¿PARA QUIÉN SOMOS?
Obviamente ahora mismo mucha gente está viendo la película de Christopher Nolan, la última versión de La Odisea. Y honestamente no sé si la vaya a ver. Primero porque hay ciertas cosas con las que no estoy de acuerdo, son decisiones libres del director. El hecho es que me he obligado a revisar otra vez la historia original, el libro.
Y en una de las ideas que se recuerda, que se dice con muchísima frecuencia allí en el en la obra de Homero, es el recuerdo de la tierra. Muchos de los peligros que enfrentan Odiseo y sus compañeros, son problemas sobre todo de memoria. De olvidarse por el motivo que sea, por ejemplo en el caso de los lotófagos o en el caso de la maga Circe, es olvidar quién se es, de dónde vienen, hacia dónde se va.
Sobre todo una pregunta que me parece fundamental, no solamente para la historia de La Odisea, sino también para nosotros, es ¿para quién somos?
Entonces a medida que Odiseo tiene claras estas respuestas, resulta que él sigue con su camino a su querida patria Ítaca y al regreso con su mujer y su hijo.
Bueno, algo así podemos recordar también nosotros en el Evangelio de hoy, que es francamente bonito, porque acabamos de presenciar, según lo que nos recuerda Mateo hoy, el milagro de la multiplicación de los panes. Donde Jesús sació el hambre a una multitud enorme de personas.
El maestro obliga a sus discípulos a montarse en una barca y que se adelanten, que le precedan hasta la otra orilla. Y viene la tragedia. Hay una transición ahora del júbilo, de la abundancia a la soledad de la noche primero y después también al temor, a la furia, a la inclemencia de los elementos de la naturaleza.
EL PODER DE LA ORACIÓN
Se presenta una gran tormenta de repente. Y lo primero que nos enseña este texto de hoy, este Evangelio, esta palabra de Dios, es la prioridad de Jesús, la oración.
Mientras los discípulos están allí batallando con temor contra las olas, el Señor sube a un monte a orar a solas. Obviamente se puede pensar que esta retirada puede ser una huida de Cristo, del mundo. Es un desinteresarse de los problemas de la gente que confía en Él, pero resulta que no.
Es la oración un ejemplo también para nosotros de ese manantial de donde brota toda la fuerza de la acción de Cristo. Él quiere también que nosotros vivamos con esa certeza de que, si queremos vivir la vida a plenitud, si queremos mantenernos a flote pase lo que pase, es allí en ese diálogo íntimo con el Señor a solas, a veces de modo colectivo, pero eso no nos quita la obligación de que haya un tú con el Señor. Es la oración la que nos mantiene a flote.
Y muchas veces en nuestra vida espiritual entonces experimentamos algo similar. Sentimos que mientras nosotros estamos aquí en el shock de la tragedia, mientras parece que el mundo se nos viene encima, cuando parece que es una tragedia tras otra, sufriendo traumas que son difíciles de superar, que van como triturando nuestra esperanza, Dios está en silencio porque duerme o está ya lejos en su montaña.
NUESTRA FALTA DE MEMORIA
Sin embargo ese silencio de Dios, más bien lo que hace es que permite ese espacio donde nuestra fe ha de madurar. Es como nuestro padre o nuestra madre, nos quita las rueditas de la bicicleta para que así podamos aprender a manejar una bicicleta como un adulto.
Y Jesús, obviamente no se olvida de los suyos.
Por eso comentaba lo de la amnesia, lo de la falta de memoria, porque es muy fácil entrar en pánico cuando uno se olvida de que Jesús muchas veces se ha acordado de los suyos y lo va a hacer también ahora.
Es desde esa montaña, desde su oración, desde ese diálogo íntimo con su Padre, desde donde él sostiene la barca, donde nos sostiene a cada uno de nosotros.
La barca de los discípulos está allí en medio del mar, sacudida por las olas, el viento le será contrario y esa es la imagen muchas veces de nuestra existencia.
Navegamos contra corriente en este mundo, con problemas económicos, con problemas de salud, con problemas morales, con todo tipo de problemas.
Y hacia la cuarta vigilia de la noche es cuando finalmente aparece Jesús. Se acerca a ellos caminando sobre las aguas.
Una cosa que impresiona muchísimo de este Evangelio es que la primera reacción de los discípulos no es de alivio, sino de más temor todavía. El miedo, el temor hace entrada ahora con más fuerza todavía en la vida de estos discípulos. Todo se tambalea y alguien podría decir: ¿será que es que Dios hace estas cosas de este modo porque Dios se regocija en nuestro temor? ¿Qué clase de Dios es este que parece que ustedes predican como cristianos? Un Dios que es amor pero parece como que se regocija, se divierte en hacernos pasar miedo…
TEMOR DE DIOS
¿Por qué en la Biblia dice tantas veces que el temor a Dios es el inicio de la sabiduría? ¿Por qué se habla tanto del temor de Dios? De hecho, un Salmo muy conocido es el 127. Si no recuerdo mal, dice que
«dichoso el que teme al Señor, dichoso de verdad el que tiene miedo, miedo del Señor» (Cf.).
