Señor mío, Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia, te pido perdón de mis pecados y gracia para ser con fruto a este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi padre y señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.
El nombre que se nos regala
Hoy han pasado ocho días desde la Navidad y toca hacer una ceremonia tradicional en la religión judía: la circuncisión. Es el día en que, entre otras cosas, se le da el nombre al niño. Entonces hoy la Iglesia, uniéndose a esta tradición, celebra la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús. Ese nombre que José había escuchado en los sueños, que el ángel se lo había dicho y que lo había dicho: tú, como padre, le pondrás por nombre Jesús.
Jesús, un nombre concreto en la historia
Ese mismo nombre hoy lo celebramos en toda la Iglesia. Tú, Señor, tienes un nombre concreto. No eres alguien que pasa como un espíritu que simplemente atraviesa el mundo, cumple su misión y se va, sino que tienes un nombre concreto, un cuerpo concreto, vives en un momento de la historia y eres como nosotros. Tú, Señor, te llamas Jesús, que significa “Dios salva”.
Tu nombre me salva
Tú, Jesús, con quien estamos conversando en este rato de oración, estás aquí, estás presente en mi vida, en mis circunstancias. Estás siempre aquí y vienes a darme tu salvación. Tu nombre me salva. Tu nombre no salva como en una película salvaría un hechizo tipo Harry Potter, que se invoca con una varita mágica y dice una palabra para abrir una puerta o lanzar un hechizo contra un enemigo.
No es magia, es entrega
Tampoco es como Gandalf, que dice unas palabras y, con su palo, con su bastón, puede invocar poderes especiales. No, Señor, no es magia tu nombre, pero salva mucho más. Salva mucho más que un hechizo de Harry Potter o que algunas palabras mágicas de Gandalf. Tu nombre no es un hechizo: tú eres eficaz, tú eres el milagro, tú eres el que salva. Vienes entregando tu vida, te das, y con eso me salvas, salvas mi vida.
Jesús, sé para mí siempre Jesús
Jesús, quiero llamarte por tu nombre, siempre. Y hoy, de modo especial, quiero celebrar tu nombre. Yo sé, Señor, que tú eres un Dios omnipotente, que puedes todo, eres todopoderoso, eres eterno, existes desde siempre y vives para siempre, como recordábamos hace poco leyendo el prólogo del Evangelio de San Juan. Existes desde siempre, vives para siempre, eres luz sobre toda luz, eres el más grande, el que hace todo, el que lo puede todo. Pero para mí eres mucho más: eres simplemente Jesús.
La jaculatoria de un amigo
San Josemaría usaba mucho una jaculatoria con la que se acercaba a Jesús y le decía: “Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús”. Y quizá hoy podemos pedirle esto a Jesús en este rato de oración: Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús.
Jesús, mi amigo y mi hermano
Tú, Dios mío, te presentas con sencillez, me haces tuyo, eres mi amigo y eres para mí Jesús, mi amigo, mi hermano. No necesito ante ti hacer cosas especiales, no necesito aparentar nada. Si en verdad me conoces mucho más de lo que yo me conozco a mí mismo, sabes mucho más de mí, no necesito presentarme de ningún modo, sino simplemente como un amigo.
Presentarme como soy
Somos amigos, y ante ti, Jesús, me presento como soy, mostrándote mis cosas buenas y tratando de servirte con ellas, pero también te presento mis heridas, mis fallos, mis dificultades, mis pecados. Te los presento y te digo: amigo mío, Jesús, aquí está, este soy yo. No soy mis pecados, pero tengo pecados; así como no soy mis triunfos, pero tengo triunfos. Soy para ti ese amigo.
“Sé tú mismo delante de mí”
Y me pides, Jesús, que me presente como soy. Así como yo te pedía: “Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús”, tú me estás pidiendo a mí lo mismo: “tú, tú, sé para mí siempre tú”. Y donde yo digo “tú”, pon tu nombre. Si te llamas Juan, entonces te está diciendo: “Juan, Juan, sé para mí siempre Juan”. No trates de ser otro, no trates de ser ese que admiras, no trates de ser otra cosa.
Llamados a parecernos a Jesús
Sí, trata de ser como Jesús, esfuérzate, lucha, ponle empeño por mejorar, confiando en la gracia de Dios, pero sé tú mismo, tratando de parecerte cada día más a Jesús. Eres mi amigo, me quieres así, y por eso quiero tratarte con mucho cariño, Jesús: con mucho cariño, cariño de amigo, cariño de familia. Quiero tratarte así.
Confianza que nace del amor
Confianza no es faltar el respeto, confianza no es desorden. Confianza es cariño. ¿Cómo trato a Jesús? Esa es la segunda pregunta que quería hacerte hoy. El primer tema era ponernos delante del Señor y tratarlo como un amigo, y de eso sacamos esta segunda pregunta: ¿cómo trato a Jesús? Y especialmente, ¿cómo trato a Jesús en la Eucaristía?
Jesús presente en el Sagrario
Lo tengo ahí presente, ¿es mi amigo? ¿Es verdaderamente mi amigo a quien yo trato con reverencia, con respeto, como un tesoro? ¿Lo trato así? Por ejemplo, cuando entro a una iglesia, a un oratorio, a una capilla, y veo que está el Sagrario con el velo puesto y al lado la lamparilla del Sagrario que me indica que está Jesús, ¿cómo lo trato?
Gestos que hablan del corazón
¿Me acerco con una genuflexión cariñosa? ¿Le digo algo en mi corazón? ¿Le ofrezco algo que he ido pensando durante el día? ¿Me quedo ahí delante, en silencio, con reverencia, hablándole en mi corazón?
¿Cómo voy a misa? ¿Me preocupo, así como cuando voy a la casa de un amigo, de arreglarme un poco, de estar presentable, de tener algún detalle de piedad, de presentarme con serenidad? ¿O voy corriendo por todas partes, o voy de cualquier manera? La parte exterior es verdad que no es lo más importante, pero muchas veces reflejamos exteriormente lo que tenemos en el corazón.
¿Creo de verdad que mi amigo está ahí?
Al final la pregunta es: ¿me comporto como alguien que ama de verdad y que cree que ahí, en ese Sagrario, está presente realmente mi amigo? ¿Que en la Santa Misa voy a encontrarme con mi amigo Jesús? ¿O voy de cualquier modo, sin que se note que yo tengo verdadera fe?
Jesús, tu nombre me salva, tú me salvas. Por eso quiero ser tu amigo y por eso quiero comportarme exterior e interiormente mostrando que tengo esa fe: que de verdad creo que estás aquí presente, que de verdad sé que tú eres mi amigo y que eres para mí siempre Jesús.
María, maestra del trato con Jesús
Y al terminar este rato de oración le vamos a pedir especialmente a la Santísima Virgen que nos ayude. Ella fue la que primero te llamó por tu nombre, Jesús, mientras todavía estabas en su vientre, y que durante toda tu vida te trató con ese cariño, con ese respeto, con esa delicadeza, con ese amor tan grande.
Oración final a la Virgen
Madre nuestra, Santísima Virgen, que nosotros también sepamos tratar a Jesús así: con ese cariño, con ese respeto, con ese amor. Que nuestros actos, como los de la Virgen, manifiesten esa fe que tenemos en el corazón.
Madre nuestra, te lo pedimos especialmente en esta fiesta de hoy, en la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús: que nos enseñes a tratar a tu Hijo cada vez con más cariño, con amistad, con devoción, con reverencia y con respeto.
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi Guarda, intercedan por mí.

