Así nació mi cariño por la Virgen del Pilar.
No fue a raíz de una visita a Zaragoza ni de una experiencia extraordinaria. Fue al conocer el profundo amor que san Josemaría Escrivá le tenía a esta advocación de Nuestra Señora.
Me llamó especialmente la atención descubrir que, siendo todavía un joven seminarista, acudía diariamente a la basílica del Pilar para rezar ante la Virgen. En aquellos años intuía que Dios le pedía algo importante, aunque todavía no alcanzaba a comprender qué era.
Y allí estaba él, delante de su Madre, confiándole sus inquietudes, sus deseos y ese futuro que aún no podía ver con claridad.
Conocer ese cariño de san Josemaría despertó en mí el deseo de acercarme también a la Virgen del Pilar, de conocer su historia y, sobre todo, de aprender a tratarla con la misma confianza de un hijo.
Una columna que nos habla de fortaleza
La devoción a Nuestra Señora del Pilar nos lleva hasta Zaragoza, España, donde se encuentra uno de los santuarios marianos más queridos y antiguos de la tradición cristiana.
Según una antigua tradición, hacia el año 40, cuando el apóstol Santiago anunciaba el Evangelio en tierras de Hispania, la Virgen María, que todavía vivía en Jerusalén, se le manifestó para alentarlo en su misión.
La tradición relata que María apareció sobre una columna o pilar, que quedó como signo de su presencia y protección maternal.
Esta historia tiene algo profundamente hermoso. Santiago estaba cumpliendo la misión que Jesús le había confiado y, en medio de las dificultades, recibió el consuelo de Nuestra Señora.
El pilar nos habla de firmeza, de confianza y de una fe que busca mantenerse en pie incluso cuando llegan las pruebas.
¡Cuántas veces necesitamos nosotros esa fortaleza!
Cuando las cosas no salen como esperábamos, cuando tenemos miedo de tomar una decisión o cuando nos cuesta perseverar, podemos acudir a María y pedirle que nos sostenga con su cariño de Madre.
San Josemaría: un joven que buscaba respuestas
Uno de los aspectos que más me conmueven de esta advocación es su relación con la juventud de san Josemaría.
Durante sus años de formación sacerdotal y sus estudios de Derecho en Zaragoza, visitaba diariamente a la Virgen del Pilar. Aprovechaba los momentos libres entre sus obligaciones para acercarse a la basílica y rezar.
San Josemaría tenía el presentimiento de que Dios esperaba algo de él. Sin embargo, no sabía todavía en qué consistía esa llamada.
Podemos imaginarlo entrando en la basílica, quizá después de una jornada de estudios, buscando unos minutos para hablar con la Virgen.
Me resulta muy cercano pensar que un santo también atravesó momentos de incertidumbre, que también tuvo que aprender a esperar y confiar.
Ante esa inquietud, repetía una oración sencilla: Domine, ut videam!, Señor, que vea.
Y a la Virgen le dirigía otra petición que se convertiría en una expresión muy querida en su vida:
«Domina, ut sit!» — ¡Señora, que sea!
Con estas palabras le pedía que le ayudara a cumplir lo que Dios quisiera de él.
Qué bonita manera de rezar: no pedir que todo salga necesariamente como nosotros queremos, sino tener la confianza de decirle a nuestra Madre que nos ayude a aceptar y amar los planes de Dios.
Una pequeña imagen y una gran oración
Hay una anécdota de san Josemaría que refleja especialmente su cariño a la Virgen del Pilar.
En su habitación del seminario tenía una sencilla imagen de yeso de Nuestra Señora. No era una pieza de gran valor material, pero para él tenía un significado muy profundo.
Ante aquella imagen rezaba insistentemente, pidiendo luz para descubrir lo que el Señor esperaba de su vida.
Tanto repetía su petición que llegó a grabar con la punta de un clavo, en la base de la imagen, las palabras Domina, ut sit!
