LA TRANQUILIDAD DE LA SEGURIDAD
Para dormir hay que bajar las defensas, quedarse como indefenso. Cuando un niño se quiere dormir y se siente seguro, se duerme rapidito. En cambio, cuando no está muy seguro, permanece alerta y cuesta mucho que se duerma. Intenta como dormirse, pero siempre tiene un ojo abierto.
Esto Señor lo pensaba porque solo descansamos de verdad cuando sabemos que estamos seguros, cuando sabemos que pertenecemos a alguien. Y quiero decirte al comenzar este rato de oración: “Señor, soy tuyo. Soy tu hijo. Estoy en tus manos”. Quiero vivir tranquilo, quiero tener paz, serenidad; quiero dormir en paz, quiero dormir tranquilo, quiero vivir y luchar con la seguridad de que soy hijo tuyo, de que estoy en tus manos”.
Señor, y si no vivo así ¿qué me puede pasar? Es una pregunta legítima. Cuando uno no vive desde esa seguridad puede terminar agarrándose a esquemas, a reglas, a estructuras… Y no siempre por fidelidad, algunas veces incluso por miedo. No, Señor, yo no quiero portarme así.
Hoy el Evangelio pone en la escena a unos fariseos que llegan a reclamar. Estamos haciendo oración… Vamos uniendo todo esto con el tema, Señor, que Tú nos propones hoy para que meditemos, para que hagamos oración, para que lo conversemos Contigo.
RIGIDEZ O MIEDO
¿Qué dicen los fariseos? Dicen: “Oye, nosotros ayunamos… Los discípulos de Juan ayunan… Y los tuyos, a comer y a beber”. Y esto a mí la verdad, Señor, me suena como: “Oye, vamos a ver. Si yo me fastidio, que se fastidie todo el mundo. Si yo no como, que aquí no coma nadie. Pero ¿cómo así? O sea, nosotros ayunando y tus discípulos, jiji jaja.” Aquí lo que hay detrás es una envidia espiritual.
Y eso ocurrió con los discípulos de Jesús, con los apóstoles. Las personas comenzaron a ver que los discípulos y los apóstoles, cuando estaban con Jesús, hacían lo que les daba la gana. No estaban ahí todo el tiempo cumpliendo preceptos y leyes y mandamientos y caminando, no sé, con una cierta rigidez, sino que estaban con Jesús, se sentían autónomos, libres. Pero en el fondo, seguros, porque estaban con Jesús. No tenían miedo. No tenían miedo a fallar, a equivocarse.
Los fariseos hablan del ayuno, pero me parece, Señor, que aquí el problema es otro. El problema es mirar al otro, compararme, juzgar. Esto ha salido últimamente en los últimos evangelios de estas semanas. Yo hago esto, pero él no. Yo cumplo esto, pero este grupo de personas no. Yo me sacrifico más, fíjense.
El ayuno, que es lo que los fariseos plantean, una práctica que debería acercarme a Dios como el ayuno, puede terminar endureciéndome el corazón. Incluso apegarse excesivamente a los esquemas, a las reglas, a las estructuras, nos termina alejando de Dios y nos termina volviendo más miedosos, más inseguros. No nos podemos dormir tranquilos.
JESÚS PONE PRIMERO AL ESPOSO
Señor, como los fariseos hablan del ayuno, puede ser una trampa. Y Tú no eliminas el ayuno. Tú no respondes: -Bueno, está bien, está bien; no ayunen más pues, no ayunen más. No, no, no. Al contrario, les dices (o nos dices) en este mismo evangelio: “Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán”. (Lc 5, 35)
¿Cuándo será ese día? Los fariseos no lo conocen. De pronto los apóstoles huelen algo. Huelen algo. ¿Por qué? Porque ese día llegará muy pronto, cuando Jesús se entregue a ese sacrificio de la cruz. “Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ese día ayunarán”. Ese día si habrá ayuno; espera y verás. Habrá sacrificio, habrá mortificación, habrá cruz. Pero Señor, Tú cambias el centro. “¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos?” (Lc 5, 34)
Jesús habla de una boda. Es increíble, Señor. Es como si estuvieras diciendo: ¡Hey! Antes que el ayuno está el Esposo. Primero está el Esposo. Y esto cambia completamente la vida cristiana, de verdad. Esto cambia completamente la vida de piedad. Yo rezo porque quiero estar con Jesús. Yo voy a misa porque quiero encontrarme con Jesús. Yo hago mortificaciones, me sacrifico por amor a Jesús. Cumplo mis normas de piedad, mi ratico de oración de Hablar con Jesús, para encontrarme con Jesús. Son las mismas prácticas, pero desde un corazón completamente distinto.
