Hoy 2 de enero, todavía resuenan en nuestros corazones esos propósitos que hemos hecho para empezar este nuevo año. Acudir a nuestra Madre Santísima para pedirle a ella que nos ayude a ser mejores. Me parecía que podía ser una buena forma de empezar este rato de oración, Señor, a partir de este evangelio que nos propone la Iglesia el día de hoy, que es el primer capítulo de san Juan.
“Los judíos que envían sacerdotes y levitas desde Jerusalén. – O sea, que él debe estar fuera, seguramente- y le preguntan: —¿Quién eres tú? Él confesó, y no ocultó: Juan el Bautista, no soy el Mesías. Entonces le preguntaron: ¿Quién eres? ¿Eres Elías? Juan dijo, no. ¿Tú eres el profeta? Tampoco, respondió.”
( cfr. Jn 1,19-22).
Ellos insistieron y ahí él utiliza esa frase de la escritura en que se cumple esa profecía:
“Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como el profeta Isaías.”
(Jn 1, 23).
Esto está súper claro. Si te fijas, Juan el Bautista, que es el que responde estas cosas no piensa que es algo más de lo que realmente es. Él tiene una convicción e intenta transmitir eso.
Me parece que nosotros tenemos que también ver qué es lo que Dios quiere en cada uno. ¿Qué somos? Somos realmente protagonistas de nuestra vida y ¿qué somos? Porque, a veces, el mundo nos lleva a tener sensación de que tenemos que ser súper exitosos, que tenemos que hacer todo bien…
Hay que conocerse a uno mismo: ¿cuáles son nuestras virtudes? ¿Cuáles son nuestros defectos? Porque eso es lo necesario para ser feliz.
FILIACIÓN DIVINA

Dice la Epístola de san Pedro:
“Habéis sido rescatados no con bienes corruptibles, plata u oro, sino con la sangre preciosa de Cristo…” .
(1Pedro 1, 18-20).
Así san Pedro le recordaba a los primeros cristianos y nos recuerda a nosotros que nuestra existencia tiene un valor inconmensurable, pues ha sido objeto de ese abundante amor de Dios.
Jesucristo, que nos ha redimido y nos ha dado ese don de la filiación divina que llena de seguridad nuestros pasos en el mundo.
Así también lo manifestaba con espontaneidad san Josemaría a un chico:
“Padre —Me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?, buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo… ¡Que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, engallado el cuerpo y soberbio por dentro… ¡hijo de Dios!” Le aconsejé, con segura conciencia -dice san Josemaría- fomentar la soberbia.
(Camino punto 274).
Claro, esa soberbia de saberse hijo de Dios.
Este texto que aparece en Camino nos da la línea que nos tendría que ayudar a tener esa recto amor a uno mismo: El que realmente somos hijos de Dios.
Ahora, ¿cómo entender ese fomentar la soberbia de la que habla san Josemaría aquí? Ciertamente, no se trata de imaginar virtudes que uno no tiene ni de vivir con un sentido de autosuficiencia, que tarde o temprano traiciona.
Más bien consiste en las grandeza de nuestra condición, porque el ser humano es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma. Creado a su imagen y semejanza, está llamado a llevar la plenitud de esta imagen, a identificarse cada vez más con Cristo, por la acción de gracias.
SOBERBIA POSITIVA
Esta vocación sublime funda, justamente, ese recto amor a uno mismo, que está presente siempre en toda la fe cristiana. Porque a la luz de la fe, podemos juzgar nuestros logros y también nuestros fracasos, las cosas que nos salen bien y también las cosas en las que tenemos que mejorar, pero siempre como algo que Dios permite y que nos da esa posibilidad de crecimiento.
Por eso, la aceptación serena de la propia identidad condiciona nuestra forma de estar en el mundo y de actuar en él. Además, contribuye a la confianza personal que disminuye los miedos, las precipitaciones, facilita la apertura a los demás, a las nuevas situaciones, fomenta el optimismo y la alegría. Por supuesto, hay cosas que a veces tenemos que ver en nuestras vidas y que puede ser una cosa concreta, una cosa que nos ayuda, ¿no?
Me decía una señora que, su hija le decía que se había alejado un poco del mundo de sus amigos; pero ella se daba cuenta que, desde que se dedica un poco más a Dios, que se dedica más a atender a los demás, su vida es más completa. Está donde tiene que estar, donde necesita estar.
Cada uno tiene que ir descubriendo eso: ¿Dónde tengo que estar? ¿Dónde realmente Dios me quiere? Eso es justamente entender esa soberbia; entender esa soberbia positiva que Dios busca para que cada uno haga lo que realmente tiene que hacer y además sentir que se está cumpliendo su misión en ese punto.
SOMOS HIJOS DE DIOS
Por eso la idea positiva o negativa que tenemos de nosotros depende del conocimiento propio, del cumplimiento de esas metas que cada uno se propone. En buena medida en los modelos de hombre y mujer que deseamos alcanzar. Que se nos presentan de modos muy diverso. Por ejemplo, a través de lo que recibimos en nuestros hogares o de los comentarios de amigos o conocidos, las ideas predominantes en una determinada sociedad.
Por eso es importante definir cuáles son nuestros puntos de referencia, ya que si son altos y nobles contribuyen siempre a esa adecuada autoestima.
Conviene identificar cuáles son los modelos que circulan en nuestra cultura, porque, a veces, más o menos conscientemente influyen en cómo nos valoramos. En nuestro tiempo, que todo se ve como algo que tienes que tener éxito, éxito a toda costa… Bueno, a veces, no todos tienen éxito.
Pero todos sí que somos hijos de Dios, si es que uno regresa a ver ahí el valor de lo importante; entonces, cambian las circunstancias. Esto funciona también en las familias. Cuando en las familias lo importante no es que logremos irnos de vacaciones al extranjero o no es lo importante que tengamos un nuevo carro este año.
Sino que se aprecian las cosas pequeñas que dan esa alegría de poder comer esta comida que a todos nos gusta juntos, que tengamos una unidad familiar que se manifiesta en que todos nos queremos y estamos unos para otros, en que no hay rencillas, en que no hay cosas que nos dividen.
SABER A QUÉ NOS LLAMA DIOS