Años después, cuando ya vivía en Roma, aquella imagen volvió a sus manos. Había quedado en Zaragoza y fue recuperada en 1960. Al principio, san Josemaría ni siquiera la recordaba, pero al descubrir la inscripción reconoció aquella oración que lo había acompañado durante su juventud.
Me parece una historia preciosa porque nos recuerda el valor de esas pequeñas cosas que forman parte de nuestra relación con Dios: una estampa que guardamos, una imagen ante la que rezamos o una oración que repetimos en silencio.
A veces, lo que parece insignificante guarda detrás años de confianza, luchas y conversaciones con el Señor.
A los pies de la Virgen, su primera Misa
Hay otro momento de la vida de san Josemaría que me ayuda a comprender cuánto significaba para él la Virgen del Pilar.
El 30 de marzo de 1925, pocos días después de recibir la ordenación sacerdotal, celebró su primera Misa solemne en la Santa Capilla de Nuestra Señora del Pilar.
La celebró acompañado de un pequeño grupo de personas y ofreció aquella Misa por el eterno descanso de su padre, fallecido meses antes.
Pienso en la emoción de aquel joven sacerdote, que tantas veces había acudido a pedir luz ante la Virgen y que ahora celebraba allí la Eucaristía.
Me gusta imaginar que en su corazón habría una profunda gratitud. La misma Madre a la que había confiado tantas inquietudes estaba presente, de alguna manera, en un momento tan importante de su vida.
Y es que el cariño de san Josemaría a la Virgen del Pilar no terminó con sus años de juventud. Lo acompañó a lo largo de su vida, como una expresión constante de su amor filial a Nuestra Señora.
Aprender a querer a la Virgen en las cosas pequeñas
Al conocer estas historias he comprendido que la devoción a la Virgen no necesita comenzar con grandes acontecimientos.
Puede nacer sencillamente al escuchar cómo otra persona la quería.
Eso es precisamente lo que me ha ocurrido con la Virgen del Pilar. El cariño de san Josemaría me ha ayudado a descubrir una advocación que antes no sentía tan cercana.
Y también me ha hecho pensar en cómo es mi propia relación con la Virgen.
¿Le hablo con frecuencia? ¿Acudo a Ella con la confianza de un hijo? ¿Le cuento lo que me preocupa, pero también mis alegrías? ¿Busco su ayuda para ser más generoso con Jesús?
San Josemaría nos enseña que el amor a Nuestra Señora se alimenta de detalles pequeños, pero constantes.
No hacen falta palabras extraordinarias. Basta acercarnos a Ella con sencillez, como un hijo que sabe que su Madre lo escucha.
Señora, que sea
Cada 12 de octubre, al celebrar la fiesta de Nuestra Señora del Pilar, tenemos una oportunidad para renovar nuestro cariño a la Virgen.
Quizá muchos de nosotros nunca hayamos visitado Zaragoza. Tal vez no conozcamos de cerca su basílica o no hayamos tenido una devoción particular a esta advocación.
Pero la historia de san Josemaría puede ser una invitación a descubrirla.
Personalmente, me quedo con aquella oración que repetía cuando todavía no sabía qué le pediría Dios:
¡Señora, que sea!
Son apenas tres palabras, pero encierran una actitud de abandono y confianza.
Quizá también nosotros tengamos hoy preguntas sin respuesta, proyectos que no sabemos cómo saldrán, preocupaciones familiares o decisiones que nos cuesta tomar.
Podemos poner todo eso en manos de la Virgen, pedirle que nos acompañe y que nos enseñe a reconocer lo que Jesús quiere de nosotros.
Porque, si algo he aprendido al conocer el cariño que san Josemaría tenía a la Virgen del Pilar, es que nunca es tarde para descubrir una nueva manera de querer a nuestra Madre.
Y que una oración sencilla, hecha con fe, puede acompañarnos durante toda la vida.
Virgen del Pilar, Madre nuestra, enséñanos a confiar como san Josemaría. Ayúdanos a mantenernos firmes en la fe, a buscar siempre la voluntad de Dios y a responder con generosidad a lo que Jesús nos pida.
¡Señora, que sea!

