CARLOS LWANGA
Hoy celebramos a san Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, que fueron unos jóvenes africanos que dieron la vida por Cristo en Uganda en 1886.
San Carlos Lwanga conoció el Evangelio gracias al testimonio de cristianos que servían en la corte del rey Mwanga II, y siendo todavía catecúmeno, entró al servicio de la Casa Real como ayudante de Joseph Mukasa, responsable de los pajes. Y justamente José fue asesinado por animar a los jóvenes a mantenerse fieles a Cristo y resistir las exigencias inmorales del rey.
Aquella misma noche en que iba a sufrir el martirio, comprendiendo que podía llegar también su hora, Carlos pidió y recibió el bautismo. Poco después fue encarcelado junto a estos otros jóvenes cristianos, y en medio de ese miedo, Carlos se convirtió en apoyo para todos y su fe fortaleció a sus compañeros para permanecer fieles a Cristo, castos y firmes de sus convicciones.
Finalmente, por negarse a participar en actos inmorales y por la protección que dio a los demás jóvenes de aquellos abusos, fue condenado a morir quemado vivo, y eso pasó un 3 de junio de 1886. Su historia nos recuerda que la santidad no consiste en dejarse llevar, sino en a veces tener luchas, en permanecer fieles a Dios en medio de esas luchas.
LLAMADOS A LA SANTIDAD
La historia de estos mártires nos ayuda a comprender una verdad muy importante para nuestro tiempo, porque hoy existe mucha confusión entre la persona y sus inclinaciones, pero la Iglesia siempre ha distinguido claramente ambas realidades. La tentación no es pecado, la inclinación no es pecado, la lucha interior no es pecado. Lo que define a una persona no son sus tendencias, ni sus heridas, ni sus fragilidades, lo que define a una persona es que ha sido creada por Dios y llamada la santidad.
Los mártires de Uganda no fueron asesinados porque alguien tuviera determinadas inclinaciones, fueron asesinados porque se negaron a participar en actos que eran contrarios a la Ley de Dios, porque defendieron su dignidad y la dignidad de todos sus compañeros. Esos ataques sexuales que el rey quería aplicarles, pues ellos supieron dar la vida para no caer en esa inmoralidad.
Yo creo que la lucha moral de todo cristiano consiste precisamente en esto, en aprender a ordenar la propia vida hacia Dios, porque todos tenemos inclinaciones desordenadas de una manera o de otra. Todos tenemos combates interiores, todos necesitamos la gracia, unos tienen la tendencia natural a ser agresivos o iracundos, o no tienen nada de paciencia, bueno eso es una tendencia normal.
Y cuando uno tiene esa tendencia no puede dejarse llevar, es que mi carácter es así, es que mi forma es así. Hay personas que tienen tendencia a las personas del mismo sexo por ejemplo, bueno eso es una tendencia, pero eso no les hace de por sí inmorales, eso es un combate interior que tendrá esa persona, igual que otra puede tener esa tendencia natural a ser más iracundo o poco paciente o desordenado.
FUIMOS CREADOS PARA LA ETERNIDAD
Bien, si todas estas personas, todos tenemos estas formas de tendencias que son naturales, pero que en realidad van en contra de la ley de Dios, entonces lo que tenemos que hacer es tener ese combate interior, porque todos necesitamos la gracia, y por eso nadie puede mirar al otro desde una supuesta superioridad. Todos estamos necesitados de misericordia.
Y en el Evangelio del día de hoy, los saduceos intentan ridiculizar la resurrección y piensan solamente en esta vida. Pero Jesús les abre los ojos hacia algo mucho más grande, dice que
«fuimos creados para la eternidad» (Cf.).
Mira, yo creo que los mártires de Uganda entendieron esto, porque ellos podrían haber cedido para salvar su vida, ellos podrían haber buscado una salida fácil, pero comprendieron que la verdadera vida no termina en esta Tierra, y por eso fueron capaces de entregar incluso su cuerpo.
