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Ecuatoriana, esposa y madre de tres. Abogada. Especialista en negociaciones comerciales internacionales.

4 min

TESTIGOS DE LA PASIÓN: MARÍA

Imposible mirar la Pasión de Cristo sin adentrarnos en uno de los personajes claves: Su Santísima Madre.

María fue y sigue siendo la testigo más importante de la vida y muerte de nuestro Señor. Miremos su actuar humano en este último episodio, para tratar de imitar su fortaleza y su fe.

MARÍA, MUJER Y MADRE

Según la Historia, en la época de María, las mujeres eran consideradas doncellas, a partir de los once años; es decir, desde esa edad podían ser desposadas. Después de muertos sus padres ( San Joaquín y Santa Ana);  y teniendo ya, alrededor de catorce años, los sumos sacerdotes que estaban a su cuidado, decidieron que María debía tomar un esposo. El resto es historia conocida.

Entonces si hacemos cálculos, pudiéramos afirmar que a la fecha en que Jesús fue crucificado, Su Madre tendría alrededor de 47 años. Mujer. Viuda. Madre de un único hijo.  Él era para ella, sin duda, el centro de su vida y sus atenciones.

En medio de este escenario, le avisan que han atrapado a Su Hijo como si fuese un criminal y están llevándolo a la casa de un Sumo sacerdote.

MARÍA LA COMPAÑERA SILENCIOSA

MARÍA, LA COMPAÑERA SILENCIOSA

En algunas películas que retratan la Pasión, podemos ver una María que corre detrás de la multitud,  para ver de cerca de lo que estaba pasando. Seguro así debe haber sido; corrió como lo haría cualquier madre en su lugar. No se puso a pensar que era poco o nada lo que podía hacer en ese momento. Ni que ella también estaba en riesgo,  al meterse en medio de una turba que quería una víctima. Ella sólo acudió, obligada por el deber, impulsada por el amor.

A medida que los minutos avanzaban,  fue sintiendo cómo se cumplía la profecía, ésa que venía meditando en su corazón por muchos años: “una espada te traspasará el alma” ( Lc 2, 35).

Permaneció en pie toda la noche mientras maltrataban a su bebé. En medio del camino al Calvario, se abrió paso para que El pudiera verla, para que sepa que estaba ahí. Silenciosa pero decidida,  llegó a Su encuentro, unos segundos de un silencio lleno de dolor. No había necesidad de decir nada.

Más tarde, al pie de la Cruz, ella mira a su alrededor. Los discípulos habían huido por miedo. Los miles que lo seguían para pedirle favores, ya no estaban ahí. Los soldados se burlaban de Él y sorteaban la túnica que ella misma había tejido. Los transeúntes lo ignoraban.

Ese sitio de martirio no era lugar para una viuda indefensa; pero ella seguía ahí, con la mirada fija en su Hijo. Llorando. Rezando. Suplicando a Dios que  terminara el suplicio.

Estaba ahí al igual que muchas madres que no se dan por vencidas frente al destino de sus hijos, ni ante sus malas decisiones. Las madres sólo siguen ahí, confiando y orando.

De pronto, aparece un pelotón dispuesto a terminar con la escena,  para no dañar la Pascua:   “Rompieron las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con Él. Pero cuando llegaron a Jesús, al verle ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza. Y al instante brotó sangre y agua” (Jn 19, 32-34). Seguramente ella lloró angustiada, pero confió en que se cumpla la profecía: No le quebrarán un solo hueso. 

Aún en los peores momentos, el Espíritu Santo la sostiene. Igual que nos sostiene a nosotros en momentos de dolor, aunque no nos demos cuenta.

MARÍA LA COMPAÑERA SILENCIOSA

MARÍA, LA MADRE DE TODOS

Al pie del Cruz, junto a María y otras mujeres llorosas, sólo Juan – el Hijo del Trueno, el alocado que pedía sentarse a la derecha de Dios- era el único hombre seguía allí, en representación de todos los hombres.

El mundo hoy no ha cambiado tanto. En escenas de angustia, comúnmente vemos a los que consideramos más débiles y vulnerables ejecutar actos heroicos por amor. Mientras los más decididos, no siempre salen al frente.

Su Hijo sabía que, una mujer viuda, sin descendencia, en aquella sociedad,  no tendría muchas opciones en su futuro. Entonces “Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.”(Juan 19:25-27).

Nadie podría explicar mejor esta herencia de amor que San Juan Pablo II, quien en su Audiencia General del 23 de abril de 1997, nos explicó que “… Esas palabras, interpretadas a veces únicamente como manifestación de la piedad filial de Jesús hacia su madre, encomendada para el futuro al discípulo predilecto, van mucho más allá de la necesidad contingente de resolver un problema familiar…” ”…Es preciso recordar que, según la tradición, de hecho, la Virgen reconoció a Juan como hijo suyo; pero ese privilegio fue interpretado por el pueblo cristiano, ya desde el inicio, como signo de una generación espiritual referida a la humanidad entera…” ”…Estas palabras, particularmente conmovedoras, constituyen una «escena de revelación»: revelan los profundos sentimientos de Cristo en su agonía y entrañan una gran riqueza de significados para la fe y la espiritualidad cristiana. En efecto, el Mesías crucificado, al final de su vida terrena, dirigiéndose a su madre y al discípulo a quien amaba, establece relaciones nuevas de amor entre María y los cristianos…”

¡Qué regalo nos diste mi Señor, cuando parecía que ya no podías darnos nada más, nos regalaste el Amor incondicional de tu Madre!

REFLEXIÓN FINAL:

María es una mujer que ilumina las escenas de dolor con su serenidad y su confianza en la Voluntad Divina. Animémonos a acudir a ella con la confianza de sabernos hijos, por disposición de Su Divino Hijo.


Escrito por

Marjorie Chedraui de Valverde.

Ecuatoriana, esposa y madre de tres. Abogada. Especialista en negociaciones comerciales internacionales.

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