Obviamente tú y yo sabemos que este temor de Dios no es el simple temor al coco o el temor a los fantasmas o el temor a la aguja o el temor a lo que sea. Ese temor es más bien una reverencia de quien sabe quién es Dios y de quién sabe quién es uno, que es un hijo de Dios.
Pero bueno, los discípulos en el Evangelio estaban ya muy asustados, y sorprendentemente la cercanía de Dios les asusta más todavía, les aumenta el pánico.
Tú y yo en cambio, que este episodio de la tormenta en la barca ya lo conocemos, sabemos que no es así. Sabemos que precisamente ese encuentro con Cristo que viene sobre las aguas, eso que tanto les asusta, va a ser precisamente su salvación.
Es verdad que a los discípulos les cuesta reconocer al Señor, les cuesta agradecer esa cercanía de Dios en medio de esas pruebas de la vida. Pero tú y yo sí que viendo ahora el asunto desde fuera lo sabemos. Pero, ¿cuántas veces no nos cuesta también en nuestra vida reconocer que mientras más cerca esté Dios más seguros estamos? (…)
ÁNIMO
El Señor tiene que decirles
«Ánimo, soy yo, no tengan miedo».
Y esta es la clave. Porque el Evangelio de hoy nos enseña que la seguridad propia no reside, no se basa en la propia seguridad, en la ausencia de tormenta.
Yo estoy seguro porque a mí nunca me pasa nada malo. Sino que la seguridad nuestra se basa en la presencia de Jesús aquí en la barca junto a nosotros.
El Señor espera que le digamos también nosotros señor, ¡sálvanos!
En el momento en el que siente Pedro que el agua lo está reclamando, lo jala, y él lanza el grito desde el fondo de su corazón: ¡Señor, sálvame!
Y tantas veces tenemos que decir nosotros en medio de las tormentas: ¡Señor, sálvame porque perezco!
Aquí aparece nuevamente la amnesia, porque hace apenas unos instantes Pedro le ha dicho:
«Señor, si eres Tú, mándame a ir caminando sobre las aguas».
Y ahora, se acaba de olvidar de que es el Señor y de que no tiene nada que temer. Pero recupera parte de esa fuerza, algo le regresa a la memoria que le hace decir: Señor, cómo eres Tú, ¡sálvame!
El Señor le reclama:
«¿Por qué dudaste, hombre de poca fe?»
Y lo hace no solamente como un reproche, sino como una invitación de ahora en adelante a una entrega total. No le dice solamente ten más fe, sino que en el fondo también le está diciendo: acuérdate, ten memoria, ¿cuántas veces no he estado contigo?
ESTAR CERCA DE DIOS
«Y cuando subieron a la barca el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Jesús diciendo: verdaderamente eres el hijo de Dios».
Hoy esta barca es la Iglesia, esta barca es nuestra familia, esta barca somos cada uno de nosotros.
El mensaje del Evangelio sigue siendo clarísimo. El camino para nuestra salvación, nuestra seguridad, para nuestra tranquilidad, nuestra alegría y nuestra paz es estar lo más cerca de Cristo posible. Cristo es el fundamento de nuestra vida.
Vamos a pedirle a la Virgen María que ella por supuesto no tenía problemas de memoria y por eso de ahí sacó esa fuerza para mantenerse tan fuerte al pie de la Cruz que es la mayor de las tormentas.
Vamos a pedirle a ella que nos enseñe a no tener miedo. Pero no solamente porque nos dice no tengas miedo sino precisamente porque nos ayuda a acordarnos, a recordar las tantas veces que Dios ha estado a nuestro lado y nos ha sacado de los peligros.
Y de las tantas veces que Dios nos ha sorprendido demostrándose que sus planes son mucho mejores que los nuestros.
Vamos a pedirle al Señor que nos libre del mal, de esta amnesia espiritual, de este alzheimer espiritual que nos va cortando ese hilo que nos conecta con Dios.
Que nos recuerde que no nos haga olvidar nuestra madre que también somos hijos de Dios.
Muchas veces vamos a sentir miedo por la incertidumbre pero lo que no podemos permitir nunca es el temor a los planes que Dios tiene para nosotros.
Hagamos memoria, recordemos lo grande que ha sido Dios con nosotros. Dios es bueno, Dios ha sido muy bueno con nosotros y lo seguirá siendo.

