El Evangelio que nos propone hoy día la Iglesia es cuando Jesús se le acercan algunos fariseos para ponerlo a prueba y le preguntan si
«es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo y el Señor deja súper claro que desde el principio el Creador les hizo varón y mujer y por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su mujer y los demás serán una sola carne, –lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre»
(Mt 19, 3-6).
Es una afirmación súper fuerte y creo que todos lo hemos visto también con la cantidad de matrimonios que lastimosamente ahora se rompen con una facilidad que da pena.
Me parece que el Evangelio de hoy nos habla justamente del matrimonio y quizás convenga comenzar haciéndonos esta pregunta sencilla: ¿por qué tenemos que rezar por los matrimonios? ¿Por qué sacar adelante un matrimonio que parece difícil o donde las cosas se han agriado?
Hay que luchar porque es una de las cosas más hermosas y al mismo tiempo de las más difíciles de la vida.
Pensemos en cómo empieza normalmente un matrimonio. Dos personas que se quieren, ilusionadas, con proyectos, con ganas de formar una familia, que se atrae mucho el uno al otro.
Quizás tú que estás haciendo este rato de oración, puedes recordar el día de tu boda: la alegría, los nervios, la emoción, la certeza de que aquella persona con quien querías compartir toda tu vida era la correcta.
Sin embargo, con el paso de los años también podemos ver tantos matrimonios que se han ido deteriorando, personas que un día se quisieron muchísimo pero que después terminan haciéndose daño.
Incluso matrimonios que se rompen, familias que sufren, hijos que se quedan en medio de los problemas de sus padres, heridas que pueden durar muchos, muchos años.
Uno se pregunta cómo es posible que dos personas que se amaban tanto lleguen a odiarse. En algunos casos, cuando se divorcian se ve que el nivel de agresividad ya no se puede ni hablar, ni ver, ni estar en el mismo sitio.
UNA VOCACIÓN
Aquí no estamos para juzgar a nadie Señor, Tú lo sabes, estamos intentando profundizar en estas cosas para ver cómo mejorar en nuestras relaciones personales.
Porque hay situaciones muy complejas, sufrimientos muy grandes y circunstancias que sólo Dios conoce. Pero sí podemos sacar una conclusión: que el matrimonio necesita ser cuidado.
No podemos pensar que, porque dos personas se quieren, todo está garantizado. O no podemos pensar que en los que no funcionó es porque no se querían.
Yo creo que una clave de esto es lo que dice el Señor, porque en el Evangelio los fariseos le preguntan justamente sobre el divorcio y Jesús no entra en una discusión jurídica, lleva al principio.
«Desde el comienzo los hizo hombre y mujer».
Y después dice esa frase impresionante:
«lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre».
Jesús nos está recordando que el matrimonio no es simplemente un contrato, no es simplemente que dos personas necesitan vivir o deciden vivir juntas mientras las cosas funcionen. No, el matrimonio es una vocación y Dios ha querido que un hombre y una mujer se entreguen mutuamente y construyan una familia.
Y cuando un matrimonio cristiano recibe el sacramento, Cristo está en medio de esa historia. Por eso es necesario rezar, porque no basta con comenzar bien. Hay que aprender a seguir queriéndose, aprender a perdonar, aprender a pedir perdón. Aprender a hablar, aprender a callar; hay que aprender a no darle importancia a ciertas cosas y hay que aprender a volver a empezar. Eso, sobre todo.
Hay que aprender a dejar que Dios esté dentro del matrimonio.
PARA DISFRUTAR
Hay un speaker bastante famoso, Pep Borrell, que tiene una expresión que me gusta mucho. Dice:
“El matrimonio no está para aguantar, sino para disfrutar”.
Eso me parece muy importante porque a veces presentamos el matrimonio cristiano como si fuera simplemente una especie de campeonato de resistencia: Hay que aguantar a toda costa, hay que aguantar al otro.
Y no, el matrimonio está para disfrutar. Para disfrutar la compañía del otro, disfrutar de los hijos, para reírse juntos, para conversar, para hacer planes, para tener una confianza tan grande el uno en el otro, para envejecer juntos, para tener recuerdos comunes, para apoyarse, para descubrir que después de muchos años aquella persona sigue siendo un regalo de Dios, aunque haya cambiado, aunque no sea la misma persona. Porque haya cambiado en su forma de ser, se haya vuelto más madura o incluso haya pasado por borrascas en las que incluso, infidelidades o situaciones negativas que ha tenido que soportar.