Claro, eso manifiesta también una autoestima de la propia familia de que uno está orgulloso de su propia familia, también esa soberbia positiva, quiere estar ahí. Y si uno de los hijos tiene novia, inmediatamente quiere que sus padres la conozcan. Porque no es que se siente juzgado, al contrario, siente que es algo muy positivo, lo más positivo que tiene. Aunque tal vez los bienes materiales no sean los mayores de su entorno.
Y con esa madre que también sabe ser oportuna y no cargante, repitiendo una y otra vez las mismas cosas. Sino que hace que tengan libertad sus hijos para que vayan desarrollando también esa sana autoestima.
En definitiva, hay tantas cosas que nos gustaría amar aquí en la tierra y que tenemos que ir luchando para que se den también en las personas que tenemos a nuestro alrededor para que esa buena autoestima crezca.
San Juan Bautista se da cuenta que él no es el Mesías, aunque mucha gente le sigue. Se da cuenta que él no es el llamado a traer esa revolución en Israel, sino a anunciarla.
Eso es lo mismo que tendremos que ver cada uno de nosotros: a qué es lo que nos llama a Dios. Reconocer cuáles son nuestros límites, cuáles son nuestras cosas, sabiendo que lo más importante que tenemos es esta filiación divina, que nos lleva a ser verdaderamente hijos de Dios. Nos lleva a hacer las cosas con una entrega que no busca el éxito por el éxito, sino para dar las alegrías a ese Padre del cielo.
Así ha actuado María, la Virgen Madre, así actuó Jesús y san José. A la Sagrada Familia acudimos hoy, al terminar este rato de oración, para pedirle que nosotros también tengamos esa sana autoestima de sabernos hijos de Dios y de hacer su voluntad.



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