La fe cristiana no consiste simplemente en portarse bien para evitar problemas, consiste en prepararnos para vivir eternamente con Dios. Y Dios utiliza incluso nuestras pruebas para purificar nuestro corazón.
Las heridas nos enseñan a tener compasión, las caídas a tener humildad, las luchas nos enseñan a depender más de Dios, y los sufrimientos a ser misericordiosos. Todo puede convertirse en un camino al Cielo, por eso nadie puede sentirse excluido de la Iglesia, y esta realidad tiene consecuencias muy concretas.
MÁS ENCUENTRO CON CRISTO
Si todos estamos en camino, nadie puede sentirse excluido de la comunidad cristiana, y a veces nos encontramos con personas que viven situaciones difíciles, divorciados, vueltos a casar, personas con tendencias homosexuales, o que han tenido una historia complicada, otros alejados de la fe durante muchos años, o quienes luchan con distintas fragilidades…
Y pueden decirles esta Iglesia ya no es para ti. Pero nadie puede decirles eso. No, nadie puede decirles. Y la respuesta de Cristo es exactamente la contraria, necesitan amar más a la Iglesia, más a la Iglesia, necesitan más oración, más acompañamiento, necesitan más comunidad, más adoración.
Necesitan más caridad y más encuentro con Cristo. Quizás estas situaciones particulares que requieren discernimiento respecto a los sacramentos, es importante hablar con un sacerdote, por supuesto. Y si se vive en una situación de pecado no se puede acceder directamente a la confesión y a la eucaristía.
Pero jamás se puede dudar del amor de Dios, jamás respecto a su pertenencia al pueblo de Dios, a la iglesia. Jamás respecto a su llamada universal a la santidad. Dentro de ese ámbito tendrán que ser santos.
La Iglesia es madre y Señor, ayúdanos a que veamos con esos ojos de misericordia. Que nunca juzguemos, eso no te debe gustar para nada a Ti. Porque Tú has querido que la Iglesia sea como una madre, y una madre no abandona a sus hijos cuando más la necesitan, para nada.
CON LA MIRADA EN EL CIELO
Por eso, cuando san Pablo VI canonizó a los 22 mártires ugandeses, eso fue en 1964, tuvo un gesto muy significativo. También recordó a los jóvenes anglicanos que murieron por defender la misma dignidad y los mismos valores.
Es una enseñanza preciosa esa, porque antes de ver etiquetas, estos son católicos, estos no, Cristo ve personas. Antes ver categorías, estos tenían una tendencia o estos no. Cristo ve hijos y antes de ver errores, de las cosas terribles que sucedían. Pues Cristo ve almas llamadas a la salvación.
Y nosotros estamos llamados a aprender de esa misma mirada, la mirada de Cristo.
Señor, que tengamos siempre tu misma mirada, que distingamos al pecado del pecador. Que tengamos esa mirada que rechace el mal, pero nunca deja de amar a quien lucha. Esa mirada que corrige con verdad, pero que acompaña con misericordia.
Hoy Jesús nos recuerda que no es Dios de muertos, sino Dios de vivos. San Carlos Lwanga y sus compañeros creyeron profundamente esa verdad, por eso fueron capaces de entregar la vida.
Pidamos su intercesión para que nosotros también aprendamos a vivir con la mirada puesta en el Cielo. A distinguir siempre entre el pecado y la persona. A acoger siempre sin excluir. Anunciar la verdad con caridad y ayudar a todos nuestros hermanos a caminar hacia la vida eterna. Porque el objetivo de la Iglesia no es señalar quién está lejos del Cielo. El objetivo de la Iglesia es ayudar a que todos lleguemos a él, al Cielo.
Madre mía, ponemos estas intenciones en tus manos para que nos ayudes a llegar al Cielo con san Carlos Lwanga y sus compañeros,

