Hoy nos reunimos contigo, Jesús, para celebrar Tu Encarnación. El día en que fuiste concebido por obra del Espíritu Santo en el vientre de la Virgen María. Es un día que adelanta tu cumpleaños que celebramos en Navidad. Por eso lo celebramos nueve meses antes, el 25 de marzo.
Es un día que nos hace fácil mirar a la Virgen María, porque no hay hijo, si no hay mamá. Y Tú, estás aquí, has llegado a la tierra, estás junto a nosotros, porque la Virgen María aceptó ser tu mamá y te dio a luz, te cuidó, te enseñó, te acompañó. Lamentablemente, hasta te enterró. Te dejó en el sepulcro.
Sin embargo, también te vio resucitado. Es decir, te ha acompañado en todos los momentos de tu vida, aquí en la tierra. ¡En todos! Y te sigue acompañando en el cielo. Por lo tanto, es alguien a quien tú has visto desde que te has encarnado, desde que te has hecho un ser humano, Tú has estado con la Virgen María.
En cuanto has podido abrir los ojos, esos ojitos de bebé, pues probablemente la primera cara que has visto, la primera voz que has oído ha sido la de Nuestra Madre, la Virgen Santísima. Entonces, mirarla es para nosotros siempre un libro abierto. Es ocasión de aprender como Tú hiciste mirando a Nuestra Madre.
Efectivamente, vamos a aprovechar el evangelio que vamos a oír ahora en la santa Misa, pues está la escena de la Encarnación o Anunciación, que comienza así:
«En aquel tiempo el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la Casa de David. El nombre de la virgen era María»
(Lc 1, 26-27).
LLENA ERES DE GRACIA
Pues esa introducción tan entrañable, conocida, grabada probablemente en nuestros corazones, pues ya ha presentado a los protagonistas: el ángel Gabriel que viene como mensajero de Dios; Tú, que eres la personita a ser engendrada; la Virgen María y san José.
Bueno, estas palabras del ángel que recoge también el evangelio:
«(…) el ángel entrando en su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
(cfr. Lc 1, 28).
Este saludo que lo hemos traducido en el Ave María: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…” Y toda esta frase, que en realidad es una felicitación, es un reconocimiento, es una muestra de confianza de parte de Dios.
Quisiéramos que esto se nos pudiera decir cada día también a nosotros, que nuestro ángel pueda decirnos siempre esto. Nos ubica en el lugar especial que la Virgen Santísima ocupa en el corazón, en la atención de Dios Padre.
Si bien fue bendecida con privilegios, Nuestra Madre no dejó de ser una persona humana, igual que nosotros; salvo el pecado original, pues es una persona humana, igual que nosotros. Claro, la diferencia termina siendo muy grande, porque la lucha que el pecado original deja en nosotros, ella no la tuvo.
En ese sentido, podemos caer, diría yo, en el error de mirar a la Virgen María como demasiado arriba. Está Nuestra Madre muy arriba, pero no en esa idea que podemos, a veces, sentar equivocadamente, de sublimarla al punto de alejarla de la persona normal.
Es bueno recordar que Eva tampoco tuvo pecado original y, por lo tanto, también tuvo ese privilegio, esa bendición de parte de Dios. Lo que sabemos es que Eva, con todas esas ayudas, con toda esa salud interior, habla con el diablo —cosa que no hay que hacer nunca— y termina aceptando la propuesta del demonio, cosa que tampoco hay que hacer nunca.
NUESTRA MADRE ESTÁ CON DIOS
Es distinto, la Virgen Santísima, no teniendo pecado original, habla con los ángeles, habla contigo, Señor. Y cuando el ángel se le presenta, dice que está “llena de gracia”.
Lo que tiene en su interior Nuestra Madre es algo que a ti, Señor, te agrada, que te gusta, te enorgullece, a ti te confirma en que es la persona adecuada para ser la mamá de tu Hijo.
Además, el ángel le dice: «El Señor está contigo». Claro, cuando hemos estado considerando a Eva: quién estaba con ella en ese momento de esa mala decisión, por la que entra el pecado en el mundo, pues no está con el Señor; está con el demonio.
En cambio, tú, Madre Nuestra estás con Dios, el Señor está contigo. ¡Qué importante que todos sepamos que vivir en gracia de Dios es tener al Señor con nosotros! El Señor está contigo, conmigo, con todos los que estamos haciendo aquí un ratito de oración. Esta es una verdad y es excluyente: si el Señor está conmigo, el demonio no está. Está lejos; está rondando, pero no estoy yo con él y conscientemente tampoco quiero estar con él.
Bien, pues todo esto, claro, nos lleva efectivamente admirar a Nuestra Madre, la Virgen Santísima y a recibir con especial atención y cariño esa respuesta a los planes de Dios que le da Nuestra Madre al Arcángel san Gabriel:
«He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra»
(Lc 1, 38).
Siempre he considerado que esta es la manera de responderte, Señor. Es la manera como todos los santos han respondido a tus emociones, tus inspiraciones, a tu vocación.
He aquí, tu esclavo, hágase en mí según tu palabra.
EL SANTO ROSARIO
Tú, Jesús, eres la palabra de Dios y esa palabra es nuevamente engendrada en el alma de cada cristiano, cuando nosotros nos fijamos en la Virgen María; en el fondo, cuando nosotros nos fijamos en tu vida, Señor, que vive siempre con la Virgen María.
O sea, podemos pensar en el Santo Rosario, por ejemplo. Esos misterios que forman parte de esta oración, en realidad son los misterios de tu vida, Jesús, y también los misterios de la vida de la Virgen Santísima.
Si nosotros, como aconsejaba san Josemaría, consideramos brevemente esos misterios cuando rezamos el Rosario, paramos un ratito para caer en la cuenta de qué se trata eso que estamos rezando.
Por ejemplo, este es un misterio: la “Anunciación del Señor”; Tú, Señor, te anuncias, te comunicas con nosotros, pides permiso, cuentas conmigo, todas estas cosas ¿no?, y podemos aprender.
Ojalá que el Santo Rosario y la consideración de los misterios sea para nosotros el camino de nuestra vida, como lo fue para la Virgen Santísima. Así sea.
Padre, te doy gracias por este rato de oración. Madre mía, te pido que intercedas para que sea yo como Jesús, alguien que aprenda de ti. Y tú, Señor, ayúdame a hacer buen hijo de Dios, como lo fuiste tú. Así sea.

