“Yo, como Tomás”. No sé si has escuchado esa expresión ante una noticia demasiado buena que hasta parece irreal, uno responde: “yo, como Tomás, hasta no ver, no creer”.
Imagínate que llegan tus compañeros de clase, una materia dificilísima, el examen tremendo y te dicen: “hey, el profesor dijo que los que han entregado todas sus tareas exenta en el examen” y tú dices: “caray, esa es una noticia buenísima, pues yo como Tomás, hasta no ver no creer”.
O que llegas a la chamba, a la oficina y te dicen tus colegas: “oye, vino el jefe y nos anunció que van a aumentar un 15% nuestro sueldo porque hemos trabajado muy bien”, como un premio; pues como Tomás.
O llegas a tu casa y tus hermanos te dicen: “oye, papá dijo que vamos a ir de vacaciones a ese lugar que siempre has deseado ir, que desde chiquito imaginas… pues yo como Tomás, hasta no ver, no creer.
Y así es porque Tomás, uno de los apóstoles, no estaba presente cuando Jesús se apareció después de resucitar. Jesús, que es verdadero Dios, verdadero Hombre, murió por nuestros pecados en la cruz, lo vieron muerto. Y dijeron, esto ya se acabó, porque ya murió, ya después de la muerte, ¿qué más podemos esperar?
TOMÁS NO CREYÓ
Tú, Señor, les habías dicho que ibas a resucitar, se los dijiste varias veces a los apóstoles, pero ellos no entendían. Resucitaste y te apareciste varias veces.
Te apareciste a las santas mujeres, te pareciste a los apóstoles, pero no estaba Tomás y sus compañeros le dicen cuando lo ven: “Tomás, Tomás, una muy buena noticia, Jesús resucitó como lo había dicho y se apareció. Estábamos aquí y apareció”.
Y las santas mujeres también le dicen: “Tomás, Jesús resucitó, lo vimos, lo abrazamos, vimos las marcas de los clavos en sus manos, en sus pies”. Y él:
«Si no veo las llagas yo mismo y no meto mi dedo en el orificio de los clavos y mi mano en su costado abierto, no voy a creer».
“Si no veo, no voy a creer”. Así se puso Tomás. Y nosotros, que conocemos la historia, que estamos desde fuera como unos espectadores, podemos decir: qué necio Tomás, le están diciendo que resucitó y sí resucitó, así se le va a aparecer a él también.
De hecho, se le aparece el Señor y le dice:
«Tomás, ven aquí, trae tu dedo y mételo aquí en el agujero de los clavos, trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino fiel».
Y Tomás dice:
«Señor mío y Dios mío»
(Jn 20, 19-31),
haciendo esa declaración en la divinidad de Jesús.
DIOS CONOCE NUESTRAS DEBILIDADES
Qué bonito, porque Tú, Señor, conoces nuestra debilidad, conoces que nos cuesta creer, que quizá a veces hemos sido engañados y que no nos la creemos tan fácil.
Desde fuera podemos juzgarlo: ¿por qué no crees? Cree. Como cuando vemos una película, que el protagonista no se da cuenta que el asesino está detrás de la puerta y nosotros sí nos damos cuenta, “¡ahí detrás, date cuenta, date cuenta!”
Pues así también los santos pueden decirnos en el Cielo: “hey tú, cristiano, cree, cree en el testimonio de la Iglesia, cree en las verdades de fe. Que tu vida se adecúe a esas verdades para que seas más feliz, para que vivas más libre, para que estés más contento siempre, porque Dios te quiere tremendamente; para que te des cuenta de que Dios está muy cerca y nos quiere y nos quiere comunicar una cantidad de bienes y de gracias infinita porque es su misma vida divina.
A veces nosotros podemos ser también un poco necios ante las verdades de nuestra fe. Por ejemplo, que Jesús está presente en la Eucaristía. Eso lo hemos escuchado siempre. Hicimos nuestra Primera Comunión, nos preparamos, nos compramos un traje nuevo, un vestido nuevo y fuimos a la Primera Comunión y vamos a misa los domingos y comulgamos cuando estamos bien preparados.
Pero Señor, Tú estás ahí en la Eucaristía vivo, estás siempre en el Sagrario y estás para que vayamos a hablar contigo, para que vayamos a visitarte, para que vayamos a que nos digas tantas cosas tan hermosas que nos quieres decir y nos bendigas.
