Un niño se levanta muy emocionado porque sabe que ese es el gran día que estaba esperando, el día en que su padre le ha prometido que ya no iría a la peluquería infantil, sino que “ahora vamos a cortarnos el pelo donde los grandes”.
Por primera vez en su vida iría a la barbería de los hombres de verdad. El papá también se acuerda de la promesa y entonces lo lleva donde Giuseppe, su barbero de confianza.
El niño entra en la barbería, se sienta. Está allí esperando nervioso a que llegue su turno y se fija en todo porque el lugar lo tiene impresionado. Los colores, el olor, las sillas ya no son las sillas de los carritos o las sillas de los ponis, sino que estas son las grandes ligas.
Estamos en la barbería de los hombres de verdad y finalmente llega su turno, pasa, se sienta en la silla del barbero y el barbero en complicidad con el padre, lo trata con muchísimo cariño, pero con mucho respeto: “Buenos días caballero, ¿cómo quisiera su corte?” dice Giuseppe el barbiere, mientras le guiña un ojo al padre del niño.
Sorprende porque el niño responde con total seguridad, como todo un hombrecito: “Quiero un corte de calvo, como mi papá”. Nadie se esperaba esa respuesta. Pero tiene toda la razón, tiene toda la lógica, porque un niño orgulloso de su padre, al que quiere muchísimo, lógicamente tiene ilusión por parecerse a él.
Es el amor a su padre lo que le mueve a ser tan observador, a fijarse en lo que capaz mucha gente no se detiene mucho y después querer imitar a ese padre tan bueno.
FILIACIÓN DIVINA
Es justamente esa ilusión la que Jesucristo quiere que vivamos los cristianos. Por eso nos hace esa invitación también el día de hoy con el Evangelio:
«En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Sean misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso»
(Lc 6, 36).
Con esta anécdota del inicio nos damos cuenta de que ahora este evangelio no se trata de una exigencia cruel; no se trata de una simple amenaza o de una imposición, sino que es una invitación a vivir nuestra filiación divina de un modo muy concreto.
Con estas palabras Tú, Señor, nos estás pidiendo que, como niños pequeños, nos fijemos más en nuestro Padre del Cielo.
¿Cómo percibo yo esa bondad y esa misericordia de Dios en mi vida? ¿Qué tan seguro estoy de esa ayuda de Dios? ¿Qué tanto quiero yo a Dios como mi Padre? ¿Con cuánta frecuencia le agradezco hasta los favores más pequeños que me hace todos los días?
Estas preguntas son muy importantes porque una vez que las respondemos, después es mucho más fácil vivir lo que nos está pidiendo Jesucristo en el Evangelio de hoy:
«No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados, perdonen y serán perdonados, den y se les dará»
(Lc 6, 37).
Claro, ahora todo esto tiene otro color. Ya el modo de luchar será más bien decir: “Yo perdono como mi Padre Dios”, “yo comprendo como mi Padre Dios”, “yo soy generoso como mi Padre Dios”.
Me llena de orgullo (aunque no quiere decir que no me cueste y no quiere decir que me salga siempre fácil) parecerme a mi Padre Dios.
COMO EL NIÑO DE LA BARBERÍA

