CRECER ESPIRITUALMENTE
“El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció y se hizo árbol y los pájaros anidan en sus ramas. […] También es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina hasta que todo fermentó”. (Lc. 13,18-21)
Todas las personas debemos crecer. No crecer es un síntoma de dejadez, de abandono.
Hay un crecimiento físico que también necesita de una disciplina: estar en salud, hacer deporte, alimentarse bien… Y un crecimiento espiritual para ser mejor, ser más buenos. El mundo necesita de la bondad de la gente, de la generosidad, de la veracidad, de tantas virtudes que los seres humanos debemos tener para ayudar a los demás.
CRECER EN ADORACIÓN
La madurez de una persona es cuando está cerca de la misericordia, cuando ya es misericordioso. Todos tenemos que conseguir estas metas, y ser misericordioso es el que tiene compasión y ternura cuando ve en los demás alguna necesidad, algún problema, algún sufrimiento.
Es saber recibir con los brazos abiertos a las personas. Muchos necesitan de nuestro servicio, de nuestra paciencia, de nuestra generosidad, de nuestro tiempo, de nuestro cuidado, de nuestra atención y de nuestro cariño.
Más se consigue con la suavidad que con la severidad. Es una experiencia que todos tenemos: cuando se reclama mano dura, no se reclama violencia sino orden. San Josemaría decía: “Guarda el orden y el orden te guardará a ti”.
HIJOS QUE CRECEN EN EL BIEN
El orden también tiene que ver con la virtud cardinal de la justicia, que es el orden para darle a cada uno lo suyo. Toda persona, si quiere ser coherente y ser buena persona, debe ser generosa. O sea, tener la capacidad de dar y saber qué cosa es lo que tenemos que dar.
Jesucristo nos dio su vida para rescatarnos de la esclavitud del pecado. Dios Padre es providente y nos alcanza los medios para existir y para lograr ser una persona buena.
Un padre de familia cumple con su misión cuando le da a sus hijos lo necesario para vivir y la educación para que sean personas serviciales, generosas y talentosas. Unos padres generosos no le dan a los hijos cualquier cosa. Tampoco deben engreír a los hijos y convertirse luego en esclavos de los caprichos de ellos.
Los padres deben formar bien a sus hijos enseñándoles -y enseñándoles a tiempo– lo que es bueno para que lo asimilen pronto y aprendan a querer. Y entonces siempre en casa los padres le advierten a los hijos de lo que es bueno y de lo que es malo, para que quieran el bien y rechacen el mal.
Y luego serán generosos con ellos cuando les dan lo mejor para que sean mejores, lo mejor para que sean buenos y serviciales, para que aprendan a querer, para que aprendan a amar.
Ese es el gran objetivo y la gran meta de todos los padres: que sus hijos sean buenas personas que saben amar a Dios y amar a los demás.
Una buena formación hace útil a la persona para las buenas obras. La dedicación de los padres a los hijos debe ser intensa y continua.
No se debe dejar de educar: no deberían existir temporadas de abandono, de lejanía en la educación. San Josemaría decía que los hijos son mejor que los negocios y quizás el mejor negocio es educar bien a los hijos, porque se trata no sólo de hacerlos ciudadanos de la tierra, sino también ciudadanos del cielo.
LA AUTORIDAD SE GANA CON AMOR
Los padres son instrumentos de Dios para conseguir que los hijos recorran el camino correcto. Por eso es importante que los padres vayan por delante con el ejemplo. Los hijos saben perfectamente si sus padres son sinceros o si simplemente están actuando y no viven lo que están diciendo.
El ejemplo es el mejor predicador: si los hijos ven que sus padres quieren mucho a Dios y que,por lo tanto, tienen una vida coherente –se nota precisamente en el cuidado y el cariño que tienen con ellos, con los hijos-, entonces esos padres tendrán autoridad, el prestigio de la autoridad frente a los hijos.
Crecer en autoridad es ese prestigio que se tiene y por el cual pues los demás están dispuestos a seguir, a escuchar, a valorar. Los hijos dirán: “Mis padres son muy buenos y son buenos con todos”. “Mis padres valen oro”, dirían los hijos cuando los padres tienen autoridad, cuando son buenos, cuando están junto a ellos, cuando están pendiente de ellos, cuando los quieren de verdad.
El mundo necesita con urgencia que los padres ejerzan la paternidad. Si los padres están en conexión con Dios, si tienen una vida de amor a Dios, sabrán participar de la paternidad divina y tendrán toda la fortaleza de Dios, que es amor, para educar a los hijos.
El mundo tiene ahora un problema grave y es que muchos padres no ejercen la paternidad. Unos porque no tienen tiempo, están metidos en sus trabajos o viajan mucho y dejan solo a sus hijos. Y otros porque son autoritarios, duros y tienen a sus hijos aplastados casi -los hijos tienen miedo de esos padres que son demasiado exigentes, que no les comprenden.
ENSEÑAR A AMAR A DIOS
Si de niños aprendimos a tratar a Dios Padre, nos irá muy bien en la vida. En la oración que Jesucristo nos enseñó, el Padre Nuestro, decimos: “Padre Nuestro que estás en los cielos”. San Josemaría nos decía: “tenemos que tenerla cabeza en el cielo para tener los pies en la tierra”.
Y entonces en el Padre Nuestro ya elevamos nuestra cabeza al cielo para hablar con Dios Padre. Es la mejor manera de ser realistas, de conocer la verdad.
Dios, que es la verdad, nos hace conocer la realidad. Despeja de nuestra cabeza las dudas y nos hace profundizar para no quedarnos en la superficie o en fantasías que nos puede traer nuestra imaginación. La imaginación, cuando no la controlamos, es, así lo decía san Josemaría, como “la loca de la casa”.
Es importante centrar nuestra cabeza en Dios, nuestro entendimiento, nuestra inteligencia. Cuando lo hacemos, damos gloria a Dios.
Nos damos cuenta de eso: que lo más importante es dar gloria a Dios, lo más importante de una persona. Para que Dios esté bien alto siempre en los corazones de las personas y en la sociedad, darle a Dios toda la gloria que se merece, amarlo sobre todas las cosas y tenerlo siempre en primer lugar al que es todopoderoso.
Si lo tratamos con frecuencia, sabremos que con Dios todo se puede, no hay nada imposible. Pero es importante que lo conozcamos cada día mejor, para incluirlo en nuestra vida, en nuestro trabajo, para tenerlo presente, para lograr que la gente lo quiera y le adore, y sepan que lo más importante del mundo es hacer la voluntad de Dios.
El mismo Jesucristo nos enseña en el Padre Nuestro:“hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Y san Josemaría nos decía que la llave para entrar en el reino de los cielos es hacer la voluntad de Dios.
A él también le pedimos que nos libre del maligno y que nos perdone nuestros pecados como nosotros perdonamos a nuestro prójimo.
Un padre sabe perdonar a su hijo como el padre del hijo pródigo. Y de los padres, de los buenos padres,aprendemos a perdonar. También de la Virgen María que nos perdona siempre y le decimos a ella: “vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos”, que son los ojos de perdón que muchas veces necesitamos de nuestra madre.