PROPÓSITO
¿Cómo está mi fe en la Eucaristía? Si no voy a misa todos los días, puedo proponerme el ir a visitar al Señor al sagrario, a la iglesia donde está el sagrario donde Él está ahí presente. Ir todos los días, aunque sea un ratito, saludarlo, hacer la genuflexión, ese acto de adoración, con la rodilla derecha hasta el suelo.
No tengo que persignarme cuando hago ese gesto, no es necesario, son casos distintos, no van juntos; pueden ir juntos, pero no necesariamente.
Hago la genuflexión, la rodilla derecha hasta el suelo, mirando al sagrario y diciendo a Jesús: te adoro, creo que estás realmente presente en la Eucaristía; hacer una visita o estar ahí unos cinco – diez minutos.
Y si eso ya lo hago, puedo proponerme ir a misa algún día extra entre semana, además del domingo.
Si voy todos los días, puedo proponerme prepararme mejor para misa o después de comulgar, quedarme un ratito en acción de gracias, porque sé que la hostia donde está el Cuerpo de Cristo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, permanece en mí, en mi cuerpo, en mi estómago, dentro de mí, en el centro de mi cuerpo, un ratito. En lo que esas especies eucarísticas permanecen, ahí está Jesús también con su cuerpo dentro de mí.
Es una maravilla. Señor, auméntame la fe. Jesús está en la Eucaristía, Jesús está también dentro de nosotros, es otra verdad de fe. Si estamos bautizados, el Espíritu Santo entra a vivir en nuestro interior y ahí está.
SAN JUAN DE LA CRUZ
Hace unos días leía sobre la doctrina de san Juan De la Cruz. Él dice una cosa muy bonita de Dios dentro de nosotros. Te voy a leer un par de párrafos.
“Juan De la Cruz, en la línea del Maestro Eckart, (que es un gran místico medieval) y los místicos franciscanos del recogimiento, invita a lograr la reflexión de las potencias al centro o sustancia del alma.
Para que el hombre logre la unión con Dios necesita recoger los sentidos y potencias al centro. Describe este fenómeno como un embebecimiento, un anihilarse, un congregarse en lo más interior y recóndito de la persona.
Proceso de interiorización y simplificación hacia el yo esencial y originario, hacia el punto de arranque de las fuerzas del hombre, aún no diversificadas en sentidos y potencias. Sólo ahí es posible la unión de esencia a esencia, de sustancia a sustancia, de Dios solo y el alma sola.
El centro o corazón es el punto de concentración del hombre, que lejos de despersonalizarlo, lo aclara, lo unifica y le da plenitud.
El centro de la tierra se encuentra en medio de la misma; el centro del alma es Dios. Cuando llegue a Él, según toda su capacidad de ser y fuerza de operación e inclinación, el alma habrá alcanzado su último y más profundo centro”
(SADA Ricardo, Para este finde amor fuimos criados, vida y doctrina de san Juan De la Cruz, Yaye libros 183-4).
Me encantaron estas palabras, yo nunca había imaginado: el centro del alma es Dios.
DIOS ESTÁ PRESENTE EN LA EUCARISTÍA
Hace rato decíamos que Dios está al centro de nuestro cuerpo. Cuando lo hicimos en la comunión, su Cuerpo está dentro de nosotros, pero Dios habitualmente está dentro de nosotros, Él es nuestro centro. Si conseguimos llegar a Él dentro de nosotros, ya conseguimos el fin para el cual fuimos creados.
Bueno, pues eso es la oración, es lo que procuramos hacer ahora en estos diez minutos y en otros momentos de recogimiento. Dios está presente en la Eucaristía, Dios está presente en nosotros, Dios está presente en los demás.
También vivir la caridad, pero ya se nos acabó el tiempo, pero también es otro tema: cómo tratamos a los demás, cómo procuramos ayudar a los demás, sobre todo a los más necesitados.
Pues que nuestra vida de fe tenga esas consecuencias prácticas. Se lo pedimos a la Virgen porque nos cuesta: Madre nuestra ayúdanos a tener una fe más grande, para que nuestra vida refleje que Dios está cerca de nosotros y que lo sabemos y eso nos llena de alegría.

