y tenían un papel importante.
Poncio Pilato era gobernador y de él dependía que Jesucristo fuera perdonado. Y el otro personaje fue un apóstol, un hombre con vocación, que el mismo Jesucristo lo había llamado —y Jesucristo es Dios y Dios nunca se equivoca— y era Judas.
Judas pudo haber pedido perdón como Pedro y Jesucristo lo hubiera perdonado, pero no; fue cobarde también para eso, se desesperó y luego se suicidó.
Hoy también hay autoridades como Poncio Pilato, que actúan de un modo político y no de acuerdo con la verdad.
A Pilatos le preocupaba su puesto y cómo quedaría frente a los demás, a las otras autoridades y al pueblo que «democráticamente», pedían la crucifixión de Jesús.
Pilato tenía la verdad al lado, que era Jesucristo, y fue cobarde; no supo defenderlo. Hubiera pasado a la historia como una autoridad justa y honrada si hubiera perdonado a Jesús, pero pasó a la historia como un cobarde.
¿Cuántos hoy hacen lo mismo? Solo miran su reputación y su bolsillo y creen que su papel es contentar a la gente y no defender la verdad.
Los Judas también se han multiplicado en la historia*; personas que pertenecían a la iglesia y que incluso ocuparon cargos importantes, pero se descuidaron.
EL DIABLO TIENTA
Dejaron de rezar, pusieron su corazón en el dinero o en puestos relevantes o en su propia gloria y así poco a poco traicionaron a la Iglesia, argumentando que tienen motivos valiosos para hacerlo.
Como vemos también que hay un cúmulo de traiciones en los matrimonios cuando uno de ellos dice: «Me voy porque se me fue el amor, ya no me gustas, somos incompatibles».
Son en la mayoría decisiones de amor propio, del egoísmo, de intereses personales egoístas que entraron por una tentación.
El diablo tienta para que rompamos los compromisos con argumentos perniciosos que parecen que fueran buenos y son malos, que llevan a la ruptura. ¡Cuánto mal se hace y cuánto se pierde!
Con Jesucristo se cometió la injusticia más grande del mundo. Como consecuencia de ese juicio infame, sufrió los latigazos terribles, lo coronaron de espinas, lo insultaban, le escupían, se burlaban de Él.
Hoy se repiten los maltratos a los buenos junto a las grandes injusticias. La historia de la Iglesia tiene muchos mártires que han dado su vida por defender la fe.
El Vía Crucis es el camino de la amargura, que hoy Viernes Santo recordamos con pena.
Todo ese camino lo recorrió Jesucristo sufriendo estación por estación en medio de la muchedumbre, donde estaban muchos curiosos mirando esos padecimientos.
Y todos esos sufrimientos que padece Jesucristo, fueron por nuestros pecados. Nosotros pecando hacemos sufrir a Dios y lo llevamos a la cruz.
NADIE LO DEFENDÍA
Hoy contemplando esas escenas dolorosas, diríamos: «Juzgado por malhechor, estoy viendo a mi Señor».
Unos lo confundían, otros lo maltrataban, todos los criticaban, nadie lo defendía, se olvidaron del perdón, le quitaron el aprecio; su amor, que no tiene precio, queda desdibujado como si no hubiera actuado con rectitud de intención.
Y Jesucristo vino a traer el amor, vino para que todos nos comprendiéramos y nos amáramos amando a Dios.
Y el más bueno, Jesucristo, lo tratamos así, como si fuera un criminal; fue clavado en la cruz junto a dos ladrones y allí pronunció sus últimas palabras hasta que expiró.
Le acompañaban junto a la cruz su madre, la Virgen María, que sufrió tremendamente.
¿Cómo habrá sufrido la Virgen María, al ver a su Hijo maltratado y cosido al madero, a la cruz?
San Josemaría nos decía que debemos admirar la reciedumbre de santa María. Qué fortaleza, qué reciedumbre; y decía: «No hay dolor como su dolor».
El dolor de una madre que ve que maltratan a su hijo hasta la muerte; sin embargo, María no hizo escándalo, la escritura dice que ponderaba las cosas en su corazón.
Luego, al final, pues le entregaron a su hijo muerto y ella lo recibe en sus brazos. Recordaría María aquellos años cuando Jesús era un niño, un bebé y estaba en sus brazos y lo amaba allí con tanta ternura viendo a Jesucristo recién nacido.
Y ahora también lo tiene la Virgen en sus brazos, pero Jesús con 33 años y muerto.
AHÍ TIENES A TU MADRE
Qué impresionante es esa imagen de la Piedad, que hay en la Iglesia de san Pedro,
Miguel Ángel estudió medicina para poder hacer esa imagen, ver cómo era un cadáver, cómo podía hacer esa escultura.
Ahí está para la veneración, pues de tanta gente que entra allí a rezarle a la Piedad de Miguel Ángel, en san Pedro.
Y recordamos esas palabras de Jesús en la cruz antes de fallecer, le dice a san Juan, señalando a la Virgen María:
“«Ahí tienes a tu madre.»” (Jn 19, 27)
Juan se quedó con el encargo de cuidar a su madre y Juan nos representa a nosotros; en cierta manera, nosotros también tenemos que cuidar a la Virgen.
Y a la Virgen le dijo Jesús, señalando a san Juan:
««Ahí tienes a tu hijo».» (Jn 19, 26)
Juan, como nos representa a nosotros, también la Virgen María es madre nuestra y también ella nos cuida.
SIEMPRE A NUESTRO LADO
La Virgen sabía que todos nosotros somos sus hijos y por eso pues está siempre a nuestro lado con un amor incondicional que notamos toda la vida y agradecemos.
Agradecemos al Señor tener esa madre tan buena que es la madre suya también.
Y hoy esperamos la resurrección de nuestro Señor Jesucristo; la resurrección que nos llena de vida, nos llena de alegría y de una acción de gracias continua.
Tenemos una fe grande en esa resurrección porque nosotros también, si Cristo resucita, nosotros también resucitaremos para estar viviendo felices en el Reino de los Cielos.

