Los discípulos de Jesús fueron testigos de Su padecimiento. Al igual que otros personajes que, sin conocerlo, presenciaron Su pasión. Como es lógico pensar, cada uno lo enfrentó de forma diferente, según sus propias características.
PEDRO, LA PIEDRA ANGULAR
Sin duda alguna, el más visible de todos los discípulos. Impulsivo, leal, loco de amor por su Maestro. No duda en lanzarse de la barca para seguirlo en el agua; tampoco, en sacar su espada para cortar la oreja de Malco. Incluso se atreve a reprochar al mismo Cristo cuando anuncia su muerte “Dios no lo permita, Señor. Nunca te sucederán tales cosas” (Mateo 16:22).
Con la impulsividad que lo caracteriza, esa noche fatal, va siguiendo a Jesús hasta la casa de Anás. Tal vez habrá pensado que podía volver a defenderlo como lo hizo en Getsemaní. Pero cuando el momento llega, se acobarda y claudica ante unos simples sirvientes. Lo niega tres veces, como le fue advertido.
Cuántas veces somos como Pedro. Nos envalentonamos, confiando en nuestras propias fuerzas; por miedo o vergüenza, no somos capaces de ser testigos de Su doctrina, ante un mundo que nos desprecia por seguirlo.
La buena noticia es que Jesús nombró a este mismo Pedro, la piedra sobre la cual edificó su Iglesia. Lo hizo porque Él es capaz de ver más allá de las cobardías humanas. Nos ama y nos perdona como a sus pequeños hijos, al igual que lo hizo con Pedro.
JUAN, EL DISCÍPULO AMADO
Juan era impetuoso también, un joven con arrebatos de furia. Por algo, el mismo Jesús apodó a Juan y Santiago, “los Hijos del Trueno”.
Demostró su temperamento en varios episodios, como el que encontramos en Lucas 9:51-56, cuando ante la negativa de los samaritanos de alojar a Jesús, Juan y Santiago le dijeron: “Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?”
Juan, representa al amigo que está ahí cuando se lo necesita. En Getsemaní se escapa sacándose la ropa hasta quedar desnudo, pero no para huir, sino para seguir a Jesús hasta la casa de Anás. El único discípulo que estará al pie de la cruz hasta el final. Por lo cual, recibió el sagrado encargo de cuidar de la madre del Señor.
Así mismo, por su lealtad, se le concedió ser el primero en correr y llegar al sepulcro vacío para atestiguar la Resurrección.
A veces, aunque no podamos hacer nada, estar ahí sin negar ni abandonar, como lo hizo Juan, puede marcar la diferencia en la vida de alguien.
JUDAS ISCARIOTE
Al igual que los demás discípulos, Judas eligió voluntariamente seguir a Jesús. No sabemos si por la ambición por el dinero; o, por la desilusión de no ver en el Él esas actitudes mesiánicas que se esperaban, no dudó en venderlo por unas cuantas monedas de plata.
Representa a todos aquellos que consideramos al Señor como un simple “hacedor de milagros”: si no me obtiene lo que le pido, mejor lo cambio por algo más interesante.
Cuántos Judas encontramos hoy en el mundo. Vendiendo su consciencia al mejor postor, convencidos de que el dinero es más valioso que su propia alma.
MARÍA MAGDALENA
Al pie de la cruz, hay una prostituta. Un escándalo para la época. Esta valiente pecadora se anima a mantenerse allí, evadiendo las miradas y los comentarios que seguramente no faltaron. Como no faltarían hoy tampoco.
Es María, la Magdalena. Una mujer humilde a la que se le concedió no sólo un perdón amoroso; sino también el honor de ser la portadora de la noticia de la Resurrección. Mucho se le perdonó porque amó mucho.
Cuánto podría hacer Jesús por cada uno de nosotros, si nos dejásemos perdonar y amar como esta mujer de Magdala.
LA VERÓNICA
No era precisamente discípula ni seguidora. No acompañó a Jesús en ningún viaje ni predicación. Simplemente salió al encuentro del Señor en el momento en que lo necesitaba. Se acercó y en un gesto de compasión, enjugó su rostro lleno de sudor, lágrimas, salivazos y tierra.
No sabemos su nombre, ni qué hizo antes o después. Su historia es anónima, al igual que la de miles de hombres y mujeres que hoy comprometen su vida por el evangelio, en el mundo entero.
Su gesto, sin embargo, la hizo pasar a la historia como un alma bondadosa que ayudó valientemente a un hombre necesitado, sin adivinar si quiera que era al mismo Dios a quien servía.
Así actuamos nosotros cuando somos capaces de servir a quienes nos necesitan, reconociendo en ellos al mismísimo Cristo.
SIMÓN DE CIRENE
No era amigo de Jesús. Era sólo un curioso que se acercó para ver qué pasaba, y fue reclutado a la fuerza por uno de los soldados para ayudar a un condenado a muerte, a cargar el pesado madero.
Por pura coincidencia, o tal vez por Misericordia, este personaje tuvo la dicha de convertirse en auxilio para un Jesús extenuado. Caminó hombro a hombro con el Dueño del Universo, sin saberlo siquiera. Pero su mérito fue haberlo hecho con compasión y empatía.
Todos somos un poco como el cirineo de vez en cuando. Renegamos de las cruces de cada día, sin darnos cuenta que si abrazamos esa cruz, seremos seguidores del Crucificado.
Asumimos el riesgo de omitir algunos personajes, que ayudarían a reflexionar; y, de otros que quedaron en el anonimato por cobardía.
¿En qué sitio me coloco cuando veo el sufrimiento de Cristo o de mis hermanos?
REFLEXIÓN FINAL:
Los que estuvieron más cerca del Señor en estos momentos difíciles, eran seres humanos como nosotros, con miedos y defectos. Lo que Él esperaba de ellos, así como lo espera de nosotros, es que sepamos responder desde nuestra propia esencia, a Su llamada amorosa.

