La tolerancia necesita recuperar su lugar como herramienta hacia la paz mundial. Una tarea que como cristianos no puede dejarnos indiferentes.
TOLERAR, EL VERBO MÁS DESGASTADO
“Sean humildes y amables, sean comprensivos y sopórtense unos a otros”. (Efesios 4:2) Clara instrucción que nos da la Sagrada Escritura.
Pero ¿qué significa ser comprensivo y soportarnos unos a otros?
Para escribir este artículo quise contar con la definición exacta de la palabra TOLERANCIA. Recurrí al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y me quedé impresionada con la cantidad de definiciones y sinónimos que tiene esta palabra. ¿Será por eso que nos confunde tanto su aplicación en la vida diaria?
Les comparto los más interesantes, en cuanto a su dimensión social:
- Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
- Sinónimos: Resistencia, aguante, comprensión, consideración, conformidad, transigencia, flexibilidad, paciencia, aguantaderas.
Tolerar, un verbo, denota una acción. Pero esa acción de tolerar, implica un elemento que es clave: el otro tiene que ser diferente a mí para que yo tenga que aguantarlo. Lógicamente si no es distinto, no habría mayor dificultad en coincidir.
El problema obviamente, viene cuando existe divergencia de criterios, y nos toca ser flexibles ante la postura ajena, que muchas veces ni es flexible ante la nuestra ni tiene buenas intenciones al ser compartida.
A partir de aquí, vamos entendiendo que hoy, en el nombre de la tolerancia se nos exigen cosas que exceden ampliamente la definición.
No sé si usted se siente igual, pero yo llevo algunos años notando que, en nombre de este desgastado verbo, existen minorías que no quieren ser sólo toleradas- es decir que se los soporte con paciencia – sino que pretenden que las grandes mayorías seamos quienes aceptemos sus ideas, cambiemos de actitud, de opinión y hasta de conciencia.
Hemos llegado al extremo de que la defensa de los derechos individuales ha dejado en estado de indefensión a la sociedad como conjunto.
Entonces la mal llamada tolerancia ha dejado de ser un punto de partida hacia el entendimiento para convertirse justamente en un espiral de caos.
DEL RELATIVISMO Y OTROS PEDIDOS QUE NOS HACEN
Hablemos claro: el mal no es un fenómeno exclusivo del siglo XXI. Ha existido en todos los tiempos y épocas. El problema de nuestros tiempos es que hemos aceptado llamar bien al mal y viceversa; ese relativismo, subjetivismo o como lo queramos llamar, permite que cada quien se sienta capaz de decidir lo que es bueno o malo, porque ya no existe una línea divisoria entre ambos.
Si cada hombre puede actuar según su propia conciencia sin que nadie pueda imponerle o sugerirle valores, leyes o normas de conducta ya sea en nombre de una autoridad terrenal o de un “ser superior” – que para muchos ni siquiera existe- estamos frente al problema de no poder ponernos de acuerdo en absolutamente nada.
Sostener esto equivale a decir que cada ser humano o grupo de personas, puede construir su propio mundo, con sus propias reglas y opiniones, mientras los demás estamos obligados a ser espectadores. Caso contrario seremos tachados de intolerantes.
Situación actual: unas minorías notorias y organizadas, frente a una mayoría silenciosa que concede derechos en contra de sus propios intereses.
Un ejemplo claro de esta situación se encuentra en las leyes que permiten el aborto en algunos países. Se pasó de una muestra de tolerancia a la situación de algunas mujeres, a convertir al aborto en una imposición, que se paga con los impuestos de todos los contribuyentes. (aunque dichos aportantes no estén de acuerdo).
LA TOLERANCIA FRENTE A OTROS CONCEPTOS
Si confundir bien con mal nos ha dado dolores de cabeza, también, confundir la tolerancia con otras definiciones es un problema.
Por un lado, la tolerancia se confunde con sufrimiento. Y si de sufrimiento se trata, la persona más tolerante es el mismo Dios, que se define a sí mismo como lento a la cólera, rico en misericordia y siempre dispuesto a perdonar. Y aún así, Jesús – que es Dios- no condenó a la mujer adúltera, pero tampoco le dio aprobación para seguir viviendo en pecado.
La tolerancia también suele confundirse con respeto. Sin embargo, debemos entender que el respeto no obliga a nadie a compartir ideas ni versiones. Ni tampoco nos manda a callar la opinión propia cuando algo nos molesta. Implica sí el reconocimiento de los derechos de los demás, siempre y cuando exista un lindero con el derecho propio. En palabras de Benito Juárez: “el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Otro concepto que se entremezcla es la disculpa. Disculpar es declarar sin culpa al que sí es culpable. Dar por bien lo que es malo, y dejar de señalar el error por creer que hacerlo es un ataque a la persona.
En este sentido, ser cristiano no significa ir por el mundo señalando los errores ajenos, pero tampoco aprobar el comportamiento de quien mantiene un estilo de vida de pecado.
Nuevamente Jesús nos deja una guía cuando frente al cobrador de impuestos que extorsiona a su pueblo, deja muy en claro que la corrupción y el atropello son actitudes de las cuales nadie puede estar orgulloso; y, sin embargo, una vez arrepentido no sólo se acerca a él, sino que se queda a comer en su casa.
CONCLUSIÓN
Ser seguidores de Cristo nos impone la obligación de amar a quien está equivocado, mas no de solapar su conducta. Hacer valer nuestras creencias con valentía, exigiendo para ellas el mismo respeto que los demás reclaman para sí. Y finalmente, ser capaces de orar por quienes se escudan en conceptos nobles para imponer intereses que lesionan a toda la sociedad en su conjunto.

