Leemos en la Primera Lectura del día de hoy, unas palabras de la Primera Carta del Apóstol San Juan. Son una invitación, una exhortación:
«Queridos hijos: amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor».
(1Jn 4, 7-8).
¡Que palabras tan bonitas! El amor es algo divino, el amor es de Dios; Dios es amor. Por eso nos gusta que nos quieran, nos sentimos felices cuando nos sabemos amados, y también amar es lo que más felices nos hace.
Ahora que está comenzando el año, podemos volvernos a proponer amar siempre, siempre que podamos. Y siempre podemos amar, porque siempre podemos buscar agradar a los demás; buscar servir a los demás; darnos a los demás; compartir y disfrutar con los demás; tener detalles de cariño; estar con los otros dispuestos a escucharlos…
Tantos actos distintos de amor que, con la ayuda de Dios, podemos ir concretando y aumentando en nuestra vida. Incluso, haciendo lo mismo que hacemos, poniéndole una intención de amor, es como convertimos todo lo ordinario en algo que agrada y que toca a Dios. Porque Dios, Tu Señor, te pones muy contento cuando amamos, cuando nos esforzamos por salir de nosotros mismos y darnos a los demás.
Cuando amamos es también cuando somos más felices y también cuando somos más libres. Qué importante es la libertad y actuar siempre con libertad. Pues cuando amamos es cuando somos más libres.
SAN AGUSTÍN