A veces un matrimonio no se destruye solamente por grandes problemas. A veces se va deteriorando por cosas pequeñas que se acumulan durante años: palabras desagradables, por ejemplo, críticas constantes, no saber pedir perdón, ser muy toscos en el trato, reclamar por todo, estar siempre mirando lo que hace mal, compararse con otras personas, dejar de hablar, dejar de rezar o dejar de tener detalles.
Y poco a poco, sin darse cuenta, dos personas que viven bajo el mismo techo empiezan a vivir lejos una de otra.
Quizás tenemos hoy que hacer una oración que hacemos poco, que es rezar por los matrimonios. “Señor, hoy te pedimos por los matrimonios, por los que están escuchando esto, si están casados, por el matrimonio de los hijos, de nuestros hermanos, de nuestros amigos, por los matrimonios que están pasando un momento difícil y también por los que ya están separados o divorciados”.
No para juzgar, pero sí para pedir por ellos. Porque detrás de cada matrimonio hay personas, hay historias, hay hijos, heridas, hay muchísimo sufrimiento.
Podemos decirle al Señor: “Jesús, cuida de los matrimonios, cuida de los hijos, cuida el matrimonio de mis amigos, de mis parientes; dales fortaleza para perdonar, dales sabiduría para saber qué tienen que cambiar y sobre todo, Señor, no les permitas que se alejen de Ti”.
Y aquí hay algo muy bonito, que Dios no nos pide que vivamos el matrimonio solos. El sacramento del matrimonio es justamente una fuente de gracia y tenemos ayudas. Él es la primera, es la vía sacramental. La confesión, también está la Eucaristía.
CAMINAR JUNTO A CRISTO
Qué importancia es que los esposos caminen junto a Cristo, cerca de Él, del Señor, porque hay problemas matrimoniales que no se solucionan solamente hablando.
Necesitamos de la gracia, que Dios nos cambie el corazón, necesitamos aprender a perdonar, a volver a confiar. Y eso sólo lo hacemos cuando hemos experimentado muchas veces el perdón de Dios en nuestra vida.
Necesitamos recibir a Cristo en la Eucaristía para aprender de Él cómo se entrega a una persona por amor. Y eso se logra sólo cuando tenemos una amistad personal con Jesús.
Por eso cada esposo necesita tener su propia relación con Cristo. Que cuando uno está herido, enfadado o decepcionado con el otro, necesite tener un lugar donde llevar todo eso. Y ese lugar es Jesús.
Antes de decirle cuatro cosas al marido o a la mujer, hay que decirle primero cuatro cosas a Jesús en la oración: “Señor, estoy enfadado; estoy dolida; Señor, no entiendo a mi mujer, Señor, ayúdame a quererlo.
Muchas veces, después de hablar con Jesús, cambia la manera de hablar con el otro.
Por eso hay una tercera cuestión que es importante y es que muchas veces tendremos que buscar ayuda, porque hay una tentación muy frecuente de pensar que el problema sólo es del otro: si él cambiara, si ella fuera distinta, si él me entendiera, si ella tuviera más paciencia…
Y quizás la pregunta que Dios quiere hacernos es otra: Y tú ¿qué tienes que cambiar? Porque es muy fácil entrar en un matrimonio pensando: quiero que esta persona me haga feliz. Pero es mucho más cristiano preguntarse: ¿qué puedo hacer yo para que esta persona sea feliz?
San Josemaría insistía muchísimo en eso. La vida matrimonial es también una ocasión extraordinaria para crecer en virtudes: en paciencia, en generosidad, en humildad, en comprensión, en fortaleza. Y también algo que hace mucha falta.
Aprender también a subir el umbral del dolor, porque no todo puede afectarnos, no toda palabra necesita una respuesta, no todo defecto necesita ser corregido. No toda diferencia de opinión tiene que convertirse en una discusión. Hay que hablar, evidentemente sí, pero hay situaciones que requieren a veces dejarlo pasar.
Si quieres te daré un consejo para que seas feliz en tu matrimonio:
“Ama los defectos de tu cónyuge que no sean pecado”.
Es una idea de san Josemaría que es luminosa, que no significa amar lo malo ni justificar lo injusto. Significa aprender a amar a la persona real con sus virtudes y a veces también con sus defectos.
Vamos a terminar este rato de oración diciéndole: “Señor, te doy gracias por los matrimonios que has puesto cerca de mí, yo como sacerdote, ayúdame a protegerlos, ayúdame a guiarles para que se reencuentren, para que realmente se quieran tanto el uno al otro como Tú amas a la Iglesia, que es una forma de dar la vida por completo por ella y que esto sea una realidad para todos los que terminamos este rato de oración.

