Se repetía en la cabeza que no debió haber nacido. Maldito el día en que su madre lo había dado a luz. Así se referirán a él en el futuro, no lo dudaba. Ahora mientras se iba quedando sin respirar, se preguntó: ¿En qué momento me perdí? ¿Cuándo dejé de ver al Señor como el Hijo de Dios? ¿Por qué dejé de creer?
Ya sin tiempo recordó sus juicios críticos en el último año, sus respuestas cuando Jesús le invitaba a caminar junto a Él para conversar más íntimamente y cómo rehuía cada acercamiento. ¿Por qué no fue sincero? ¿Por qué no planteó sus dudas? Orgullo. Su maldito orgullo y la herida que sólo dejaba de doler cuando todo estaba bajo su control, cuando todos sabían que èl, Judas Iscariote estaba a cargo.
El placer del poder… todos lo necesitaban porque administraba la bolsa. Ni Mateo, antiguo publicano, discutía. ¿Servir? ¿Ser el último? ¡Qué tonterías había empezado ha predicar Jesús! había reflexionado entonces. En este instante se arrepentía ¿Qué sentido había tenido vivir para sí? ¿De qué servían los halagos, los perfumes, los convites, los palacios si la podredumbre de la muerte inevitable para cada hombre lo dejaba solo en ese último momento.

Había errado. El Señor lo había ungido como elegido y había repetido el “Non Serviam”, de los ángeles caídos. Sin cuidar ese amor primero por el Señor, lo terminó traicionando. Podrido, sucio y con la soga al cuello Judas desesperaba aguardando la muerte por ahorcamiento.
“No son los sanos los que necesitan al médico sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan.” recitó en su interior. ¡Jesús estás aquí! Se ahogaba pero sentía la presencia del Señor que le invitaba… ¿a qué? Si él ya no podía hacer nada… se estaba quitando la vida… ”Os digo que así habrá más gozo en el Cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” recordó.
¡Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí! gritó en su interior, pues su lengua inflamada lo estaba matando. Cerró los ojos con la serenidad de quien se sabe esperado y amado. A pesar de su infinita gran miseria.



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