Hace poco leía unas palabras de san Agustín que te voy a leer: «Nunca olviden que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a sí mismo. He aquí lo que hay que pensar y meditar, lo que hay que mantener vivo en el pensamiento y en la acción, lo que hay que llevar hasta el fin.
El amor de Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor al prójimo es el primero en el rango de la acción; pues el que te impuso este amor en dos preceptos no había de proponerte primero el prójimo y luego a Dios, sino al revés: a Dios primero y al prójimo después. Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces méritos para verlo. Con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios.»
Hasta que las palabras de san Agustín, estas últimas palabras me gustaron mucho. Es que, a veces, Dios parece tan lejano. Tu Señor, que estás muy cerca de nosotros, que nos ves, que nos oyes de verdad, pero no te vemos.
Tú nos ves y tu nos oyes pero nosotros no te vemos y, a veces, difícilmente te escuchamos. ¿Cómo le puedo hacer para ser más sensible a tus palabras? ¿Para verte un poquito mejor con los ojos de la fe, pero saber con más certeza que que realmente estás tan cerca?
Pues, aquí dicen san Agustín: Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces méritos para verlo, cuando con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios.
EL CUARTO REY MAGO
Vienen muy bien estas palabras para acordarnos de un cuento de Navidad, que se llama Artabán, el cuarto rey mago, que cuenta la historia del cuarto Rey Mago. Es un cuento escrito a finales del siglo XIX por un teólogo estadounidense, y que viene muy bien recordarlo porque hoy, 6 de enero, en algunos lugares se celebra la fiesta de la Epifanía. En otros, como en México, se celebró ya el domingo pasado.
Pero de todos modos, estamos en el tiempo de Navidad y en estos días que recordamos esta fiesta en la que los Reyes Magos fueron a visitar al niño y ofrecerle sus regalos, te voy a leer este cuento.
«Artabán, el cuarto Rey Mago. Pocos niños saben de la existencia de Artabán, el cuarto Rey Mago, que nunca llegó a su destino y que, aún así, fue recompensado. Artabán era un hombre de largas barbas, ojos nobles y profundos, que residía, se dice, en el año IV antes de Cristo, en el Monte Ushita.
Artabán poseía el don de enterarse de algunos sucesos que para los demás pasaban desapercibidos. Y, aunque advirtió la llegada al mundo del Mesías, que traería el perdón de los pecados, parece que no pudo advertir el penoso camino que le esperaba.
Encontrándose Artabán en las cuevas del Monte Uushita y poco después de vaticinar la llegada del niño Jesús, recibió un mensaje proveniente de sus amigos: Melchor, Gaspar y Baltazar. En esta carta, Artabán fue avisado de la buena nueva, en la que se confirmaba la noticia del próximo nacimiento del Niño Dios y en la que era invitado a emprender el viaje desde Borsippa, donde se reunirían los cuatro reyes y serían guiados por la estrella de luz resplandeciente.
PREPARAR REGALOS PARA EL MESÍAS
Artabán se preparó para el viaje, entendiendo la magnitud de su misión. Alistó su magnífico caballo; escogió delicadamente las ofrendas destinadas al Mesías.
Aquí me tengo un momento: “Él prepara regalos para el Mesías”. ¿Qué regalos crees tú que le iba a dar al Mesías? Unos le dieron oro, incienso y mirra. Artabán, que era un hombre rico, preparó los regalos para el Mesías y en este caso él escogió un diamante, un rubí y una preciosa perla.
Continúa el cuento…
Justo cuando Artabán se encontraba a las afueras de Borsippa tropezó con un hombre cuyo cuerpo y espíritu habían sido abrumados por la desgracia. Se trataba de un comerciante que había sido despojado hasta de sus ropas y golpeado terriblemente. Dejándolo al borde de la muerte.
Artabán se apiado de él, lo cuidó, lo vistió y lo alimentó hasta que el hombre se sintió lo suficientemente fuerte para seguir su camino. Como el hombre no tenía nada más que lo que llevaba puesto, Artabán, sin dudarlo, le entregó el diamante, cuyo fin era otro.
El encuentro con el comerciante hizo que el Rey Mago se atrasara. Cuando llegó al punto de reunión, recibió una nota informándole que sus compañeros no podían demorarse más y que habían decidido marcharse. No obstante, le indicaron que debía continuar por el desierto, guiado por la estrella, hasta Belén.
Artabán se puso en marcha nuevamente. Pero apuró tanto a su caballo que el animal murió en el camino, obligándolo a recorrer el resto de la distancia solo y a pie. Cuando, semanas después, por fin llegó a Belén, sucio y cansado, no encontró noticias de los otros reyes.
ARTABÁN PUDO VER A JESÚS
Los lugareños le avisaron de que algo terrible ocurría: el rey Herodes había ordenado matar a todos los niños de hasta dos años. Al ver a un soldado a punto de matar un pequeño, Artabán se arrodilló y le ofreció el brillante rubí a cambio de la vida del niño. El soldado aceptó. Días después, las autoridades supieron esto y encarcelaron Artabán, que permaneció preso cerca de treinta años.
Pasado ese tiempo, siendo ya viejo, ciego y cercano a la muerte, fue liberado. Mientras caminaba por las calles, supo que iban a crucificar al Hijo de Dios. Pensaba liberarlo con la preciosa perla que había guardado por décadas, pero nunca perdió la esperanza de encontrar a Jesús.
Sin embargo, en su camino hacia el Gólgota se encontró con la subasta de una niña vendida como esclava. El corazón de Artabán se compadeció y ofreció la última joya que le quedaba, la perla, por la liberación de la muchacha. La niña agradecida beso las manos del anciano.
Segundos después, la tierra se agitó y el cielo se oscureció, un terremoto. Un gran pedazo de viga golpeó a Artabán, que sintió que la vida se le iba sin haber alcanzado su sueño. En su dolorosa agonía, mientras lágrimas bañaban su alma en desconsuelo, de pronto algo cambió.
Sus debiles ojos recuperaron la luz y pudo ver a Nuestro Señor, Jesús, frente a él, a quien, mirándolo con amor infinito, le dijo: “—Artabán, mi querido Artabán, yo soy ese niño al que hace treinta y tres años, tú ibas a buscar para adorarle.
—Señor mío -respondió Artabán- perdón, te lo ruego. Perdona mi negligencia, que me impidió llegar hasta tu cuna para entregar los regalos que había destinado para Ti. Perdón, mi Señor, perdón…
Suplicaba mientras se ahogaba en lágrimas de dolor.
AMAR AL PRÓJIMO

El redentor, acercándose a consolarlo, le respondió con dulzura: —Mi querido Rey Mago, pero ¿qué dices? Claro que llegaste: me entregaste con inmenso amor cada uno de tus preciosos regalos en cada uno de tus hermanos que ayudaste. En cada uno de esos actos, allí estaba yo.
Y así Artabán cerro los ojos y murió inmensamente feliz en los brazos del Hijo de Dios, al que durante toda su vida anduvo buscando. »
Ahí termina el cuento y, seguramente, Artabán siguió contemplándolo en el cielo, feliz, gozoso, porque esos actos de caridad, de servicio, de ayuda a los demás, fueron directamente vistos y recibidos por Jesús, que dice que, cuando hacemos un acto bueno con los demás, con Él lo hacemos.
Pues hacemos nuevamente este propósito ahora que comienza el año y le pedimos a la Virgen, Nuestra Madre, que nos ayude a tener el corazón lleno de amor; que sepamos ver a su Hijo Jesús en todos los que están a nuestro alrededor, para disfrutar, ayudarles y servirles en lo que podamos.



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