Entre los personajes que vieron sufrir al Señor, se encuentran los que llegaron contaminados con su propio pecado. Asomémonos a sus historias para saber cómo algunos dejaron pasar la oportunidad; mientras que otros, en condiciones similares, lograron ser merecedores de perdón.
BARRABÁS
Barrabás aparece mencionado en los cuatro evangelios. Todos coinciden en que estaba preso antes que Jesús, por un crimen considerado de alto riesgo para Roma: la sedición. Tal vez por esta razón- y no porque exista mucha bibliografía acerca de este personaje- podríamos pensar que era un hombre que representaba el sentimiento popular, los ideales de quienes estaban hartos de la ocupación extranjera y los excesos de los soldados romanos.
Visto así, Barrabás y Jesús estaban acusados de lo mismo: rebelión en contra del orden constituido. Sólo con una pequeña diferencia: Barrabás estaba dispuesto a matar por su pueblo; y, Cristo, dispuesto a morir por su pueblo y por todos los pueblos.
Cristo resucitó a los muertos, curó a los ciegos, dio de comer a más de cinco mil. Pero llegado el momento, ellos prefirieron soltar a Barrabás. Se dejaron llevar por los falsos dirigentes que anteponen sus propios intereses antes que los de su pueblo.
Le concedieron indulto a alguien que, probablemente, hizo más alarde que obras concretas. Nada muy distinto a lo que sigue sucediendo en nuestros días.

LOS LADRONES
La crucifixión en Roma era un método de ejecución, reservada para criminales altamente peligrosos, y gente de bajo nivel, como esclavos y forasteros. Servía como mecanismo de escarnio público y constituía un mensaje poderoso para quienes osaban desafiar el poder de la autoridad romana.
Aparte de Jesús y Barrabás, había por entonces otros dos condenados. La Biblia dice que esos dos, eran ladrones. Seguramente de bajo estatus social, lo cual los hacía merecedores a este castigo.
Ambos ladrones fueron destinados al mismo suplicio; y, sin embargo, sus conductas son tan distintas, que bien podemos identificarnos con ellos, en algún momento.
El ladrón “malo”, el que sumido en su propia miseria, no es capaz de reconocer el Amor, ni aunque lo tenga delante de sus narices. Aquel que descarga su frustración y su ira en contra de Aquel que está igual o peor que él, porque sabe que no puede o no quiere defenderse. No se arrepiente de su culpa, ni le importa si el otro es inocente. Se siente con derecho a maltratar, sólo por el hecho de estar sufriendo.
El ladrón “bueno”. Dicen que su nombre era Dimas. Seguramente cometió muchos errores a lo largo de su vida, pero en el último momento, hizo dos cosas que conmovieron al Señor: reconoció sus culpas con arrepentimiento; y defendió a un inocente: “ …Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo…”. Acto seguido, puso su alma en las manos misericordiosas de Cristo, sin ninguna reserva. No hizo preguntas, ni pidió señales: “…Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino…” .
Tal vez era menos bueno y más ladrón que el anterior. Y sin embargo, ni Pedro, ni Juan, se ganaron el cielo tan rápido como este sujeto: “En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. (Lucas 23, 39-43)
Bastó un instante para recibir el perdón incondicional, ése que nos llega cuando nos reconocemos pecadores y confiamos sin reservas.

LOS OPORTUNISTAS
En primer lugar, debemos decir que en la época de Jesús, era común que los grupos de ejecución recibieran parte de su salario apropiándose de los bienes, y hasta de la ropa de la víctima. Visto así, no resulta extraño lo que narra el evangelio, según el cual, los soldados se repartieron Su manto. Y al ver que la túnica era de valor, se tomaron el tiempo para sortearla en frente del moribundo. ( Juan 19,23) Esta escena representa a aquellos que aprovechan de su posición para abusar del débil.
También encontramos un grupo de gente que se pasando por delante de la cruz bajaba la cabeza. Los que pasan delante del necesitado y se hacen los indiferentes, para no complicarse. Son los mismos que callan porque no es popular alzar la voz para defender al caído, al no nacido, o al trabajador despedido injustamente. Esas almas temerosas que prefieren sentir impotencia, que ser rechazadas por su grupo social.
Finalmente, tenemos a quienes auspiciados por la mayoría, son capaces de burlarse del que sufre sin compasión. “Si tú eres es el rey de los judíos, sálvate a tí mismo”. Son los mismos que escondidos en el grupo repiten argumentos que no sopesan primero en su corazón. Qué papel más triste el de la masa, que busca el anonimato para esconder su cobardía. Su inacción. Su indiferencia.
REFLEXIÓN FINAL:
Jesús murió hace más de veinte siglos, en una muerte espantosa y cruel, que hoy nos parece impensable; pero si nos detenemos a meditar, debemos aceptar que todavía – en nuestro tiempo- son muchos los que siguen siendo “crucificados” a causa de las mismas actitudes. Y también muchos los que, siguen actuando de la misma manera que algunos de estos personajes. ¿Dónde nos situamos nosotros?



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