Jesucristo viene a revelarnos el verdadero y auténtico rostro del Padre y para que eso no quede en una descripción teórica, nos ayudan muchísimo con la parábola del hijo pródigo.
De modo que ahora en el 2026, en el siglo XXI, tú y yo podamos hacer como ese niño de la barbería. Nos fijamos en nuestro Padre Dios, en este caso, con los brazos abiertos para recibirnos en cada confesión.
¿Cómo es ese rostro de Dios en cada confesión? El que tiene todos los datos para juzgarnos con severidad, porque vamos, sí nos hemos equivocado y vaya las miserias que tenemos. Pero nos sorprende porque el confesionario ahora es el único tribunal en el universo donde nos acusamos de nuestras equivocaciones y lo que recibimos a cambio es una sentencia de libertad.
Allí vemos cómo Dios es el primero que cumple con esta promesa del evangelio de hoy, porque en cada confesión se nos ofrece una medida buena, apretada, remecida y rebosante de su gracia. Así actúa nuestro Padre Dios. Vamos a pedirle un corazón como el suyo, que nos parezcamos cada vez más a su corazón.
CAMBIAR LA MEDIDA
Por ejemplo, un propósito más concreto para esta Cuaresma: en lugar de mirar tanto todo lo que el otro hace mal, vamos a preguntarnos al menos antes: ¿Cómo actuarías Tú, Señor, Padre mío, con esta persona si Tú estuvieras en mi lugar?
Y para que no se nos olvide, vamos a apoyarnos en algo que nos vamos a robar del evangelio de hoy, que es el boomerang espiritual. Es decir, la medida que usemos va a ser la medida que recibamos. Esto es una imagen cheverísima, muy buena. La medida apretada, remecida y rebosante que se echa en el delantal (como los campesinos o los vendedores de grano en esos tiempos de Jesús).
Por eso, en esta Cuaresma, Dios nos invita a que cambiemos la medida con la que medimos a los demás.
Ejemplos muy cotidianos: que cambiemos la medida con que juzgamos a ese familiar que siempre llega tarde o la medida con la que condenamos a ese compañero de trabajo o al vecino; o que cambiemos la medida con la que perdonamos o no perdonamos una ofensa antigua que todavía nos sigue doliendo.
EL PERDÓN ABRE EL FUTURO

Hay uno de los salmos que me parece francamente bonito, que es uno de los que más se utiliza en este tiempo de Cuaresma, es el salmo 129, se repite muchísimo:
«Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de Ti procede el perdón y así infundes respeto»
(Sal 129, 3-4).
Este salmo nos muestra el rostro del Padre. Y nuevamente te pedimos, Señor, como hijos tuyos, que en esta Cuaresma nos queramos parecer más a Ti.
Ojalá recordemos esto cuando nos planteemos los ayunos de las críticas, los ayunos de los juicios (aunque sean sólo en nuestro interior); los ayunos de los agravios por las injusticias recibidas en el pasado (como dicen por allí: “el perdón es verdad que no borra el pasado, pero sí que abre el futuro”).
Ojalá que vivamos esto cuando vivamos los ayunos de las condenas, a veces esas condenas irreversibles que hacemos ante los defectos de los demás.
Que cada Padrenuestro, en esta Cuaresma, bien rezado, nos recuerde lo bien que nos trata Dios, nuestro Padre, dándonos un día más de vida, dándonos nuevas oportunidades para recomenzar cuando nos caemos, dándonos los medios más que suficientes para llegar al Cielo y ojalá que queramos imitarlo.
PARECERNOS MÁS A DIOS
«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros…»
(Mt 6, 12).
Ojalá que eso lo podamos decir de verdad. Que esta Cuaresma no se trate solamente de no hacer cosas malas, sino más bien de imitar activamente ese estilo de Dios, que es nuestro Padre.
Así, la Cuaresma no se trata solamente de aguantar durante cuarenta días, sino de esforzarnos por parecernos cada vez más a ese Padre tan bueno.
Sorprendentemente, muchos piensan que ser misericordioso es ser el blando o ser el tonto, pero si nos fijamos en las acciones y en las palabras de Jesús, nos damos cuenta de que es todo lo contrario. Sólo alguien que es verdaderamente fuerte, es capaz de vivir la misericordia porque exige lucha y exige vencerse; vencer a ese enemigo interior del egoísmo, del rencor, de la soberbia y vaya que estamos seguros de que no es fácil ganarles.
De hecho, nos preparamos en estos días para ser otra vez testigos de esa fortaleza de Dios, el perdón de Cristo en la Cruz. Caray, ¡qué sorprendente!
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»
(Lc 23, 34).
¿Me vas a decir tú que no hace falta fortaleza para decir esto? Esto no es debilidad, sino que es la máxima expresión de la fortaleza divina.
Por eso, cada vez que nos preguntemos en el examen de conciencia en estos días: “¿a quién te quieres parecer?” La respuesta será una respuesta llena de orgullo, como la del niño de la barbería: “me quiero parecer a mi Padre misericordioso”.



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