Jesús, en algún momento, y esto me lo pregunto en serio, en algún momento ¿he terminado queriendo más mis prácticas que queriéndote a Ti? Puede ser una pregunta real; fuerte, pero verdadera.
El cristianismo tiene algo profundamente festivo. Evangelio, ¿qué significa? Buena noticia. Y hoy Jesús, en el Evangelio, compara su presencia con una boda. No significa, Señor, que evadas la cruz. No significa que no exista la cruz. “Les arrebatarán el esposo”. Sí, es verdad, habrá momentos duros.
Les arrebatarán el esposo. Habrá momentos de sacrificio. Pero el punto de partida no es: “qué duro ser cristiano”.No. El punto de partida es: “me he encontrado con Jesús”. No somos felices porque no tengamos cruz. No. Podemos llevar la cruz porque hemos encontrado al Esposo, porque nos hemos encontrado con Jesús.
Señor, que la vida cristiana no produzca personas amargadas.
Si yo, en mi lucha interior, en mi lucha por la santidad, en mi lucha por ser bueno, permanentemente estoy criticando a los demás… Eso le pasa a los fariseos. Oye, ¿cómo así? Aquí hay unos que ayunan y otros no. ¿Cómo así? ¿Aquí que ayune todo el mundo? Pues, no, Señor, yo no me quiero volver así crítico con los demás. Necesito preguntarme: ¿yo cómo estoy luchando y cómo estoy demostrándole a los demás cómo se lucha? También, eso es verdad, eso lo podemos hablar contigo.
ODRES NUEVOS
Hay una parte del Evangelio que habla de los odres.Señor, haciendo oración y hablándolo Contigo, pues, he pensado que a vino nuevo, odres nuevos. Y el título de la meditación es A vino nuevo, corazón nuevo.
Jesús, Tú no quieres que simplemente le pongamos un parche religioso a nuestra vida. No. Jesús no quiere solamente que hagamos más cosas. Quiere un corazón nuevo. El odre viejo, ¿cuál es? El miedo, el rigorismo, el compararme, el juzgar la vida espiritual de los demás… El Señor, quiere un odre nuevo para ese vino nuevo que nos da, en el trato con Él, en la relación con Él. Señor, medir mi relación Contigo solamente por lo que cumplo, no es un odre nuevo. Pensar, por ejemplo, que la santidad significa vivir permanentemente tensionado, tenso. No, Señor, vino nuevo. Tú eres el vino nuevo. Y para recibirlo necesito dejar que ensanches ese corazón mío, que es ese odre. Ensancha mi corazón. A vino nuevo, un corazón nuevo.
Vamos a terminar este ratico de oración.
¿Jesús, contigo descanso o estoy siempre con un ojo abierto? ¿Mi fidelidad nace del amor o del miedo? ¿Hay algo de fariseo en mí: yo hago esto y los otros no? ¿Hay veces me pregunto: ¿yo por qué sí y los otros no? ¿Cuál es ese odre viejo que hoy quieres cambiar en mí, Señor?
Y acudimos a nuestra Madre santa María. Nuestra Madre vivió una fidelidad enorme. Fue la mujer más fiel. Ella nunca aparece en el Evangelio como una mujer rígida. No. Más bien todo lo contrario: disponible, siempre, fresca. “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
Esa es quizá la libertad más grande: poder poner toda la vida en las manos de Dios.
Señor, hoy quiero pensar quizá en una norma de piedad, en una práctica de piedad o en ese pequeño sacrificio que hago habitualmente, y quiero decirte: hoy lo quiero hacer conscientemente por amor, diciéndote antes: Jesús, esto no lo hago simplemente porque toca. Lo hago por Ti. Porque soy tuyo. Porque quiero quererte.

